Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 9 : Lo que no debería sentirse
Cuando despierto a la mañana siguiente, lo primero que pienso es que definitivamente hay algo mal conmigo. No porque esté muerta; eso ya lo asumí hace días. Lo preocupante es que llevo varios minutos mirando el techo sin conseguir apartar de mi cabeza la misma pregunta.
¿Por qué todos insisten en que Azrael es un monstruo?
Cierro los ojos con fuerza. No debería importarme. Conozco a ese hombre desde hace... ¿cuánto? ¿Tres días? ¿Cuatro, como mucho? Y, sin embargo, cuanto más escucho hablar de él, menos entiendo a las personas que lo rodean.
Resoplo y termino por levantarme.
—Empiezo a preocuparme —murmuro mientras me visto—. A este paso voy a terminar discutiendo con desconocidos por culpa de alguien que apenas habla.
No sé si eso dice algo bueno de él... o algo muy malo de mí.
El comedor ya está lleno cuando llego. Las mesas de madera ocupan casi todo el salón y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el aroma del pan recién horneado. Todavía me sorprende descubrir que en el Purgatorio también existe el desayuno.
Gabriel ya me está esperando. Levanta una mano en cuanto me ve acercarme.
—Buenos días.
—Depende.
Arquea una ceja.
—¿Tan mal dormiste?
Me dejo caer frente a él.
—No. Pero llevo toda la mañana pensando.
Gabriel deja lentamente la taza sobre la mesa.
—Eso nunca trae buenas noticias.
Le lanzo un trozo de pan. Lo atrapa en el aire con una facilidad irritante.
—Qué grosera.
—Qué dramático.
Una risa escapa de sus labios.
—Empiezo a creer que el Purgatorio nunca había sido tan ruidoso.
—No es culpa mía.
—¿Ah, no?
—Claro que no. Yo solo hago preguntas.
—Exactamente ese es el problema.
Voy a responder cuando Seraphine aparece junto a nosotros. Como siempre, impecable. Como siempre, demasiado seria.
—Terminen de desayunar.
Los dos levantamos la vista al mismo tiempo.
—¿Por qué?
—Porque dentro de una hora comenzará el Ritual del Vínculo.
Frunzo el ceño.
—¿El qué?
Gabriel y Seraphine intercambian una breve mirada. Al final es él quien responde.
—Es el primer ritual que realizan todas las almas cuando llegan al Purgatorio.
—¿Y para qué sirve?
Gabriel da un sorbo a su bebida antes de contestar.
—Cuando una persona muere, su esencia espiritual queda... desordenada. El ritual estabiliza esa energía y la vincula con el reino al que pertenece. Después de eso podrás comenzar tu formación como cualquier otra alma.
Lo observo unos segundos.
—¿Eso significa que hasta ahora estoy... desordenada?
Una sonrisa apenas perceptible aparece en su rostro.
—Espiritualmente.
—Qué alivio. Pensé que hablábamos de mi personalidad.
Seraphine suspira.
—En tu caso quizá sean ambas cosas.
Me llevo una mano al pecho.
—Eso ha sido ofensivo.
Gabriel intenta esconder una risa detrás de la taza.
No lo consigue.
El templo se alza en el centro del Purgatorio. No es el edificio más grande, pero sí el más antiguo; al menos esa es la impresión que transmite. Las columnas blancas están cubiertas de símbolos que no entiendo y, en el centro del salón principal, un cristal del tamaño de un corazón humano descansa sobre un pedestal de piedra.
Late.
No encuentro una palabra mejor para describirlo. No brilla. No emite ningún sonido.
Simplemente late.
Como si estuviera vivo.
Las almas forman una fila silenciosa. Una tras otra apoyan la mano sobre el cristal. Una luz tenue recorre sus cuerpos durante unos segundos y luego se marchan. Sin explosiones. Sin magia espectacular. Sin nada extraordinario.
Empiezo a relajarme.
—¿Ves? —dice Gabriel en voz baja—. No era para tanto.
Asiento.
—Creo que exageré un poco.
—Mucho.
Le saco la lengua.
Él sonríe.
—Tu turno.
Trago saliva.
Camino hasta el pedestal. El anciano que custodia el ritual me dedica una leve inclinación de cabeza.
—Coloca la mano.
Obedezco.
El cristal está tibio.
Durante un instante no ocurre absolutamente nada.
Entonces late.
Una vez.
Dos.
Tres.
El salón entero tiembla.
Un sonido seco rompe el silencio.
Crack.
Bajo la vista.
Una grieta atraviesa el cristal.
Después otra.
Y otra más.
Retrocedo por instinto.
—Creo... —mi voz apenas es un susurro—. Creo que lo rompí.
Nadie responde.
La luz comienza a salir del cristal. No hacia afuera.
Hacia mí.
El aire se vuelve pesado. Siento que algo recorre mis venas. No duele.
Pero quema.
Mis piernas empiezan a temblar.
—Gabriel...
Llega hasta mí antes de que termine de pronunciar su nombre.
—Nirvana, escúchame. Necesito que respires.
Lo intento.
No puedo.
Es como si el aire hubiera desaparecido.
Las voces empiezan a mezclarse. No consigo entenderlas. Solo hay una palabra que se repite una y otra vez entre la multitud.
—¡Majestad!
Y entonces...
Todo se queda en silencio.