La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Provocando
—Hamlet.
—¿Sí, chef?
—Prueba el risotto. Ya está listo.
Las cámaras giraron hacia ellos.
El público guardó silencio.
Hamlet tomó la cuchara con naturalidad.
Para él era una simple degustación.
Para César, de pronto, no lo era.
Observó cómo el omega acercaba la cuchara a sus labios.
Cómo soplaba ligeramente para enfriarla.
Cómo probaba la comida sin prisas.
Cómo cerraba los ojos durante apenas un segundo mientras analizaba los sabores.
El estudio desapareció.
El ruido desapareció.
Las cámaras desaparecieron.
Todo pareció moverse más lento.
Demasiado lento.
César descubrió detalles que jamás habría notado en otra persona.
La forma elegante en que sostenía la cuchara.
La concentración absoluta en su expresión.
La pequeña arruga que aparecía entre sus cejas cuando evaluaba un plato.
Y luego...
La sonrisa.
Pequeña.
Sincera.
Nada espectacular.
Nada preparada para las cámaras.
Una sonrisa profesional nacida únicamente porque la comida le había gustado.
Y aquello golpeó a César con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir.
Porque no parecía una sonrisa destinada a impresionarlo.
No buscaba aprobación.
No buscaba atención.
Simplemente era real.
Y por alguna razón eso la hacía mucho más hermosa.
—¿Y bien? —preguntó César.
Hamlet abrió los ojos.
—La textura está perfecta.
—Continúa.
—Los mariscos mantienen su identidad. El arroz está en su punto.
César apenas escuchaba.
Seguía observándolo.
Aquellos ojos grises.
Aquella tranquilidad.
Aquella seguridad.
Era como si el omega estuviera completamente cómodo siendo él mismo.
Sin máscaras.
Sin pretensiones.
Sin necesidad de agradar a nadie.
Y eso resultaba peligrosamente atractivo.
—Es un excelente plato.
Los aplausos llenaron el estudio.
Hamlet bajó la cuchara.
Y la transmisión continuó.
Minutos después llegaron a la salsa de la langosta.
César tomó una pequeña muestra con su dedo. Olvidó por completo usar la cuchara de degustación.
—Prueba esto también.
Hamlet se sorprendió.
No estaba previsto. Ni estaba en el guión.
Pero las cámaras seguían grabando.
Cesar acercó su dedo.
El Omega probó la salsa.
Y volvió a analizarla.
Mientras lo hacía, notó algo.
César lo observaba.
No al plato.
No a las cámaras.
A él.
Directamente.
Como si estuviera esperando cada una de sus reacciones.
Cada gesto.
Cada palabra.
Cada expresión.
Aquello le produjo una extraña incomodidad.
No era la primera vez que alguien lo observaba.
Pero sí la primera vez que sentía que alguien estudiaba cada movimiento suyo con tanta intensidad.
—¿Qué opina? —preguntó César.
—Está equilibrada.
—¿Solo equilibrada?
—Muy equilibrada. Con la langosta estará para chuparse los dedos.
Algunas risas se escucharon en el estudio.
Hamlet mantuvo la compostura.
Pero por dentro comenzaba a entender algunas cosas.
Entendía por qué los empleados hablaban tanto del chef.
Entendía por qué varios asistentes parecían nerviosos a su alrededor.
Y entendía por qué tantas personas parecían girar constantemente alrededor de él.
Porque algunos habían renunciado, talvez por situaciones como esa o porque el Omega estaba acostumbrado a llevárselos luego a su cama. Pero Hamlet tenía claro dos cosas : ni se iría a la cama con él ni perdería ese empleo bien remunerado.
César estaba acostumbrado a ocupar el centro de todo.
Acostumbrado a que lo admiraran.
Acostumbrado a recibir atención.
Quizás demasiado acostumbrado.
Hamlet apartó la mirada y volvió a concentrarse en su trabajo.
Porque si algo había aprendido durante años era que la admiración podía confundirse fácilmente con otra cosa.
Y él no había regresado a Italia para complicarse la vida.
Había vuelto por su madre.
Por nada más.
Sin embargo, cuando levantó la vista unos segundos después, encontró a César observándolo nuevamente.
Y por primera vez comenzó a sospechar que aquellos seis meses de contrato podrían ser mucho más largos de lo que parecían.
—¡Y eso fue todo por hoy!
Los aplausos llenaron el estudio.
César sonrió a las cámaras.
—Gracias por acompañarnos una vez más en La Cocina de César. Nos vemos mañana.
— Gracias a todos y hasta mañana— dijo Hamlet.
La música de cierre comenzó.
Las cámaras se apagaron.
Y el programa terminó.
Inmediatamente varios miembros del equipo comenzaron a moverse por el set.
La mayoría a servirse de los platos ya preparados.
Hamlet soltó un suspiro.
Primer día superado.
Y sin cometer errores.
—¡Buen trabajo!
La voz de Saulo apareció detrás de él.
Hamlet se giró.
El productor ejecutivo sonreía ampliamente.
—¿En serio?
—Sí, en serio.
Saulo le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Los números preliminares ya llegaron.
—¿Tan rápido?
—La cadena monitorea todo en tiempo real.
—¿Y?
Saulo sonrió aún más.
—Subimos.
Hamlet pareció sorprendido.
—¿Subimos?
—Bastante.
—Es solo un programa.
—No. Es televisión. Y tú eres el co protagonista.
Saulo señaló una pantalla donde aparecían estadísticas.
—La audiencia femenina reaccionó muy bien.
—¿A la receta?
—No precisamente.
Hamlet comprendió.
—Ah.
—Tu rostro funcionó excelente en cámara. Eres el Omega adorable, encantador, profesional, audaz, y que saborea todo con sinceridad.
—¿Me está diciendo todo eso?
—Te estoy diciendo que eres rentable.
Hamlet soltó una pequeña risa.
—Eso suena peor.
—Bienvenido a la televisión.
Lourdes apareció con una carpeta.
—Las redes también están reaccionando.
—¿Ya?
—Ya.
Saulo observó algunos comentarios.
—"¿Quién es el rubio?"
—Por favor no lea eso.
—"El nuevo asistente es hermoso."
—¿Tiene pareja?
—Saulo...
—"Necesitamos más tiempo en pantalla para Hamlet."
Hamlet cerró los ojos.
—Esto será una pesadilla.
—No tienes idea.
Saulo se echó a reír.
A unos metros.
César observaba la escena.
No le gustó lo mucho que Saulo parecía disfrutar la compañía de Hamlet.
Tampoco le gustó lo cómodo que Hamlet parecía junto a él.
Ni le gustó que estuvieran riéndose.
No le gustó nada.
Y eso era absurdo.
Porque apenas lo conocía.
Y encima eran ambos Omegas... ¿A caso al Omega le atraían más los Omegas y betas?
—Chef.
Una maquilladora apareció.
—¿Sí?
—¿Se encuentra bien? ¿Necesita desmaquillarse?
—Perfectamente. Ya me lave el rostro hace rato.
—Tiene cara de pocos amigos.
—Siempre tengo esta cara.
La mujer decidió marcharse.
Minutos después el estudio comenzó a vaciarse.
Hamlet guardó sus cosas.
Revisó su teléfono.
Tenía tres llamadas perdidas del hospital.
Su expresión cambió inmediatamente.
Tomó su mochila.
—¿Ya te vas?
Preguntó Saulo.
—Sí.
—¿Algún problema?
—Mi madre. Necesita que pase por casa y le lleve algunas cosas.
—Entiendo.
Saulo asintió.
—Ve tranquilo. Por hoy puedes salir temprano. Te paso todo por mensaje. El guión de mañana. Estudialo y consigue los ingredientes del platillo de mañana.
—Gracias.
Minutos después Hamlet caminó hacia la salida.
Y casi chocó con César.
—Chef.
—Capone.
—¿Ya se va?
—Voy saliendo. Parece que va a llover.
Hamlet parpadeó.
—¿Eso cree?
—Si. Puedo llevarte.
—No hace falta. No quiero molestarlo.
—No es molestia.
—Voy a la casa por algo y luego al hospital.
—No importa.
—Después tomaré el metro.
—Puedo acercarte.
—De verdad no es necesario.
—Insisto.
Hamlet suspiró.
Aquello comenzaba a sentirse extraño.
—Chef, no quiero causarle problemas.
—No los causas.
—Además queda lejos.
—No importa. ¿Es en el centro?
Hamlet lo observó.
Algo no encajaba.
—¿Le queda de camino?
—Sí.
Mentira.
Una mentira enorme.
Su penthouse estaba en la dirección opuesta.
Pero César la dijo con absoluta naturalidad.
—¿Está seguro?
—Completamente.
En ese momento un empleado del valet apareció.
—Chef Tascone.
Las llaves del automóvil tintinearon.
—Su vehículo.
—Gracias.
Hamlet observó el deportivo negro estacionarse frente a la entrada.
Probablemente valía más que todo lo que él había ganado en varios años.
—Vaya.
—¿Qué?
—Nada. Lindo auto.
— "Mierda mi auto le gusta más que yo"— piensa el alfa.
—¿Subes?
—No quiero abusar de su amabilidad.
—Hamlet. Dale o llegamos tarde los dos. A confianza. Ya somos colegas.
—¿Sí?
—Si quisiera librarme de ti no te estaría ofreciendo llevarte.
Aquello lo tomó por sorpresa.
César abrió la puerta del copiloto.
—Vamos.
Hamlet dudó unos segundos.
Pensó en el metro.
Pensó en el tiempo.
Pensó en su madre.
Finalmente cedió.
—Le agradezco. Puede dejarme en casa y de hay voy en metro al hospital.
La sonrisa de César apareció de inmediato.
—Tranquilo, no ando apurado . Yo afán no tengo. Te llevo a tu casa y luego hasta el hospital. Si un día estoy en apuros se que me vas a ayudar.
Hamlet no vio la satisfacción en sus ojos mientras rodeaba el automóvil.
Pero Saulo sí.
El productor observaba desde la entrada.
Cruzó los brazos.
Y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Oh, esto va a ser divertido.
Porque conocía a César desde hacía años.
Y acababa de presenciar algo que no ocurría muy seguido.
El gran César Tascone Visconti acababa de inventarse una ruta completa de la ciudad para poder pasar veinte minutos más junto a un omega que apenas conocía.