Zoe y Antoni nacieron con cucharas de plata en la boca. Rodeados de opulencia y acostumbrados a la adulación, ambos han forjado una coraza de orgullo y narcisismo que los hace inmunes a la empatía. Sus mundos son un escenario de apariencias, donde cada sonrisa es calculada y cada palabra un arma.
Él, Antoni, un tiburón de los negocios, acostumbra a tener todo lo que desea, y el control es su droga más preciada. Su arrogancia es su bandera, y su éxito, su mayor orgullo. Ella, Zoe, una belleza fría y distante, se deleita en la manipulación y la competencia. Su ego es un monstruo que necesita ser alimentado constantemente con admiración y poder.
Sus caminos se cruzan en una fiesta exclusiva, donde la atracción inicial se mezcla con el desafío. Comienza entonces un juego de ajedrez mental y emocional, donde el objetivo no es ganar un amor, sino conquistar un ego.
NovelToon tiene autorización de cinthya Verónica Sánchez Pérez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Antoni
Durante el camino el calor se hacía insoportable, mi cabello se humedecida y yo miraba por la ventana y el aire movía mi peló.
...En palabras de Antoni ......
Durante todo el camino ella estuvo en silencio podía notar que estaba realmente molesta por como movía los dedos sobre su muslo, intentaba poner atención al camino cuando el olor de su cabello entro por mi nariz, podía jurar que olía a fresas.
— Puedes parar necesito ir al bañó.— me dijo sin mirarme.
Su tono seco me sacó de mis pensamientos.
Reduje la velocidad sin decir una sola palabra y me orillé en la primera gasolinera de la autopista. Detuve la camioneta frente a la tienda de conveniencia. Zoe no esperó ni un segundo: abrió la puerta de golpazo y bajó del vehículo sin siquiera darme una mirada, caminando con esa postura altanera y sexy que parecía hacer al propósito y los tacones de sus botas resonando con fuerza sobre el asfalto caliente.
La vi desaparecer tras la puerta de vidrio. Solté un respiro hondo y me pasé una mano por la nuca, intentando disipar la irritación que esa mujer me provocaba con cada respiración. Su orgullo infantil y esa necesidad absurda de llevarme la contraria me resultaban agotadores, pero lo que realmente me molestaba era lo mucho que me costaba ignorar su presencia a solo unos centímetros de mí.
Bajé de la camioneta para estirar las piernas y caminé hacia la tienda para comprar un par de botellas de agua helada. Al entrar, la vi parada frente a un estante, esperando su turno para el baño mientras revisaba algo en su bolso. El calor de la autopista le había encendido las mejillas, y la blusa blanca se le pegaba sutilmente al torso, marcando su silueta, el hombre que me atendía la miraba.
Pagué en la caja y me acerqué a ella a pasos lentos. Me detuve justo a su lado.
—Toma —dije en voz baja, extendiéndole una de las botellas heladas.
Zoe se giró de golpe, sobresaltada. Miró la botella y luego me clavó sus ojos azules, fríos y desconfiados, como si le estuviera ofreciendo veneno.
—No te pedí nada, Antoni —respondió con esa voz penetrante que intentaba sonar invulnerable.
—No me pidas nada, Zoe. Pero no quiero que te desmayes por deshidratación y me hagas perder el tiempo —repliqué con un tono plano, dejando la botella sobre la barra junto a ella—. Apúrate.
Cinco minutos después, la puerta se abrió. Zoe salió con el cabello rubio sujetado en una coleta alta que dejaba al descubierto la línea elegante de su cuello, y un botón de su blusa estába desatado, salio ignorándome por completo mientras caminaba hacia la salida.
La seguí a paso firme. Al llegar a la camioneta, subió al asiento del copiloto sin esperarme. Me acomodé frente al volante, encendí el motor y me incorporé de nuevo a la autopista a toda velocidad.
—Llegamos en diez minutos —dije sin romper el ritmo de la marcha, rompiendo el silencio sofocante que nos rodeaba—. Prepara los planos. Nathalia y los topógrafos ya deben estar esperando en la entrada del acantilado.
—Están listos desde que salimos de la casa —contestó con voz baja, seca, pero sin el veneno de antes—. Solo asegúrate de que tus ingenieros no pongan objeciones a la altura del club de playa. No voy a recortar un solo metro de terraza.
Sonreí de lado, manteniendo los ojos fijos en el camino.
Al llegar ambos bajamos del auto Nathalia la abrazo y le dió un abanico.
—Gracias, Nat, me estaba ahogando —dijo Zoe, abriéndose el abanico para darse aire en el cuello con una gracia natural que atrajo las miradas de dos de los topógrafos que estaban cerca.
Giré la cabeza hacia la costa, fingiendo revisar el mapa topográfico que el ingeniero jefe tenía desplegado sobre el cofre de su camioneta, pero por el rabillo del ojo no perdía un solo detalle. Ese botón suelto de su blusa dejaba ver lo suficiente como para llamar la atención de cualquiera, y ver la soltura con la que caminaba por el terreno me encendía la paciencia.
—Buenos días, Antoni —me saludó Nathalia, acercándose a la mesa con una tableta en la mano—. Ya revisamos la resistencia del suelo en la falda del acantilado. El terreno es firme, pero el viento a esta altura va a ser un problema para la terraza del club de playa si no reforzamos la estructura base.
—El viento no va a arruinar el diseño, Nathalia —intervino Zoe, poniéndose a mi lado y apoyando sus manos sobre la mesa de planos. El aroma a fresas volvió a envolver el aire, mezclado con la brisa salada del mar—. Si inclinamos las columnas diez grados hacia el norte, distribuimos la carga y mantenemos la vista panorámica intacta.
—Esa inclinación aumenta el costo de cimentación un quince por ciento, arquitecta —dije en voz baja, girando el rostro para mirarla directo a los ojos, tan cerca que pude notar las pequeñas chispas doradas en su mirada azul—. ¿Vas a recortar de los acabados interiores o vas a pedirme que saque más dinero del fondo de contingencia?
—El dinero va a salir del retorno de la zona comercial que tú mismo exigiste adelantar, Antoni —respondió con una sonrisa lenta, llena de ego y victoria—. Aprende a confiar en mis números antes de dudar de mi arquitectura.
— Eso cubriría los gastos de la cimentación sin desembolsar un solo peso.— dijo Nathalia.
—Bueno, si el cálculo da verde, yo sugiero que vayamos a revisar la falda del acantilado antes de que el sol de mediodía nos derrita —dijo Nat, acomodándose las gafas de sol—. La bajada es rocosa y resbalosa.
Caminé yo primero no quería pelear más, el sol estaba demaciado fuerte y los ingenieros estaban a mi alrededor.
Detrás de mí, escuchaba el murmullo de Nathalia indicándole las zonas inestables a los topógrafos y, más cerca de lo que me habría gustado, el eco continuo de las botas de Zoe golpeando la piedra.
—Cuidado en este tramo, arquitecta —advirtió uno de los ingenieros principales, volteando hacia ella con una galantería innecesaria mientras le extendía la mano—. La grava está muy suelta por la falta de sombra.
por UE la tal amiguita esa ni me fio