Estar en la zona de amigos es vivir en el infierno disfrazado de confianza.
Layla ama en silencio a Alexander, su mejor amigo, pero para él ella es solo una hermana: nunca la verá con otros ojos. Mientras tanto, Ryan, el chico que parecía no tener corazón ni sentimientos, se cruza en su camino y pone su mundo patas arriba.
De repente nada es sencillo. Alexander empieza a cuestionarse si en realidad ha estado mirando a la persona equivocada todo este tiempo. Y Ryan está dispuesto a todo para demostrarle que, a veces, lo que buscas no está donde crees… sino justo frente a ti.
¿Seguirá esperando a quien nunca la verá, o se atreverá a tomar el riesgo de amar a quien sí la mira como nadie más?
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Cap 8: Caminos cruzados
...Ryan Gallagher...
De acuerdo, quizás no estaba pensando con claridad. Pero vamos, tenía un golpe en la cabeza, ese era el causante de mis actos en estos momentos. Sentado dentro de la ambulancia los médicos comenzaron a revisar a Layla, le colocaron muchas agujas en los brazos, lo que parecía ser una máscara de oxígeno. Cortaron su blusa e inmediatamente quité mi vista de ella, había cosas que no podía ver.
Comenzaron a atenderme, me tocaban la cabeza y el rostro, y yo no paraba de quejarme de dolor, al instante el rostro de mi madre llegó a mi mente y me asusté. Ella en estos momentos debe estar creyendo que estoy en la escuela, no tiene ni la más mínima idea de este accidente. Comencé a buscar mi celular en todos mis bolsillos, pero recordé que lo había dejado en mi mochila, la cual estaba en el auto.
Cuádruple mierda.
Dejé de evitar a los médicos y decidí dejar que me curaran, lo peor sería afrontar a mi madre, como siempre lo había hecho cuando me metía en problemas, aunque ninguno había sido de tal magnitud como este. De seguro me diría que este había sido el límite y bla bla bla.
No tardamos mucho en llegar al hospital, la primera en ser bajada fue Layla. Los doctores prácticamente corrían llevándola en la camilla, esperaba que su situación no fuera tan grave. Quise ir con ella, pero me detuvieron nuevamente y literalmente me arrastraron hacia una habitación donde había muchas agujas y cosas que no me agradaban.
Información sobre mí: odiaba los hospitales.
El doctor me encerró en la habitación y me dijo que no saliera porque pronto regresaría. Detestaba que me dieran órdenes, pero me sentía un poco shockeado por lo sucedido anteriormente. El doctor parecía ser flash porque regresó a la habitación, con vendas y alcohol, comenzó a colocarse guantes y una mascarilla. De repente, quise huir cuando supe lo que haría conmigo.
Me coserían la cabeza.
(…)
— ¡Mi bebé!
Ay no.
Aún me sentía mareado; era extraño, puesto que me habían puesto anestesia y no había sentido nada, pero ahora que se me ha pasado siento como una especie de migraña en la cabeza. ¿Esto es normal, no?
Cerré los ojos y me llevé las manos a la cabeza mientras escuchaba los gritos de mi madre. ¿Nadie podía hacer que se callara? Estaba sentado en una camilla, con los pies colgando y una venda alrededor del torso. Al parecer sí me había lastimado, pero por el impacto y el susto no lo había notado hasta que el doctor me revisó.
Llevaba un buen rato preguntando por la chica con la que choqué, pero nadie me daba ninguna respuesta.
— ¡Ryan Sebastian Gallagher Davis! —oh, no—. ¡Chocaste mi auto!
—En realidad, ella me chocó a mí…
— ¡No me importa! —siguió gritando, parecía furiosa, pero de pronto rompió a llorar—. ¡Estaba muerta de miedo por ti!
Se acercó, no se fijó en la venda del pecho y me dio un golpe antes de abrazarme con fuerza, mientras me decía cosas que no entendía entre sollozos. ¿Quién podía entenderla? Le devolví el abrazo, sintiéndome culpable por todo el alboroto que le había causado.
—Estoy bien, mamá —le dije cuando se separó y me tocó la cara. Hice una mueca de dolor.
Me había golpeado el rostro contra el volante y seguro ahora tenía un aspecto horrible. Ya me habían limpiado la sangre y curado las heridas, pero seguía sintiendo que me latían.
—Pero ¿qué pasó? —preguntó, muy angustiada.
En ese momento entró el médico con papeles en la mano y su bata blanca. Detrás de él venía un oficial de policía. ¿Un policía? Se acercaron hablando en voz baja, y solo ver al oficial puso más nerviosa a mi madre, que me miró con cara de preocupación y me apretó la pierna con tanta fuerza que tuve que quejarme para que me soltara.
Se inclinó para revisarme bien la cara y la cabeza, y cuando le señalé la pierna, soltó una sonrisa de disculpa, pero al instante recuperó la seriedad cuando el doctor empezó a hablar. No le presté mucha atención; seguro me repetía lo mismo que ya me había dicho.
¿Por qué había un policía aquí? ¿Me iban a meter en la cárcel? Yo no había hecho nada malo… o eso creía.
—El oficial Williams está aquí para saber si desea presentar una denuncia contra la conductora que provocó el accidente —explicó el médico con calma, mientras mi madre parecía a punto de estallar—. ¿Señora?
—Gallagher. Elizabeth Gallagher.
—Muy bien, señora Gallagher—continuó el oficial—. Hemos revisado las cámaras de tráfico y se ve claramente que la otra conductora iba de forma imprudente, saltándose varias señales de tránsito. Por infringir las normas y causar un accidente con heridas, la pena puede ser de varios años de prisión. ¿Desea denunciarla?
—Claro que sí…
— ¡No! —grité, sobresaltando a todos en la habitación.
— ¿Cómo que no? —replicó mi madre, indignada—. Ryan, pudiste haber muerto. Esa chica tiene que pagar…
—No, mamá —tanto el oficial como el médico se quedaron esperando mi explicación. ¿Qué excusa le daba a mi madre?
— ¿Por qué?
—Porque no quiero —respondí, poniéndome de pie. Necesitaba aire—. No quiero tener que ir a firmar papeles, declarar y todo eso. Solo quiero que se acabe ya. Así que no haremos nada. Punto.
—Ryan, el accidente fue muy grave, no entiendes…
— ¿Cómo está la chica? —interrumpí, dirigiéndome al médico, que me miró confundido.
¿Por qué le preguntaba por ella?
—No puedo darle información a cualquiera, solo a familiares, pero como usted estuvo involucrado en el accidente le diré que su estado es crítico —suspiró—. Eso es todo. Si no denuncia, nos retiramos. Recuerde cambiarse la venda en dos horas.
Y así como entraron, salieron juntos. Mi madre me miraba con rabia, pero yo sabía que estaba preocupada por mí. Sin embargo, mi decisión estaba tomada: no quería denunciarla, porque sabía lo que se sentía estar en problemas y ser juzgado, y no lo hacía por mí, sino pensando en mi propio padre.
— ¿A dónde vas? —me preguntó mi madre desde atrás, mientras me ponía un suéter que encontró en mi armario. Genial—. Necesitas descansar, no puedes…
—Estaré bien, mamá, solo necesito tomar aire.
Me quedé en el marco de la puerta y me encontré con una mujer de piel morena y ojos verdes muy grandes que me miraba fijamente. Tenía la cara roja, el cabello desordenado y una expresión de agotamiento y angustia, igual que la de mi madre cuando me vio herido. Era bajita, casi de su estatura, y tuve que agacharme un poco para verla bien.
Se parecía a Layla, pero mayor. ¿Sería su…?
—Por favor, no denuncie a mi hija —me suplicó, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y juntaba las manos en señal de ruego—. Se lo pido, por favor, no la denuncie.
Así que sí: era la madre de Layla.
— ¿Hanna? —la voz de mi madre hizo que la mujer levantara la vista y la mirara con sorpresa, alternando entre ella y yo.
¿Se conocían?
...“No solo nos habíamos cruzado en la carretera; parecía que nuestras vidas estaban conectadas mucho antes de que yo lo supiera.”...
^^^Continuará…^^^