Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 13
...Nina....
Tres golpes en la puerta. Secos. Espaciados.
—Nina, soy yo. Abre.
La voz de Julián.
El aire se me congeló en la garganta. Miré a Santiago —sin camisa, el vendaje en la mano, las sábanas revueltas— y el pánico me atravesó el cuerpo como electricidad.
—Nina, ¿estás ahí? Vi tu tarjeta en recepción.
Me moví sin pensar. Agarré mis zapatos, mi bolso, y fui directo a la ventana. Santiago me miró. No dijo nada. Solo me miró con esos ojos oscuros mientras yo levantaba el pestillo.
—¿Qué haces? —susurró.
—No puede verme aquí.
—Es un segundo piso.
—Ya sé.
Abrí la ventana. El aire frío me golpeó la cara. Abajo había un balcón del primer piso, tal vez metro y medio de caída. Pasé una pierna por el marco.
—Nina.
—No me hables.
Pasé la otra pierna. Me quedé sentada en el borde, con las manos agarradas al marco de aluminio, los nudillos blancos. Abajo, el balcón. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.
Salté.
El impacto me subió por los tobillos, las rodillas, la cadera. Me tambaleé contra la baranda y me sostuve. Arriba, Santiago apareció en la ventana, mirándome.
No me dijo nada.
Crucé el balcón, bajé por las escaleras de servicio y salí al estacionamiento trasero. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los dientes.
...Santi....
Se fue.
Me quedé parado frente a la ventana abierta. El aire entraba frío y olía a concreto mojado. Julián seguía tocando.
—¿Santiago? ¿Eres tú? Abre.
Abrí la puerta. Julián estaba ahí con su sonrisa perfecta, la camisa impecable, el pelo peinado como para una sesión de fotos.
—Vine a ver si Nina estaba contigo. ¿La has visto?
—No.
Miró detrás de mí. La ventana abierta. Las sábanas arrugadas. Mi camisa en el suelo.
—¿Interrumpo algo?
—Estaba durmiendo.
Julián levantó una ceja pero no insistió. Se fue por el pasillo silbando una canción que no reconocí.
Cerré la puerta. Me senté en la cama.
Las sábanas todavía olían a ella. A champú barato y crema de manos. El vendaje que me puso seguía tibio. Y ella saltó por una ventana para que nadie supiera que estuvo aquí.
«Prefiere romperse el cuello antes de que la vean conmigo.»
Me quedé mirando el techo. La mancha de humedad tenía forma de algo que no importaba. Apreté el vendaje con la otra mano hasta que me dolió.
Esto era peor que el rechazo. El rechazo al menos es honesto. Esto era vergüenza. Yo era algo de lo que huir. Algo que esconder. Algo que limpiar de la escena antes de que llegara la persona que sí importaba.
Me acosté. Cerré los ojos. Todavía sentía su peso en el colchón, el hundimiento a mi lado donde estuvo sentada mientras me vendaba la mano.
Diez minutos. Habían sido diez minutos en que todo pareció real.
...Nina....
Salí del hotel por la puerta lateral. Caminaba rápido, sin dirección, solo necesitaba alejarme. La laptop me pesaba en el bolso cruzado, golpeándome la cadera con cada paso.
Un tipo salió de la nada.
Me golpeó el hombro, duro, y el bolso se me resbaló. La laptop cayó al piso con un sonido que me partió el alma —plástico contra concreto, ese crujido sordo que te dice que algo se rompió por dentro.
—¡Discúlpame, discúlpame! —El tipo apestaba a alcohol. Se tambaleó, levantó las manos—. No te vi, perdón.
Se fue antes de que pudiera reaccionar.
Me arrodillé. Abrí el bolso con las manos temblando. La pantalla estaba fracturada de esquina a esquina, líneas negras cruzándola como venas muertas. Intenté prenderla. Nada. Otra vez. Nada.
Ocho meses de material. Todas las tomas del documental. Las ediciones de los últimos tres proyectos. Los respaldos parciales que nunca terminé de subir a la nube porque el internet del departamento era una basura.
Me senté en el suelo del estacionamiento con la laptop en las piernas y me quedé ahí. No lloré. Quería, pero el cuerpo no me dejó. Solo me quedé viendo la pantalla rota como si pudiera arreglarla con la mirada.
Esa noche, en el lobby del hotel, Daniel se sentó a mi lado sin que lo invitara.
—¿Sabías que Santiago vivió con una chica en la universidad?
Levanté la vista del vaso de agua que estaba sosteniendo como si fuera lo único real en el mundo.
—¿Qué?
—Cuatro años. Juntos. En el mismo departamento. —Daniel se recargó en el sillón con esa cara de quien suelta información jugosa y disfruta el impacto—. La chica de la que hablaron en la reunión, ¿te acuerdas? No solo fueron novios. Vivieron juntos. Como casados.
—No me interesa.
—Solo te cuento porque parece que tú y él—
—No hay nada entre él y yo.
Daniel levantó las manos en rendición.
—Bien, bien. Solo decía.
Se fue. Me quedé con el vaso de agua y un nudo en el pecho que no tenía derecho a estar ahí. Cuatro años. Viviendo juntos. Compartiendo cama, desayunos, llaves, rutinas. Todo lo que implica una vida entera con otra persona.
«No me importa.»
Me terminé el agua de un trago. Me importaba.
...Santi....
Aterricé en Monterrey a las cuatro de la tarde. Reunión con el equipo de producción. Revisión de contratos. Confirmación de locaciones para el siguiente rodaje. Cosas que podía hacer en piloto automático mientras la mitad de mi cabeza seguía en una ventana de hotel.
A las nueve de la noche sonó mi teléfono.
—Julián invitó a Nina a su habitación —dijo Marcos sin preámbulo—. Para "revisar el material del documental". A solas. En su cuarto. A las diez de la noche.
No dije nada por tres segundos.
—¿Ella aceptó?
—No sé. Pero él insistió bastante.
—¿En qué piso está?
—Santiago, estás en otra ciudad.
—¿En qué piso?
Marcos suspiró.
—Tercero. Habitación 312. Ella está en la 308.
Colgué. Abrí la aplicación de la aerolínea. El último vuelo salía en cuarenta minutos. Compré el boleto mientras caminaba hacia la puerta de la terminal. Ni siquiera había salido del aeropuerto.
En el avión saqué mi teléfono antes de que pidieran apagarlo. Busqué el modelo de laptop de Nina —lo había visto mil veces en sus publicaciones de trabajo, una Dell XPS 15, pantalla OLED, la versión con más almacenamiento. La encargué con envío exprés a la recepción del hotel. Llegaba a las ocho de la mañana.
El vuelo duró una hora cuarenta. Tomé un taxi del aeropuerto al hotel. Llegué a las once y media.
El pasillo del tercer piso estaba vacío. Alfombra gris. Luces fluorescentes. La puerta de la 308 cerrada. Adentro, silencio.
Me senté en el suelo, contra la pared, frente a su puerta.
A medianoche pasó una empleada de limpieza con un carrito. Me miró. Le devolví la mirada. Siguió caminando.
A la una fui a la máquina expendedora del final del pasillo. Café negro, sin azúcar. La máquina hizo un ruido que sonaba como un animal muriendo. El vaso de plástico quemaba.
Volví a mi lugar.
A las dos de la mañana se abrió la puerta del elevador. Un huésped borracho se metió a su habitación tres puertas más allá. Esperé hasta que dejó de hacer ruido.
A las tres leí manuales de vuelo en el teléfono. Procedimientos de emergencia para aterrizaje con viento cruzado. Protocolos de cabina. Cosas que me sabía de memoria pero que releía porque necesitaba que mi cerebro hiciera algo que no fuera pensar en ella.
A las cuatro me terminé el segundo café. El pasillo olía a desinfectante de pino y a alfombra vieja. La espalda me dolía contra la pared. Cambié de posición. Estiré las piernas.
A las cinco empezó a clarear por la ventana del fondo del pasillo. Una línea gris en el horizonte que se fue volviendo naranja. Escuché pájaros. El hotel empezó a despertar —puertas, pasos, el murmullo del elevador subiendo y bajando.
A las seis me pregunté qué estaba haciendo.
La respuesta era simple. Estaba cuidándola. Como siempre. Como desde los dieciséis años. La diferencia era que antes podía engañarme y decir que era costumbre, inercia, algo que hacía sin pensar. Ahora ya no. Ahora sabía exactamente por qué estaba sentado en un pasillo de hotel a las seis de la mañana con dolor de espalda y dos cafés encima y sin haber dormido.
A las siete y cuarto escuché la alarma. Su alarma. Un sonido electrónico genérico que atravesó la puerta como si fuera de papel. Escuché movimiento adentro. Agua. Pasos descalzos.
Me puse de pie. Me dolían las rodillas, la espalda, el cuello. Me alisé la camisa. Me pasé la mano por el pelo. Recogí los vasos de café vacíos y los tiré en el bote del final del pasillo.
Caminé hacia el elevador. Apreté el botón. Las puertas se abrieron.
Entré.
Ella nunca supo que estuve ahí.
...Nina....
Encontré la laptop en recepción cuando bajé a desayunar.
—Señorita Salcedo, le dejaron esto.
Una caja. Dell XPS 15. El mismo modelo que la mía. Exactamente el mismo. Con una nota escrita a mano en un papel del hotel:
"Para que no pierdas más trabajo. — S."
Me quedé mirando la nota como si las letras fueran a cambiar si les daba suficiente tiempo. S. Santiago. ¿Cómo sabía el modelo? ¿Cómo sabía que se me rompió? ¿Cuándo la compró?
Quise devolverla. Quise dejarla en recepción con un mensaje que dijera "no acepto regalos". Quise hacer lo correcto. Lo digno. Lo que haría una persona que tiene claro que Santiago Reverte no significa nada para ella.
Me la llevé al cuarto.
La abrí en mi cama y la configuré en silencio, odiándome por el alivio que sentí cuando la pantalla se encendió perfecta, sin una sola grieta, brillante y nueva.
Esa tarde llegó un paquete diferente.
El paquete no venía de Santiago. Venía de sky.
Lo supe por la caja —siempre la misma marca de cartón, siempre el mismo tipo de cinta, siempre sin remitente visible excepto la dirección de retorno. La dirección de Marcos Herrera.
Adentro: un micrófono de solapa profesional. Un kit de sonido para documentales. Una tarjeta:
"Vi tu último corto. El audio se merece estar a la altura de la imagen."
Sin firma. Sin nombre. Solo la letra de siempre —redonda, cuidadosa, un poco inclinada a la derecha— y la sensación familiar de que alguien en algún lugar del mundo me prestaba atención de una manera que no entendía del todo.
Sky.
Llevaba años recibiendo sus regalos. Desde preparatoria. Al principio pensé que era una broma, después un acosador, después... no sé. Algo que simplemente era parte de mi vida.
En San Valentín del segundo año de universidad, sky me mandó noventa y nueve rosas. Rojas. Las conté porque no me lo creía. Además, una cámara profesional —una Canon que en ese entonces costaba más de lo que yo ganaba en seis meses de becas— y un dron con una nota larga que todavía guardo en la cartera.
"Me domesticaste, así que seré responsable de ti para siempre."
El Principito. Mi libro favorito. Sky lo sabía porque se lo dije una vez en un chat a las tres de la mañana, cuando los dos teníamos insomnio y yo estaba triste por algo que ya no recuerdo.
Ese dron me cambió la vida. Con ese dron hice mis primeras tomas aéreas. Con esas tomas gané mi primer concurso. Con ese concurso conseguí mi primer trabajo profesional. Todo lo que soy como fotógrafa aérea empezó con un regalo de alguien cuya cara no conozco.
Ahora miré la dirección de retorno en la caja. La dirección de Marcos.
Marcos. El mejor amigo de Santiago.
El pensamiento se formó solo, como una burbuja subiendo a la superficie. ¿Y si sky...?
No.
Sky me escribía desde preparatoria. Me mandaba mensajes largos a medianoche, me preguntaba cómo estaba, me recomendaba películas, se reía de mis chistes malos. Santiago en preparatoria apenas me miraba. Santiago en preparatoria me trataba como si fuera invisible, o peor, como si fuera una molestia que tenía que tolerar porque compartíamos el mismo espacio.
Sky era cálido. Atento. Presente.
Santiago era frío. Distante. Silencioso.
Dos personas opuestas. Imposible que fueran la misma.
Guardé el equipo de sonido en mi maleta. Le mandé un mensaje a sky:
"Gracias. Siempre sabes lo que necesito."
La respuesta llegó tres minutos después:
"Siempre."
Una palabra. Me hizo sonreír sin saber por qué. Me acosté en la cama con el teléfono en el pecho y me quedé viendo el techo.
S. Sky. Santiago.
No. Coincidencia.
Cerré los ojos. Pero detrás de los párpados vi sus ojos mirándome desde la ventana del hotel mientras yo saltaba. Quietos. Oscuros. Llenos de algo que me negaba a nombrar.
Y en algún lugar de mi teléfono, un chat con un desconocido que llevaba años domesticándome sin que yo lo supiera.
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