Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 15: El despertar de la magia.
El aire en el jardín privado seguía cargado con el eco de nuestros gemidos, con el calor de nuestros cuerpos y con la energía vibrante que siempre nos rodeaba después de estar juntos. Me quedé recostada sobre las suaves pieles, todavía envuelta entre los brazos de Azrael, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el ritmo lento, profundo y eterno de su corazón. Sus dedos jugaban distraídamente con los mechones de mi cabello negro, deslizándose suavemente por mi espalda, trazando caminos invisibles sobre mi piel, como si estuviera dibujando un mapa de todo mi ser.
Aún podía sentirlo dentro de mí, la sensación de plenitud absoluta, la mezcla de nuestras esencias que parecía no desvanecerse nunca, sino que se quedaba ahí, fluyendo por mis venas, recorriendo cada célula de mi cuerpo nuevo, fuerte y mágico. Cerré los ojos un momento, disfrutando de esa paz, de esa sensación de seguridad que solo él me daba, lejos de las miradas, de las intrigas, de los peligros que sabía que nos acechaban.
—¿Sabes? —murmuró Azrael, rompiendo el silencio con su voz grave y suave, que vibraba contra mi mejilla—. Desde que llegaste, la magia de este reino ha cambiado. Se ha vuelto más brillante, más fuerte… más viva. Antes, todo aquí era gris, estático, eterno sí, pero… vacío. Como yo. Pero ahora… ahora todo tiene color. Todo tiene fuerza. Y todo es gracias a ti.
Levanté la cabeza para mirarlo, apoyando la barbilla en su pecho, encontrándome con esos ojos grises, profundos como abismos, que me miraban con una mezcla de amor infinito y orgullo antiguo.
—¿Es por mí? —pregunté con curiosidad, acariciando su mejilla pálida y perfecta—. Yo no hago nada, Azrael. Apenas sé dónde estoy, apenas entiendo lo que soy. Me siento fuerte, sí, diferente a cuando era humana, pero… no sé usar nada de eso. Siento que hay algo dentro de mí, algo que se mueve, que crece, pero que no sé cómo sacar, cómo controlar.
Sonrió, esa sonrisa hermosa y peligrosa que me hacía estremecer, y se incorporó lentamente, arrastrándome con él para que quedara sentada entre sus piernas, mi espalda pegada a su pecho, rodeada completamente por sus brazos. Me besó suavemente en el hombro, en la nuca, enviando escalofríos agradables por toda mi columna.
—Porque todavía no lo has despertado del todo, Lysandra —explicó, bajando la voz, como si nos estuviera contando un secreto que solo nosotros podíamos conocer—. Cuando te traje aquí, cuando te di este nuevo cuerpo, no solo te di belleza o inmortalidad. Te di parte de mi propia esencia. Te di la magia que corre por mis venas, la misma que sostiene este reino, la misma que me hace ser quien soy. Pero además… tú trajiste algo tuyo. Algo que tenías desde antes, desde tu vida humana, aunque nunca lo supieras. Algo que hizo que te eligiera a ti entre millones de almas.
Hizo una pausa, y levantó una de mis manos, sosteniéndola frente a nuestros ojos. Abrió mis dedos, extendiendo mi palma hacia arriba, y la sostuvo con suavidad.
—Concentra tu mente —me dijo, con tono suave pero firme—. No pienses en nada más. No pienses en Valerius, ni en la corte, ni en tu vida pasada. Solo siente. Siente la energía que hay en el aire. Siente la fuerza que hay en mí. Y siente la que hay dentro de ti. Busca ese calor, esa vibración que notas en tu pecho, esa sensación de que algo quiere salir, quiere crecer, quiere brillar. Sácalo. Deja que fluya hacia tu mano.
Cerré los ojos e intenté hacer lo que me decía. Al principio, solo sentí su calor, su piel, el aire fresco del jardín. Pero poco a poco, empecé a notarlo. Era una sensación extraña, difícil de explicar: era como si tuviera un río de agua tibia y brillante corriendo dentro de mí, escondido, esperando. Empecé a guiar esa sensación, a empujarla suavemente desde mi pecho, bajando por mi brazo, hacia mi muñeca, hacia mis dedos. No fue difícil. Era natural, como respirar, como desearlo a él.
Y de repente, sentí un cosquilleo intenso, cálido y eléctrico, en la palma de mi mano. Abrí los ojos y contuve el aliento.
Allí, flotando justo sobre mi piel, había una pequeña esfera de luz. Pero no era una luz normal, ni blanca, ni dorada. Era una luz plateada y gris, con reflejos azulados y negros, que brillaba con intensidad, que giraba suavemente sobre sí misma, que parecía tener vida propia. Era hermosa, fascinante, y podía sentir su poder, su fuerza, conectada directamente a mí, obedeciendo a mi voluntad.
—¡Lo hice! —susurré, maravillada, mirando la pequeña esfera brillar, moviendo ligeramente la mano para verla seguirme, cambiar de forma, crecer un poco más—. ¡Es increíble!
Azrael rio suavemente contra mi oído, con una alegría que sentí en todo su cuerpo.
—Es solo el principio, amor mío —dijo, y con una de sus manos, trazó un círculo en el aire alrededor de mi esfera de luz, haciendo que esta creciera más, que se volviera más brillante, más densa, más poderosa—. Esta es tu magia. Una mezcla perfecta de mi oscuridad y de tu luz. Una magia única, que nadie más en este reino tiene. Una magia capaz de crear y de destruir, de curar y de castigar, de proteger y de gobernar. Esa es la razón por la que Valerius te odia tanto, Lysandra. Esa es la razón por la que te teme.
Me giré bruscamente dentro de sus brazos para mirarlo a la cara, la esfera de luz todavía flotando en mi mano, iluminando nuestros rostros.
—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver esto con él?
Azrael suspiró, y una sombra de amargura cruzó sus ojos grises, una sombra antigua, cargada de historia y de dolor.
—Valerius es el ser más antiguo que existe después de mí —empezó a explicar, con voz seria—. Él es el Señor de las Sombras Antiguas, el guardián de los secretos más oscuros, el primero de todos los que habitan este reino. Él estaba aquí antes que nadie, hace milenios, cuando yo llegué para poner orden, para establecer las leyes, para gobernar. Y desde el principio, él quiso mi lugar. Él creía que él debía ser el Rey, que él tenía más derecho, más antigüedad, más poder. Pero el universo decidió otra cosa. El equilibrio me eligió a mí.
Hizo una pausa, y acarició mi mejilla con dulzura, aunque sus ojos seguían duros, pensativos.