✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Bailarina de plata
El retumbar de los tambores de Umbralia hacía temblar los frascos de medicina en el suelo de la carpa. El amanecer traía consigo una luz grisácea y enferma que apenas lograba perforar la niebla del cañón. Afuera, los gritos de Mael ordenando levantar las últimas lanzas creaban un ambiente de urgencia absoluta. La batalla por el campamento estaba a punto de estallar.
Dentro de la tienda, la tensión era diferente. Era una tensión hecha de silencios, miradas fijas y una cercanía que había tardado años en consolidarse.
Kaelith intentó incorporarse de nuevo en la camilla de madera. Sus músculos, aún entumecidos por el veneno que la princesa había purgado de sus venas, protestaron con un dolor agudo. Soltó un gemido entre dientes y apoyó una mano en la lona, frustrada por su propia debilidad.
—Quédate abajo, Kaelith —ordenó Lysandra, dándole la espalda mientras terminaba de ajustar las correas de cuero de sus botas de cazadora. Su voz intentaba sonar firme, pero el temblor en sus dedos la delataba.
—No puedes ir allá afuera sola, Lysandra —dijo la general, con la voz pastosa y rasposa—. Esos hombres están cansados. No respetarán tu corona. Y las criaturas de humo... no tienen piedad. No sabes lo que es estar en esa línea de defensa.
Lysandra se giró despacio. Se acercó a la camilla con paso lento y seguro. Ya no llevaba los adornos de plata en el cabello, ni el maquillaje perfecto de las audiencias reales. Tenía el rostro lavado, sudoroso por el esfuerzo mágico del rescate, y una mancha de ceniza en la mejilla izquierda. A los ojos de Kaelith, nunca había parecido tan hermosa ni tan imponente.
—Sé perfectamente a lo que me enfrento, mi general —dijo la princesa, arrodillándose al lado de la cama de campaña para quedar a la altura de sus ojos oscuros—. He pasado toda mi vida estudiando estrategias militares en los libros de la biblioteca real. Sé cómo funciona un embudo en el cañón. Sé dónde colocar a los ballesteros.
—Los libros no sangran, Lysandra —replicó Kaelith, extendiendo su mano callosa para sujetar el brazo de la princesa. Su agarre era débil comparado con su fuerza habitual, pero tenía la desesperación de quien teme perderlo todo—. Los libros no te atacan por la espalda cuando estás cansada. Déjame ir contigo. Aunque sea como un escudo.
Lysandra miró la mano de Kaelith sobre su brazo. Con suavidad, deslizó sus propios dedos hasta entrelazarlos con los de la militar, sintiendo el calor que finalmente regresaba a su piel.
—Durante años fui una cobarde, Kaelith —susurró la princesa, inclinándose más hacia ella, reduciendo el espacio entre sus rostros hasta que sus respiraciones volvieron a mezclarse—. Dejé que marcharas al frente una y otra vez mientras yo me escondía detrás de mis ministros y mis sonrisas falsas. Vi tus cicatrices aumentar y guardé silencio porque creía que era lo mejor para el imperio. Pero cuando Mael trajo esa carta manchada de sangre... comprendí que un imperio sin ti es solo un montón de piedra fría.
Kaelith la miró fijamente, con los ojos brillando por la emoción. El dolor de sus heridas pareció desvanecerse ante las palabras de la mujer que amaba.
—No te mueras allá afuera —pidió la militar en un susurro, rompiendo toda formalidad—. Si caes tú, yo no tendré motivos para levantarme de esta camilla.
Lysandra no respondió con palabras. Rompiendo los últimos milímetros de distancia que las separaban, se inclinó hacia adelante y buscó los labios de Kaelith.
Fue un beso rápido, pero cargado de una intensidad desesperada que las dos habían contenido durante años. Sabía a la promesa de un regreso, al calor de la luz luchando contra las sombras del exterior, y al miedo de que pudiera ser el último encuentro. Kaelith respondió con firmeza, subiendo su mano libre hacia la nuca de la princesa, enredando sus dedos en el cabello plateado suelto, aferrándose a ella como si fuera su única ancla en mitad de la tormenta.
Cuando se separaron, ambas estaban jadeando levemente. Lysandra apoyó su frente contra la de Kaelith por un breve segundo, cerrando los ojos para memorizar la sensación táctil de su cercanía.
—Es un pacto, general —dijo Lysandra, con una sonrisa decidida mientras se ponía de pie y desenvainaba su espada corta de acero fino—. Yo defiendo este campamento, y tú te recuperas para poder sacarme de aquí cuando todo esto termine. No acepto un no por respuesta.
Kaelith la observó marchar hacia la salida de la carpa. El deseo de protegerla le dio una nueva fuerza interna, encendiendo su propia voluntad marcial.
Cuando Lysandra cruzó la lona de la tienda, el aire exterior la golpeó como un latigazo de hielo. El amanecer ya había llegado por completo, tiñendo el cielo del cañón de un color plomizo. A unos doscientos metros de la barricada de piedra, la marea de Umbralia avanzaba. Ya no eran escaramuzas aisladas; era una pared sólida de siluetas de humo negro y garras afiladas que caminaban al ritmo de los tambores enemigos.
Mael estaba de pie sobre un bloque de mármol destrozado, con la espada desenvainada, dando instrucciones de último momento a los soldados que aún podían sostener un escudo en la primera línea. Al ver aparecer a la princesa con la espada corta en la mano, los hombres guardaron un silencio tenso, mirándola con desconfianza.
—¿Qué hace aquí, majestad? —preguntó Mael, bajando de la roca con presteza—. Debería estar en la retaguardia, preparando su caballo por si tenemos que retirarnos.
—No va a haber retirada, Mael —sentenció Lysandra, avanzando hasta colocarse en el centro de la barricada, justo en la brecha abierta que el enemigo pretendía cruzar—. Si retrocedemos ahora, las sombras nos cazarán en la llanura abierta antes del mediodía. Aquí tenemos la ventaja de las paredes del cañón.
—Princesa, con todo respeto, usted no está entrenada para una melé de infantería —advirtió un sargento veterano, mirando con escepticismo el arma delgada de la noble.
Lysandra clavó su mirada verde en el soldado.
—No necesito su fuerza física, sargento. Necesito su disciplina. Escúchenme todos —la voz de la princesa se alzó, clara, firme y musical, resonando en las rocas del cañón con una autoridad que sorprendió a los presentes—. La general Kaelith está viva gracias a la medicina real. Ella dio su sangre por ustedes hace días, y ahora está en esa tienda recuperándose. Yo no soy un rey que los mira desde una torre lejana. Soy su princesa, y hoy voy a derramar mi sangre junto a la de ustedes. Si Umbralia quiere este campamento, tendrá que pasar por encima de la heredera del trono de Aethelgard. ¿Quién está conmigo?
Los soldados se miraron entre sí. La moral, que había estado por los suelos tras días de abandono por parte del consejo, se encendió como la pólvora ante el discurso de la princesa. El hecho de ver a la realeza dispuesta a morir con ellos transformó el miedo en furia.
—¡Por la princesa! —gritó Mael, levantando su espada.
—¡Por Aethelgard y por la corona! —rugieron los hombres en un solo grito que acalló por un momento los tambores de las sombras.
—¡Ballesteros, esperen mi señal! —ordenó Lysandra, colocándose en posición de combate al frente de la brecha—. ¡Mantengan los escudos cerrados!
La inundación negra de Umbralia llegó a la barricada. Las primeras bestias saltaron por encima de las rocas con los ojos morados encendidos.
Lysandra no parpadeó. Esperó el momento exacto en que la primera criatura de humo se arrojó hacia ella. Con la agilidad que había practicado en secreto durante años, se deslizó hacia la izquierda, esquivando las garras por centímetros, y usó su espada corta para rebanar el torso translúcido del monstruo. La bestia se disolvió en ceniza con un chillido agudo.
Antes de que pudiera recuperar la postura, una segunda criatura la atacó por el flanco. Lysandra canalizó la chispa de magia de luz que le quedaba en su mano izquierda. Un destello blanco y cegador brotó de su palma, impactando directamente en el rostro de la bestia, que retrocedió desorientada por la pureza del elemento. Mael aprovechó el momento para rematarla con su pesada hoja.
El combate se volvió feroz y caótico en la brecha de la barricada. Lysandra demostró que su entrenamiento no era solo de exhibición; su estilo era rápido, preciso y letal, buscando siempre los puntos débiles de las articulaciones de hueso del enemigo. Se movía como una bailarina de plata en mitad de un escenario de lodo y ceniza.
Sin embargo, la superioridad numérica de Umbralia empezaba a pesar. Por cada criatura que los cincuenta hombres derribaban, tres más ocupaban su lugar, empujando la línea defensiva hacia atrás, pulgada a pulgada, acercándose peligrosamente a la zona de las carpas médicas.
Desde la entrada de la tienda, apoyada pesadamente en un poste de madera y sosteniendo una espada vieja que había encontrado en el suelo, Kaelith observaba el combate con el corazón en la boca. Ver a Lysandra luchar en mitad del peligro real la llenaba de una mezcla de terror y una profunda admiración. Su princesa ya no era solo una estratega; se había convertido en la general que el sur necesitaba para sobrevivir al invierno.