Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: Las consecuencias y el orgullo que no cede
La enfermería olía a alcohol, algodón y desinfectante.
Aylany estaba sentada en la camilla, todavía temblando levemente, mientras la enfermera limpiaba con cuidado las heridas de su mano y las raspaduras de sus rodillas.
El líquido ardía en la piel, pero ese dolor era mucho más leve que la humillación que sentía en el pecho.
Tenía la ropa manchada de barro, el cabello enredado y húmedo, y los ojos hinchados por las lágrimas que había intentado contener en vano.
—Están limpias y cerrarán bien —le dijo la enfermera con voz suave—. Pero necesitas reposo y cambiarte de inmediato.
Minutos después, la puerta se abrió de golpe.
Eran Lois y Cris, que habían llegado en cuanto el colegio los llamó.
La expresión de Cris era seria, fría, la misma que usaba cuando tenía que tomar decisiones difíciles en su clínica, pero en sus ojos se leía una furia contenida que rara vez dejaba ver.
Lois se acercó de inmediato y la abrazó con fuerza, sin importarle ensuciarse su propia ropa.
—Hija, mi niña…
¿cómo te sientes?
—le preguntó con voz quebrada.
—Me duele un poco, mamá…
Pero más que nada me siento mal —
respondió Aylany con la voz entrecortada—.
No entiendo por qué me hace esto. ¿Qué le he hecho yo?
Cris se agachó frente a ella, tomó su mano curada con suavidad y la miró a los ojos.
—No es culpa tuya.
Hay personas que dejan que sus propios rencores y orgullo les nublen la razón.
Pero te prometo que esto no quedará así.
Mientras tanto, en la dirección, Tomás estaba de pie frente al director, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo.
No mostraba arrepentimiento; al contrario, su mandíbula estaba tensa, como si fuera él la víctima de una injusticia.
—Lo que hiciste es inaceptable, Tomás —le dijo el director con voz grave—.
Ya tenías una sanción reciente, y ahora esto: empujones, trampas, daño físico.
Esto va mucho más allá de una simple broma.
—No hice nada grave —respondió él con tono desafiante—.
Solo se cayó.
Ella siempre lo hace parecer todo más grande para que la protejan.
—Hay testigos, hay heridas y hay pruebas de lo que pusieron en el suelo —
replicó el director—.
Esta vez la sanción será mucho más estricta: suspensión por tres días, trabajos comunitarios durante un mes y, si vuelve a ocurrir, perderás tu beca.
Esas palabras cayeron sobre Tomás como un golpe duro.
Perder la beca significaba tener que dejar el colegio, volver a una escuela común y ver frustrado todo el esfuerzo de años.
Pero en lugar de hacerle reflexionar, encendió más fuego en su interior.
Para él, todo seguía siendo culpa de Aylany: si ella no hubiera aparecido, nada de esto estaría pasando.
Salió de la dirección con la rabia hirviendo, jurando en silencio que no dejaría que ella lo destruyera.
Cuando Aylany regresó a casa esa tarde, se encerró en su habitación.
Se miró al espejo y vio sus ojos azules apagados, las vendas en su mano y en sus rodillas, y la ropa manchada tirada en un rincón.
Se sentó en el borde de la cama y tomó entre sus dedos el dije de rosa azul, que había logrado recuperar aunque estaba sucio.
Pensó en su hogar en el Cajón del Maipo, en la tranquilidad de antes, y por un instante sintió unas ganas inmensas de pedirle a sus padres que volvieran.
Pero luego recordó que era la mejor alumna, que quería demostrar su valor más allá de lo que tenía, y apretó el dije con más fuerza.
Al día siguiente, Tomás no apareció en el colegio: comenzaba su suspensión.
El ambiente se sintió más tranquilo, pero Aylany no pudo relajarse.
Sabía que cuando volviera, su rencor sería mayor.
Valeria y Camila pasaron todo el día a su lado, protegiéndola con sus palabras y su compañía.
—No te preocupes —le decía Camila—.
La sanción le enseñará que no puede hacer lo que quiera.
Pero Aylany negó con la cabeza, mirando por la ventana hacia el patio vacío.
—No lo creo —respondió en voz baja—.
Para él, esto no es un castigo… es una razón más para odiarme.
Y tenía razón.
Tres días después, cuando Tomás regresó, su mirada era aún más fría y distante que antes.
No se acercó, no hizo comentarios fuertes de inmediato, pero cada vez que sus ojos verdes se cruzaban con los azules de Aylany, sentía una tensión espesa en el aire.
La guerra había pasado de las bromas a algo más serio, y ninguno de los dos sabía aún que, con el tiempo, ese odio irracional se transformaría en algo mucho más confuso y peligroso.