En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.
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El Día sin electricidad
Oscureció de golpe, como si alguien hubiera bajado una cortina inmensa sobre el cielo. Eran apenas las siete de la tarde cuando, de repente, se apagaron las luces, se callaron los aparatos, y todo el edificio quedó sumido en una penumbra suave y silenciosa. Al principio nadie dijo nada; solo se escuchó un zumbido lejano que se fue apagando hasta desaparecer por completo.
—¡Se fue la luz! —gritó una voz desde el segundo piso. Era la señora Pérez, que salió al pasillo seguida de sus cuatro hijos, que miraban asombrados a su alrededor.
En un momento, el pasillo se llenó de voces y pasos. Don Beto salió frotándose los ojos y tropezando con las paredes.
—¡Válgame Dios! —decía—. ¡Dejé la sopa al fuego y ahora no sé si se quemó o no! ¡Y no hay luz para ver la hora! ¡Ni para leer! ¡Ni para nada! ¡Qué desgracia!
Doña Eustaquia apareció con una vela en la mano, que apenas alumbraba su propia cara.
—Tranquilos, tranquilos —dijo, aunque se le notaba también un poco inquieta—. Seguro es un corte momentáneo. Pero mientras tanto, no nos quedemos cada uno encerrado en su cuarto. ¡Reunámonos todos en el patio! Allí hay más aire y veremos mejor.
Poco a poco fueron bajando todos, cargando velas, linternas viejas, y hasta una lámpara de aceite que la señorita Lidia guardaba desde hacía años por si acaso. Se sentaron en círculo sobre piedras y bancos de madera, bajo las ramas del árbol de mango que apenas se distinguían en la oscuridad. Las velas encendidas dibujaban círculos dorados en el suelo, hacían bailar sombras suaves sobre las paredes, y daban al patio un aspecto cálido y acogedor, como si aquel rincón se hubiera apartado del mundo entero.
Al principio hablaban de la luz, de cuándo volvería, de si sería por la tormenta que se anunciaba, de si la compañía se había olvidado de ellos. Pero poco a poco, las palabras cambiaron de rumbo. Sin luces brillantes que los distrajeran, sin televisión ni radio, sin nada que hacer más que estar juntos, empezaron a hablar de cosas que nunca se habían dicho.
—Sabían que yo nací en una casita de campo sin luz eléctrica? —empezó Don Beto, con voz pausada y suave, mirando la llama de su vela—. De niño, cuando se ponía el sol, nos sentábamos así, alrededor del fuego, y mi padre nos contaba historias. No había prisa. No había nada más que hacer que escuchar y mirar las estrellas. Y créanme… nunca nos aburríamos.
—Yo tampoco tuve luz hasta que fui grande —dijo doña Eustaquia, apoyándose en la pared—. A veces creo que vivíamos mejor así. Nos hablábamos más. Nos mirábamos a los ojos, no a las pantallas.
Y así, uno tras otro, fueron contando cosas. La señorita Lidia habló de su infancia, de cuando aprendió a cantar escuchando a su abuela junto a la ventana, sin necesidad de música impresa. El Charly contó cómo aprendió a arreglar cosas observando a su abuelo, con paciencia y sin prisa. La señora Pérez habló de sus padres, que trabajaban de sol a sol y por la noche se sentaban juntos a contar anécdotas del día. Hasta los niños, con los ojos muy abiertos y brillantes a la luz de las velas, contaron historias inventadas, con voces misteriosas y gestos exagerados, que hacían reír a todos.
Y Don Casimiro, que solía callar, aquella noche habló un poco más. Contó que la luz más importante no es la que viene de los postes, sino la que llevamos dentro: la alegría, la bondad, las ganas de compartir. Y que cuando se apagan las luces de fuera, es cuando más se nota la luz que cada uno tiene en el corazón.
Pasaron las horas y nadie se quejó. Nadie miró el reloj. Nadie dijo que quería que volviera la luz para hacer algo más importante. Se dieron cuenta de algo maravilloso: que sin electricidad, sin ruidos, sin prisas, se conocían mejor unos a otros que en todos los años anteriores. Hablaron, escucharon, rieron, supieron cosas que nunca se habían atrevido a preguntar. Se dieron cuenta de que, cuando hay luz artificial, se vive deprisa y se pasa de largo lo más importante. Pero cuando todo se apaga, uno se detiene, mira alrededor, y descubre lo que tiene cerca.
Cuando por fin regresó la luz, de golpe y con fuerza, encendiendo lámparas y ventanas, nadie corrió a seguir con sus cosas. Se quedaron unos instantes parpadeando, acostumbrándose al brillo repentino. Y entonces Don Beto miró a todos, sonrió despacio y dijo:
—Saben… ojalá se fuera la luz más a menudo. Porque hoy nos hemos conocido de verdad. Y me ha gustado mucho lo que he visto.
Desde aquel día, aprendieron que no necesitan luces brillantes para estar felices. Que basta con reunirse, hablar, escucharse. Y que la verdadera luz no está en los focos que se encienden con un interruptor… está en las palabras sinceras, en las risas compartidas, en el cariño que se descubre cuando uno se sienta junto a los demás en la oscuridad, sin miedo, sabiendo que no está solo.
Y cada vez que se iba la luz después de aquello, nadie se quejaba. Al contrario, se miraban unos a otros y decían con una sonrisa: “¡Preparen las velas! ¡Que empiece la tertulia!”.