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ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

Status: Terminada
Genre:Mafia / Villana / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.

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Que quieren?

Pasaron dos días. Dante estaba sentado tras su escritorio, revisando unos informes, cuando Javier entró. Cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie, con la postura tensa.

— Están molestando otra vez, jefe. Los tíos y el primo. Están en la puerta de la escuela. Lía los vio, les pidió que se fueran, y en lugar de eso empezaron a gritar. Dicen que si no les das dinero, se quedan ahí. Hacen escándalo. Los niños los miran. Ella no sabe qué hacer.

Dante no levantó la vista del papel que tenía en la mano. Dejó el bolígrafo sobre la mesa, despacio, y alzó la mirada. No había ira en su rostro. Había algo peor: resolución fría.

— ¿Cuánto tiempo llevan ahí?

— Veinte minutos. Ya hay gente mirando. Graban con los celulares.

Dante se puso de pie, se ajustó el saco y caminó hacia la puerta.

— Vamos. Acompáñame. Y avisa a dos hombres más. Que no intervengan… a menos que yo lo diga.

 

Llegaron a la escuela. En la entrada, su tía y su tío estaban de pie, con los rostros rojos de rabia y desesperación. Sentado en el suelo, apoyado contra la pared, estaba Mateo, pálido, con la respiración entrecortada, sudando frío. Lía estaba de pie frente a ellos, intentando mantener la calma, pero se notaba tensa, incómoda, bajo las miradas de los vecinos que se habían detenido a mirar.

Dante bajó del coche sin prisa. Caminó hasta el grupo y se detuvo al lado de Lía. No la miró a ella. Miró a los otros tres.

— Se les dijo que no volvieran —dijo, con voz baja, pero que todos escucharon claramente—. Se les dijo que no se acercaran. ¿No saben escuchar?

Su tía dio un paso hacia él, con los ojos llenos de lágrimas de teatro.

— ¡Dante! ¡Por fin sales! ¡Mira a tu primo! ¡Se muere! ¡No tiene para el médico! ¡No tiene para comer! ¡Y tú… tú tienes esto! ¡Una escuela! ¡Dinero tirado a la basura mientras tu sangre sufre! ¡Eres un desalmado!

— ¡Dinos que nos das! —gritó su tío, tambaleándose levemente—. ¡Somos familia! ¡Nos debes esto! ¡Dinos el dinero y nos vamos ahora mismo!

Mateo levantó la vista, débil, y habló con voz quebrada.

— Primo… solo un poco… no seas así… somos familia…

Dante los miró uno por uno, sin alterarse. Como si estuviera viendo insectos en el suelo.

— ¿Terminaron? ¿Ya terminaron el show? —Hizo una pausa, y su voz se cortó como cuchillo—. Esta escuela es de mi mujer. Y esta calle… es mi zona. Y aquí… nadie hace escándalo. Nadie amenaza. Nadie chantajea. Y mucho menos… nadie la molesta a ella.

— ¡No nos hables así! —gritó la tía—. ¡Nos criaste! ¡Te dimos un techo!

— Me dieron un techo a cambio de nada —la corrigió él, tajante—. Y durante años les devolví ese techo diez veces. Veinte veces. Cien veces. Y cuando llegó el momento de elegir… eligieron a él. Antes que a mí. Pues ahora… que él los mantenga. Que su enfermedad los alimente. Que sus lágrimas les paguen el hospital. Porque de mí… no sacan ni un centavo más.

— ¡Entonces no nos movemos! —amenazó el tío, cruzándose de brazos—. ¡Nos quedamos aquí! ¡Que todos vean qué clase de hombre eres!

Dante asintió lentamente.

— Perfecto. Quédense. Pero escúchenme bien. —Se inclinó un poco hacia ellos, y su voz bajó hasta volverse casi un susurro, cargada de advertencia—. Si siguen aquí molestando… si un niño se asusta… si ella se siente incómoda… yo no los echo. Yo no los toco. Pero se les va a cerrar cada puerta en esta ciudad. Ningún médico los va a atender. Ningún comercio les va a vender. Nadie les va a dar trabajo. Nadie les va a hablar. Van a dejar de existir. Y si después de eso siguen aquí… entonces sí… me voy a molestar. Y no quieren que me moleste de verdad.

Su tía se quedó con la boca abierta, sin palabras. La frialdad de Dante era más aterradora que cualquier grito.

— Tienen diez segundos para irse —dijo él, recto, firme—. Uno. Dos. Tres.

— ¡No puedes hacernos esto! —alcanzó a decir ella, con voz temblorosa ahora.

— Cuatro. Cinco. Seis.

El tío miró a Dante, vio que no bromeaba, agarró a su esposa del brazo y tiró de ella.

— Vámonos —murmuró—. Vámonos ahora.

— ¡Pero Mateo! —protestó ella.

— ¡Vámonos! —repitió él, arrastrándola.

Se llevaron a Mateo entre los dos, casi cargándolo, alejándose despacio, sin volver la vista atrás. Dante se quedó mirándolos hasta que doblaron la esquina. Luego se giró hacia Lía. Su expresión se relajó apenas, lo justo para que ella supiera que no estaba contra ella.

— ¿Te molestaron? —preguntó, directo, sin rodeos.

— No… solo gritaban —respondió ella, aún con el corazón acelerado—. Gracias, Dante. No quería que…

— No tienes que darme explicaciones —la cortó él, breve—. Si vuelven, no les hables. Llámame. O llama a seguridad. No intentes razonar con ellos. La gente que viene a pedir con gritos… no viene a pedir. Viene a exigir. Y aquí… nadie exige nada que no sea mío.

Le hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta.

— Entra. Sigue con tu trabajo. Nadie vuelve a acercarse. Te lo aseguro.

Ella asintió y entró. Dante se quedó un momento más en la entrada, mirando hacia la calle donde se habían ido. Javier se acercó.

— ¿Los seguimos? —preguntó en voz baja.

Dante negó con la cabeza, lento, seguro.

— No hace falta. Ellos solos se van a destruir. Solo hay que esperar. Pero pon dos hombres en la puerta. Discretos. Que no se vean mucho. Pero que estén ahí. Nadie se acerca a esa escuela sin mi permiso. Nadie.

— Entendido, jefe.

Dante se giró y entró también. No era un gesto de amor. Era un acto de autoridad. Su territorio. Su gente. Sus reglas. Y quien no las cumplía… pagaba el precio.

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