Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El peso de un Te Amo
Helena se quedó paralizada durante un segundo, mirando los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo y el whisky que se extendía como una mancha oscura. Luego, con el corazón todavía desbocado, dio un paso hacia él. Benjamin tenía la cabeza gacha, las manos apoyadas en la barra y la respiración agitada, como si acabara de correr kilómetros.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella en voz baja, asustada—. Benjamin… háblame.
Él levantó el rostro con lentitud. Los ojos grises estaban enrojecidos, brillantes, al borde de algo que Helena nunca había visto en él: vulnerabilidad. Cuando habló, la voz le salió ronca, casi rota.
—¿Acaso no te das cuenta? —dijo—. Te amo. Estoy muriendo por ti cada día un poco más. Y me muero solo de pensar que puedas elegir a Sebastian.
Helena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Parpadeó, incrédula. Durante semanas había construido un muro mental alrededor de lo que tenían: sexo. Placer. Nada más. Un acuerdo silencioso, sin promesas, sin futuro. Escuchar esas palabras de su boca era como si el suelo se abriera bajo sus pies.
—No… —susurró—. Tú… tú lo tenías claro. Era solo sexo. Solo placer. Nada más.
Benjamin soltó una risa amarga, sin humor, y se pasó una mano por la cara.
—Yo tampoco supe cómo pasó. No lo planeé. No lo busqué. Pero anoche Sebastian me confesó que quiere recuperarte. Por eso te pregunté lo que te pregunté. Y hoy… hoy te vi con él. Lo vi tomarte las manos. Lo vi mirarte como si todavía tuviera derecho. Y algo dentro de mí se rompió.
Se acercó un paso. La miró casi con lágrimas contenidas, la mandíbula temblando apenas.
—Si tú sientes aunque sea una parte de lo que yo siento por ti… es demasiado. Es más de lo que puedo manejar.
Helena sintió un nudo enorme en la garganta. Quiso tocarlo, pero se contuvo. Las palabras le salieron honestas, temblorosas.
—Sin importar lo que pase… tú siempre vas a ser importante para mí. Fuiste mi primer hombre. Eso no se borra. Pero en este momento… no sé qué siento. De verdad. Estoy confusa. Asustada. Y no quiero mentirte.
Benjamin cerró los ojos un segundo, como si recibiera un golpe. Cuando los abrió, la mirada ya era más contenida, más triste que furiosa.
—Entiendo —dijo en voz baja.
—Creo que lo mejor es que me vaya a casa —añadió Helena, recogiendo su bolso del sofá con manos torpes—. Necesito… pensar.
Él no la detuvo. Solo asintió una vez y se hizo a un lado. Helena cruzó el departamento, abrió la puerta y salió sin mirar atrás. En el ascensor se apoyó contra la pared y dejó que las lágrimas cayeran en silencio. No sabía si lloraba por él, por ella, o por el desastre completo en el que se habían convertido.
Horas más tarde, Benjamin estacionó frente a la mansión Scott. Subió los escalones con los hombros más caídos de lo habitual. El salón principal estaba iluminado. Gerard leía el periódico en su sillón favorito. Sebastian caminaba de un lado a otro con el teléfono en la mano. Oriana removía una taza de té con expresión aburrida.
—Llego tarde —anunció Benjamin, dejando las llaves sobre la mesa—. Les informo que me mudaré al apartamento que renté. Esta semana empiezo a llevar mis cosas.
Gerard levantó la vista y asintió con calma.
—Me parece bien. Un hombre necesita su espacio. Sobre todo cuando viene a poner orden en una empresa.
Luego miró a su nieto, que no dejaba de mirar la pantalla del teléfono.
—¿Qué te pasa, Sebastian? Llevas toda la noche inquieto.
Sebastian se detuvo y soltó un suspiro frustrado.
—Le estoy enviando mensajes a Helena. Decenas. Y me ignora. Completamente. Ni siquiera los lee.
Oriana soltó una risa corta y despectiva, dejando la taza sobre el platillo con un tintineo agudo.
—Esa chica siempre fue un problema. Demasiado orgullosa. Demasiado… complicada. Mejor que te ignore, hijo. Hay mujeres más adecuadas para alguien como tú. Mujeres que saben cuál es su lugar.
Benjamin sintió que algo se le tensaba en el pecho. La rabia de antes, mezclada ahora con una tristeza profunda, le subió a la garganta. No podía quedarse a escuchar un segundo más. No cuando cada palabra de Oriana le sonaba a una ofensa directa hacia la mujer que acababa de confesarle que lo amaba… y que no sabía qué sentir.
—Si me disculpan —dijo con voz fría, ya girándose hacia la escalera—. Estoy cansado. Buenas noches.
Subió a su habitación sin esperar respuesta. Cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie en la oscuridad, con la frente apoyada contra la madera.
Por primera vez en años, Benjamin Scott no sabía qué hacer con lo que sentía. Y eso, más que cualquier vaso roto contra una pared, era lo que realmente lo destrozaba.