Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Flores amarillas
La mañana de la visita a los cultivos O'Neill comenzó de manera completamente normal.
O al menos tan normal como podía ser la vida de Elia Russ.
Lo que significaba..
Desayuno.
Preocupaciones.
Ansiedad.
Y aproximadamente cuarenta escenarios hipotéticos antes de terminar una taza de té.
Sin embargo, aquel día ocurrió algo inesperado.
Una carta llegó a la mansión.
Con un elegante sello condal.
Y acompañada por un enorme arreglo de flores amarillas.
Hermosas.
Llamativas.
Y sospechosamente románticas.
Elia observó las flores.
Luego la carta.
Después las flores otra vez.
Y finalmente abrió el sobre.
La leyó.
La volvió a leer.
Y una tercera vez.
Porque aparentemente seguía incapaz de leer algo importante una sola vez.
[...oh.]
La carta era amable.
Cordial.
Y estaba escrita por el conde Nilsson.
El mismo conde con quien había realizado su primera negociación.
El mismo que había comprado el terreno cerca de las montañas.
Y quien ahora expresaba que le gustaría volver a verla pronto.
Sin negocios de por medio.
Solo para conversar.
Y pasar tiempo juntos.
Elia volvió a mirar las flores.
[...espera.]
El problema apareció inmediatamente.
Porque ya no tenían negocios pendientes.
Ninguno.
Absolutamente ninguno.
Entonces...
¿Por qué quería verla?
Y más importante aún.
¿Por qué había enviado flores?
La pregunta la acompañó durante toda la mañana.
Y siguió acompañándola cuando el carruaje O'Neill llegó a buscarla.
Por lo que cuando subió al carruaje... su cabeza ya era un caos.
Albert lo descubrió apenas la vio.
Ella lo saludo con cortesia y distancia..
Porque en el instante en que ella tomó asiento... los pensamientos comenzaron.
Pero por primera vez... no eran sobre él.
Y aquello fue extraño.
Muy extraño.
[¿Será una invitación amistosa?]
Albert parpadeó.
[Quizás solo quiere conversar.]
La voz en su mente continuó.
[No todos los hombres que envían flores están coqueteando.]
Albert frunció levemente el ceño.
[¿Flores?]
[¿Verdad?]
[¿Verdad?]
El duque permaneció sentado frente a ella.
Intentando parecer normal.
Mientras escuchaba.
Porque sinceramente... él también tenía curiosidad.
[Es una reunión amistosa.]
[Pero entonces ¿por qué flores?]
Albert observó la ventana.
Porque mirar directamente a Elia mientras pensaba aquello se sentía extraño.
[Quizás es cortesía.]
[Pero eran flores amarillas muy bonitas.]
[¿Las flores amarillas significan algo aquí?]
Albert sintió una sensación desagradable.
Pequeña.
Irritante.
Y completamente nueva.
Porque por primera vez en días... Elia estaba pensando constantemente en otra persona.
Y esa persona tenía nombre.
Conde Nilsson.
El mismo conde que había comprado las tierras Russ.
El mismo que según los pensamientos de Elia había sonreído demasiado durante aquella reunión.
El mismo que ahora enviaba flores.
Albert descubrió que no le agradaba.
No le agradaba en absoluto.
Lo cual era ridículo.
Porque Nilsson no había hecho nada malo.
Absolutamente nada.
Era un noble competente.
Educado.
Y aparentemente interesado en Elia.
Precisamente ahí estaba el problema.
[¿Será una cita?]
Albert casi dejó de escuchar el resto.
Porque aquella palabra apareció muy claramente.
[¿O no?]
[Quizás estoy exagerando.]
[Definitivamente estoy exagerando.]
[¿O no?]
El carruaje continuó avanzando.
Y durante los siguientes diez minutos Elia sostuvo una discusión completa consigo misma.
A favor.
En contra.
A favor.
En contra.
A favor otra vez.
Albert nunca había visto a una persona debatir tanto sobre una sola carta.
Y eso era decir mucho.
Porque conocía políticos.
Y los políticos podían debatir durante horas.
Pero Elia era peor.
Mucho peor.
—¿Ocurre algo?
Preguntó finalmente.
Porque si seguía escuchando aquella discusión interna terminaría participando.
Elia levantó la vista.
Sorprendida.
—¿Eh?
—Pareces distraída.
—Oh.
La joven sonrió ligeramente.
—Solo estaba pensando.
Albert tuvo que contener una respuesta.
Porque aquello era probablemente la mayor subestimación de la historia.
Solo estaba pensando.
Sí.
Claro.
Como si una tormenta fuera solo un poco de lluvia.
—Ya veo.
Respondió.
Y decidió no insistir.
Por supuesto.
La mente de Elia continuó inmediatamente.
[¿Me veo distraída?]
[¿Se nota mucho?]
[¿Estaré siendo descortés?]
[¿Debí responder diferente?]
Albert cerró los ojos.
Solo un segundo.
Porque ahí estaba nuevamente.
La Elia que conocía.
La que podía convertir cualquier interacción simple en veinte preguntas distintas.
Y extrañamente... aquello fue un alivio.
Porque significaba que seguía siendo ella.
Sin embargo el alivio desapareció cuando escuchó nuevamente:
[Debería responderle al conde Nilsson.]
Albert abrió los ojos.
[Sería grosero no hacerlo.]
[Creo que me agrada.]
Aquello fue peor.
Mucho peor.
Porque ahora el problema ya no eran las flores.
Era que Elia parecía genuinamente contenta.
Y Albert descubrió algo inquietante.
No le gustaba escuchar eso.
No cuando se refería a otro hombre.
Lo cual era absurdo.
Completamente absurdo.
Pero no por eso dejaba de ser cierto.
Por suerte el viaje terminó antes de que pudiera analizar demasiado aquella sensación.
Cuando el carruaje finalmente se detuvo frente a los extensos campos O'Neill, Albert descendió primero.
Necesitaba aire fresco.
Y quizás distancia.
Mucha distancia.
Porque después de escuchar durante todo el trayecto los pensamientos de Elia sobre el conde Nilsson... había llegado a una conclusión inesperada.
Escuchar los pensamientos de Lady Russ era difícil.
Escuchar los pensamientos de Lady Russ sobre otro hombre era muchísimo peor.
Y sospechaba que aquello era un problema.
Uno completamente distinto a la magia.
Y probablemente mucho más complicado.
Elia bajó del carruaje decidida a concentrarse.
De verdad.
Lo había decidido durante todo el trayecto.
Iba a olvidarse de la carta.
De las flores.
Del conde Nilsson.
Y de sus propias teorías absurdas.
Porque estaba allí por negocios.
Por agricultura.
Por inversión.
Por el futuro de los Russ.
Era una mujer responsable.
Madura.
Y profesional.
Aquello duró exactamente doce segundos.
Porque lo primero que vio al entrar a los terrenos experimentales O'Neill fueron flores amarillas.
Muchas flores amarillas.
Hermosas flores amarillas.
Perfectamente cuidadas.
Brillando bajo el sol.
[...malditas flores.]
Albert escuchó inmediatamente el cambio de dirección de sus pensamientos.
Y supo exactamente qué estaba ocurriendo.
No necesitaba magia para adivinarlo.
Pero aun así la escuchó.
[Se parecen a las que envió el conde Nilsson.]
Albert sintió que una parte de su paciencia moría.
[¿Serán la misma variedad?]
Otra parte murió.
[Quizás debería preguntarle al jardinero.]
Y una tercera parte también.
Porque aparentemente aquellas flores tenían más éxito captando la atención de Elia que él.
Y Albert O'Neill, hombre razonable, respetado y normalmente muy inteligente... descubrió que estaba compitiendo mentalmente contra un ramo.
Lo cual era ridículo.
Completamente ridículo. Y aun así... allí estaba. Perdiendo.
—Las flores amarillas simbolizan amistad.
Dijo de pronto.
Elia se giró.
Sorprendida.
—¿Eh?
Albert continuó caminando como si aquello fuera una observación completamente normal.
—Las rojas suelen asociarse con interés romántico.
Silencio.
Elia procesó la información.
Y entonces apareció el pensamiento que él estaba esperando.
[Oh.]
Albert casi suspiró de alivio.
[Entonces quizás solo era una invitación amistosa.]
[Exactamente.]
[Quizás el conde Nilsson también sabía eso.]
[Perfecto.]
[Probablemente estoy exagerando.]
[Muchísimo.]
[Como siempre.]
[Sí.]
[Definitivamente.]
Albert sintió una satisfacción absurda.
Absurda.
Porque acababa de mentir.
Bueno.
No exactamente mentir.
Más bien... simplificar demasiado la realidad.
Porque cualquier noble con experiencia sabía perfectamente que un joven conde enviando flores a una joven noble soltera rara vez era un gesto completamente inocente.
Especialmente cuando ya no existían negocios pendientes.
Y especialmente cuando escribía cartas personales.
Pero... la expresión aliviada de Elia apareció inmediatamente.
Y eso hizo desaparecer gran parte de la culpa.
Solo gran parte.
No toda.
Porque seguía sintiéndose ligeramente miserable por aquello.
Sin embargo, ocurrió algo maravilloso.
Los pensamientos de Elia comenzaron a cambiar.
Poco a poco.
Alejándose del conde Nilsson.
Alejándose de las flores.
Y acercándose a algo mucho más interesante.
Los cultivos.
—¿Toda esta sección es trigo?
Preguntó ella.
Albert asintió.
Y entonces comenzó.
La verdadera Elia.
La Elia que hablaba de agricultura.
La Elia que olvidaba todo lo demás cuando encontraba algo interesante.
[El terreno es excelente.]
[El drenaje también.]
[¿Cuánta producción tendrán?]
[Quizás podrían aumentar el rendimiento.]
Albert sonrió.
Levemente.
Porque aquellos pensamientos sí le gustaban.
Mucho.
Caminaron entre los campos.
Hablaron de semillas.
De estaciones.
De cosechas.
Y cada pocos minutos aparecía una nueva idea dentro de la mente de Elia.
[¿Y si usamos invernaderos?]
[O quizás una rotación diferente.]
[No.]
[Espera.]
[¿Y si...]
Albert escuchaba.
Y por primera vez en todo el día... disfrutaba cada segundo.
Porque ahora ya no había condes.
Ni flores.
Ni cartas.
Ni invitaciones.
Solo ella.
Y sus interminables ideas.
En un momento llegaron a una zona donde crecían vegetales resistentes al frío.
Elia se agachó inmediatamente.
Observó las hojas.
La tierra.
Los tallos.
Y comenzó a hacer preguntas.
Muchas preguntas.
Demasiadas preguntas.
Albert respondió todas.
O al menos las que podía.
Y cuanto más conversaban... más animada parecía ella.
Más brillante.
Más viva.
Aquella energía que normalmente estaba escondida detrás de preocupaciones y ansiedad aparecía poco a poco.
Y él descubrió algo.
Le gustaba verla así.
Mucho más de lo que debería.
Porque cuando hablaba de algo que realmente le interesaba... sus ojos brillaban.
Su sonrisa aparecía con facilidad.
Y durante unos minutos incluso dejaba de sobrepensar.
Bueno.
No completamente.
Pero casi.
Lo suficiente para ser un milagro.
Finalmente llegaron a una pequeña colina desde donde podían observar gran parte de las tierras O'Neill.
El viento movía suavemente el cabello oscuro de Elia.
Y durante unos segundos ella simplemente observó el paisaje.
En silencio.
Un silencio raro.
Uno de esos momentos donde no pensaba demasiado.
Y Albert sintió algo extraño.
Porque después de semanas escuchando una corriente interminable de pensamientos... había aprendido a reconocer esos momentos.
Momentos en que estaba tranquila.
Momentos en que era feliz.
Y aquel era uno de ellos.
Entonces escuchó el pensamiento.
Suave.
Simple.
Sincero.
[Quiero que las tierras Russ vuelvan a verse así.]
Albert giró la cabeza.
Y la observó.
Ella seguía mirando los campos.
Completamente concentrada en el horizonte.
[Quiero que padre y madre puedan descansar.]
Aquello hizo que algo en su pecho se apretara.
Porque incluso allí.
Incluso en un momento así.
Incluso rodeada de oportunidades.
Ella seguía pensando en los Russ.
En su familia.
Y de repente las flores amarillas.
El conde Nilsson.
Las cartas.
Todo aquello pareció mucho menos importante.
Porque la atención de Elia había regresado.
Completamente.
Y para sorpresa del propio Albert... aquello lo hizo sentirse satisfecho.
Extrañamente satisfecho.
Tanto que ni siquiera se dio cuenta de que estaba sonriendo.
Hasta que Elia lo vio.
Y pensó inmediatamente..
[Oh.]
[Se ve mucho más guapo cuando sonríe.]
Albert casi tropezó con una piedra.
Porque aparentemente... su paz mental solo había durado cinco minutos.