Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 19
El sonido del pomo de la caoba girando fue como el chasquido de un percutor en mitad de la noche.
En un acto de puro instinto de supervivencia, deslicé la fotografía antigua y el sobre amarillento dentro del compartimento secreto, presioné el resorte para cerrarlo y me aparté del escritorio de caoba en una fracción de segundo. Apagué la linterna del teléfono y me pegué a la gran estantería de libros, obligando a mis pulmones a inhalar y exhalar con una serenidad ensayada.
La pesada puerta de madera se abrió.
No era Arthur.
Dante Rossi cruzó el umbral. Vestía pantalones de vestir oscuros y una camisa negra de cuello desabrochado. Tenía una vaso bajo de cristal en la mano y la mirada cansada de un hombre que rara vez dormía más de tres horas seguidas. Al encender la pequeña lámpara de pie junto al sillón de lectura, la luz cálida bañó la estancia, atrapándome al descubierto.
Dante no se sorprendió. Se limitó a sostener la mirada durante dos segundos eternos antes de dar un sorbo a su bebida.
—Buscando lecturas nocturnas, señora Vance —comentó con su habitual tono grave, rasposo y desprovisto de juzgamiento.
—El insomnio —contesté, apoyando la espalda en los tomos encuadernados en piel con la mayor naturalidad posible—. La mente no se desconecta fácilmente después de un día como el de hoy.
—Un día que destruyó una dinastía y levantó otra —corrigió Dante, dando un paso hacia el centro de la oficina—. Arthur está en la terraza del ala este terminando una llamada con la Bolsa de Londres. Si le aconsejo algo, Emma... no pase demasiado tiempo sola en este despacho. Esta habitación tiene la costumbre de susurrar cosas que es mejor no escuchar.
La advertencia de Dante no fue agresiva, sino casi un aviso entre aliados no oficiales. Mantuve el rostro impasible, aunque mis dedos aún temblaban ligeramente dentro de los bolsillos de mi bata de raso negro. La frase escrita en el reverso de aquella fotografía —*«La madre ha sido trasladada a la clínica de Ginebra sin derecho a reclamación»*— quemaba en mi memoria como tinta al fuego.
—Gracias por el consejo, Dante —dije, ajustándome el cinturón de la bata mientras caminaba hacia la salida—. Me retiraré a descansar.
—Buenas noches, Emma. Que duerma bien... si es que la conciencia se lo permite a alguien en esta casa.
Regresé a la suite matrimonial con el pulso latiendo desbocado contra mis sienes. Al cruzar el umbral, encontré a Arthur de pie junto a los ventanales. Se había quitado la camisa y vestía solo un pantalón de seda oscura. Su torso maduro y musculoso se recortaba contra la luz de la luna que inundaba la habitación.
Al verme entrar, se giró despacio. Tenía la mirada encendida con esa intensidad plomiza que me hacía sentir desnuda aun estando completamente vestida.
—Te despertaste —murmuró, recortando la distancia entre los dos con pasos lentos y seguros.
—El silencio de esta casa es tan denso que casi se puede oír —respondí, intentando que el secreto que acababa de descubrir no se reflejara en el brillo de mis ojos.
—Te acostumbrarás —dijo Arthur. Sus manos grandes y calientes se posaron en mis caderas, atrayéndome hacia su cuerpo con una posesión inmediata—. Este es tu lugar ahora. Conmigo.
Antes de que pudiera argumentar nada, sus labios buscaron los míos en un beso hambriento, profundo y demandante. En su toque no había sombra de culpa ni de duda; era el afecto dominador de un hombre que había conquistado su mundo y que reclamaba a su reina como parte del botín.
Traté de mantener la cabeza fría, de recordarme a mí misma que debía ser cautelosa tras ver la Cláusula 14-B aplicada en aquella foto de 1996, pero el calor que emanaba de la piel de Arthur era una trampa electromagnética. Sus dedos se colaron dentro de mi bata, abriendo la tela de raso y dejando mis pechos expuestos a la penumbra de la estancia.
—Arthur... —susurré contra sus labios, sintiendo cómo el deseo volvía a traicionar mi prudencia analítica.
—No pienses, Emma —ordenó en un gruñido áspero contra mi cuello, bajando la boca para devorar la curva de mi pecho mientras me levantaba en vilo—. Esta noche solo me perteneces a mí.
Me depositó sobre la gran cama de roble y dosel. Su cuerpo pesado y poderoso se acomodó entre mis piernas, separándolas con decisión. El contraste entre la frialdad del temor que acababa de descubrir y la marea de calor abrasador con la que Arthur me poseyó fue una locura exquisita. Nos entregamos a un ritmo feroz, dominante y lento, donde cada embestida suya reafirmaba su soberanía sobre mi cuerpo y mi mente.
Cuando alcanzamos el clímax juntos, me aferré a sus espaldas desnudas con los ojos cerrados, ahogando un grito de puro éxtasis en su hombro mientras el cansancio físico y la marejada de emociones me aplastaban por completo.
A las ocho de la mañana del día siguiente, la luz dorada del verano neoyorquino inundaba la suite matrimonial.
Me encontraba sentada frente al tocador de caoba, vistiendo un traje de chaqueta azul marino de corte impecable, lista para la primera reunión formal de la junta directiva de *Vance Capital* tras la reestructuración. Las ligeras náuseas del embarazo habían vuelto al despertar, pero logré aplacarlas con un vaso de agua helada y la determinación de hierro que me caracterizaba.
Arthur estaba junto al ventanal, abotonándose el chaleco de su traje gris de tres piezas mientras revisaba varios informes impresos en su iPad.
De repente, un sonido estridente cortó la armonía de la mañana.
Un teléfono móvil comenzó a sonar sobre la mesilla de noche. No era el terminal encriptado de Arthur ni mi dispositivo corporativo de la firma. Era el teléfono personal de la línea privada de la mansión, una línea cuyo número solo conocían tres personas en el mundo.
Arthur no se inmuto. Continuó ajustándose los gemelos de oro de sus puños con una tranquilidad pasmosa.
El teléfono sonó tres veces más. La pantalla indicaba una llamada proveniente de un número desconocido con prefijo local de Nueva York, realizado desde un teléfono público o una línea no rastreable.
Me giré desde el tocador para mirarlo.
—¿No vas a contestar? —pregunté, frunciendo el ceño.
Arthur terminó de acomodarse el reloj de pulsera, caminó despacio hacia la mesilla y tomó el aparato. Deslizó el dedo sobre la pantalla y activó el altavoz.
—Habla Arthur Vance —dijo con esa voz de barítono helada que infundía terror en cualquier mesa de negociación.
Al otro lado de la línea se escuchó una respiración agitada, entrecortada, impregnada de una desesperación salvaje y de la furia ciega de un hombre que lo ha perdido todo en cuestión de horas.
—¡Hijo de puta! —la voz de Julián estalló a través del altavoz, distorsionada por la rabia y el alcohol—. ¡Sé que estás ahí! ¡Sé que esa perra está a tu lado!
Permanecí inmóvil en el tocador, sintiendo cómo una ráfaga de adrenalina fría me recorría la espalda. La voz de Julián ya no tenía nada de la elegancia engreída con la que me había llamado la noche anterior desde la suite del *Plaza Hotel*. Sonaba roto, desquiciado, acorralado.
—Estás utilizando una línea restringida, Julián —respondió Arthur con una serenidad insoportable, sin alterar el tono ni un solo ápice—. Eso viola los términos de la orden de alejamiento corporativa emitida por el juez federal esta mañana a las seis.
—¡Me da igual el juez! ¡Me da igual tu orden! —gritó Julián, y se escuchó el golpe de su puño contra una superficie de cristal al otro lado del teléfono—. ¡Me has robado la empresa! ¡Me has congelado las cuentas! ¡Los Montgomery me han demandado por fraude y la policía me busca en mi propio apartamento! ¡Me has arruinado la vida, viejo bastardo!
Arthur miró la pantalla del teléfono con la misma indiferencia con la que revisaba un informe de pérdidas menores.
—Te arruinaste tú solo en el momento en que intentaste malversar los fondos fiduciarios para cubrir las deudas de los Montgomery —dijo Arthur—. Y cometiste el error fatal de minusvalorar a la mujer que mantenía tu imperio en pie.
Se escuchó una carcajada histérica de Julián, un sonido desgarrador que denotaba su pérdida total de cordura.
—¡Pásame a Emma! —exigió Julián, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Pásamela! ¡Sé que me estás escuchando, Emma! ¡Por favor! ¡Tienes que hablar con los abogados! ¡Diles que fue un error! ¡Diles que todo fue un plan que organizamos juntos! ¡Teníamos un futuro, Emma! ¡Te lo di todo! ¡No puedes dejar que este viejo loco me destruya de esta manera!
Me puse de pie lentamente, ajustándome la solapa de mi chaqueta azul. Caminé hacia la mesilla de noche y me detuve al lado de Arthur. Mantuve la mirada fija en el teléfono, con los labios apretados en una línea fina e implacable.
—Julián —dije con una voz helada que resonó en la habitación como el filo de una guillotina.
Al escuchar mi voz, el tono de Julián cambió instantáneamente de la rabia a una súplica patética y humillante.
—¡Emma! ¡Dios mío, Emma! —jadeó al otro lado—. Escúchame, por favor... Victoria no significa nada para mí, la boda fue solo por el dinero de su padre... Tú eres la única mujer que he amado. Te lo juro por lo que quieras. Si detienes la orden de la junta, nos iremos de la ciudad... te daré las acciones... haremos lo que tú digas... pero no me dejes en la calle. Por favor, Emma... te lo ruego...
Escuché su súplica con una lástima profunda. No por él, sino por la versión de mí misma que alguna vez creyó en sus promesas vacías. La mujer que había llorado en su despacho cuarenta y ocho horas atrás había muerto para siempre.
Miré a Arthur. Él no hizo ningún movimiento para intervenir. Se limitó a sostener el teléfono, observándome con sus ojos grises, evaluando mi reacción con la precisión de un halcón.
—Tuviste tu oportunidad, Julián —dije con absoluta tranquilidad—. Te di mi lealtad, mi inteligencia y mi vida durante tres años. Me ofreciste ser tu amante a puerta cerrada mientras te casabas por conveniencia. Ahora cosecha lo que sembraste.
—¡Emma, no! ¡No me cuelgues! ¡Si me dejas caer, voy a contarlo todo! ¡Voy a decir que me robaste información de las cuentas! ¡Voy a...!
Arthur no le dejó terminar.
Sin mediar palabra, desvió la mirada hacia mí, esbozó una sonrisa helada y presionó el botón rojo en la pantalla, cortando la llamada de golpe.
El silencio volvió a adueñarse de la suite principal con la majestuosidad de una sentencia ejecutada.
Arthur arrojó el teléfono sobre la mesilla con total indiferencia, como si hubiera apartado una mosca molesta, y dio un paso hacia mí.
—El drama de mi sobrino ha concluido, señora Vance —dijo Arthur, posando su mano grande en mi nuca para atraerme hacia él y depositar un beso firme sobre mi frente—. El helicóptero nos espera para ir a la sede central. Es hora de mostrarle al mundo quién manda en esta ciudad.
—Vamos —asentí, sosteniéndole la mirada con la misma frialdad.
Salimos de la suite tomados del brazo. Pero mientras caminábamos por los pasillos de *The Oak Manor*, la certeza de que Julián estaba destruido ya no era mi única preocupación.
Ahora el verdadero peligro no era el ex prometido derrotado que gritaba desde un teléfono público... sino el hombre poderoso y magnético que caminaba a mi lado, sosteniendo mi mano con la firmeza de un dueño que jamás piensa dejar escapar a su presa.