A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 17
Capítulo 17: No pierdas tu tiempo
Lo supe antes de que pasara.
Fue algo en la forma en que me miraba esa semana, o, más exactamente, en la forma en que dejó de mirarme. Después de la bodega, después de la paleta de mango, después de esos hombros que temblaron con lo que quise creer que era una risa, Lisandro empezó a retroceder.
Los signos eran pequeños. Sutiles. Del tipo que solo nota alguien que lo conoce de dos vidas.
La distancia entre nosotros al caminar pasó de dos pasos a tres. Volvió a responder con monosílabos. En el comedor, su mesa se alejó tres baldosas de la mía, no de golpe, sino en movimientos milimétricos, como una marea que se retira tan despacio que no la notas hasta que la playa está vacía.
Estás asustado, pensé. La bodega te acercó demasiado y ahora necesitas reconstruir el muro.
Lo entendía. De verdad que sí. Con la cabeza.
Pero el corazón.
El corazón es un órgano estúpido que no entiende de estrategias ni de paciencia. El corazón quiere lo que quiere cuando lo quiere, y lo que el mío quería era ir hasta su mesa, sentarme frente a él y decirle: Te quiero. Te quise en otra vida y te quiero en esta. Deja de huir.
Y eso fue exactamente lo que decidí hacer.
Un viernes, después de la última clase, lo intercepté en el pasillo del segundo piso. El mismo pasillo donde el profesor Calderón nos había hecho la broma de las derivadas parciales. El mismo donde una vez me dio un pañuelo con sus iniciales bordadas.
Estaba guardando un libro en su mochila. Levantó la vista al sentir mis pasos. Me midió con esos ojos que, detrás de los lentes, calculaban todo, distancias, intenciones, rutas de escape.
—Lisandro, quiero hablar contigo.
Lo que pasó a continuación fue tan rápido y tan preciso que no me dio tiempo de terminar la frase.
—No tengo interés en relaciones sentimentales —dijo—. Con nadie. No pierdas tu tiempo.
Las palabras cayeron entre nosotros como una reja de hierro.
No como una puerta. Las puertas se abren. Una reja se cierra desde dentro y tiene candado.
Me quedé de pie en el pasillo, con la boca abierta y la confesión a medio camino entre la garganta y los labios, donde se quedó atrapada como un pájaro contra un vidrio.
Él no esperó a que respondiera. Cerró la mochila. Se la echó al hombro. Y empezó a caminar hacia la salida con esos pasos largos y medidos que anunciaban una retirada estratégica.
Rechazo preventivo.
Lo reconocí porque lo había vivido antes. En la otra vida. Mismo guion. Misma precisión quirúrgica. La primera vez que Solana Estrada de veintidós años le dijo a Lisandro Sotomayor de veinticuatro que sentía algo por él, la respuesta fue idéntica: "No me interesan las relaciones. No pierdas tu tiempo." Mismo tono. Misma frialdad. Misma absoluta falta de conciencia de que lo que acababa de hacer era un acto de terror.
Porque eso era. Terror.
Lisandro no me rechazaba porque no le gustara. Me rechazaba porque le gustaba demasiado. Porque la grieta que la paleta de mango abrió en su coraza se estaba ensanchando, y él podía sentir cómo el agua se colaba por los bordes, y el agua era yo, y si dejaba que entrara un poco más, iba a inundarse, y la última vez que se inundó de un sentimiento tuvo trece años y casi no sobrevivió.
No tengo interés en relaciones sentimentales.
Traducción: Me aterra lo que siento por ti y no sé qué hacer con ello, así que voy a incendiar el puente antes de que tú lo cruces.
Lo sabía. Lo entendía. Lo comprendía con cada fibra de mis veintisiete años de experiencia emocional.
Y aun así dolió.
Dolió como una quemadura que sabes que te estás haciendo y que no puedes evitar. Como meter la mano en agua hirviente a propósito porque lo que necesitas está en el fondo de la olla.
Él ya iba por la mitad del pasillo.
—No te estaba confesando nada, primer lugar —dije. Mi voz salió limpia. Firme. Sin un solo temblor—. Relájate.
Se detuvo. Un segundo. Medio segundo. Lo suficiente para que yo supiera que me escuchó, que las palabras le llegaron, que el "relájate" le pegó en algún lugar que le dolió.
Siguió caminando.
Le di la espalda. Caminé en la dirección opuesta. Bajé las escaleras. Crucé el patio. Salí por la puerta principal. Caminé las ocho cuadras hasta mi casa con los ojos secos y la mandíbula apretada.
No lloré en el camino.
No lloré al llegar.
No lloré al subir las escaleras ni al cerrar la puerta de mi cuarto ni al sentarme en la cama ni al quitarme los zapatos.
Lloré cuando vi la ventana.
Su ventana. La cortina entreabierta. La rendija que él había dejado abierta desde la noche de la parrillada y que hoy —por primera vez desde entonces— estaba cerrada.
La cortina cerrada.
Completamente cerrada. Sin rendija. Sin abertura. Sin ese espacio mínimo que era lo más cerca que Lisandro Sotomayor estaba de decir "puedes mirar".
Me cubrí la cara con las manos y lloré.
No el llanto dramático de los diecisiete. No ese llanto de telenovela donde las lágrimas caen fotogénicas y la protagonista se ve triste pero hermosa. Lloré feo. Con mocos. Con hipidos. Con la cara roja y los ojos hinchados y un sonido que salía de algún lugar debajo de las costillas que no sabía que existía.
No lloraba por el rechazo. No lloraba por mí.
Lloraba por él.
Por el niño de trece años que aprendió que amar es peligroso. Que querer a alguien es darle un arma y esperar a que te dispare. Que la única forma de sobrevivir en este mundo es no sentir nada, no necesitar a nadie, no dejar que nadie se acerque lo suficiente como para hacerte daño.
Tu madre te enseñó eso, Lisandro. Te enseñó que el amor viene con golpes. Que la cercanía viene con heridas. Que la persona que debería protegerte es la misma que te destruye.
Y ahora, cuando alguien intenta quererte de verdad, lo único que sabes hacer es cerrar la puerta.
La cortina. La mochila. La voz. Todo se cierra.
Porque si dejas que entre la luz, tendrás que ver lo que hay adentro. Y lo que hay adentro te da más miedo que cualquier Kevin Ramos, que cualquier callejón, que cualquier puñetazo.
Lo que hay adentro es un corazón que funciona. Que siente. Que quiere. Y eso, para ti, es lo más aterrador del mundo.
Me sequé los ojos con la manga del uniforme. La tela quedó mojada, salada, arrugada.
Miré la cortina cerrada.
Ciérrala, pensé. Ciérrala con candado si quieres. Pon ladrillos. Pon cemento. Construye un muro de diez metros alrededor de tu corazón.
Yo ya viví diez años al otro lado de ese muro. Sé exactamente cuánto mide, dónde están las grietas y cómo se derrumba.
Y tengo toda la paciencia del mundo.
Porque la última vez, ese muro cayó.
Y cuando cayó, lo que encontré adentro valió cada segundo de espera.
Me soné la nariz. Me lavé la cara. Me miré en el espejo: nariz todavía hinchada del callejón, ojos rojos del llanto, pelo revuelto, uniforme arrugado.
Un desastre.
Pero un desastre que no se rendía.
Saqué el celular. Abrí el chat de Catalina.
Mis dedos se movieron antes de que mi cabeza pudiera detenerlos. El dolor del rechazo era un animal vivo dentro de mi pecho, y el animal quería salir, quería respirar, quería algo que le quitara el peso de las costillas.
"Esta noche quiero salir. ¿Dónde puedo conseguir algo fuerte para beber?"
Enviar.
Los tres puntos de Catalina aparecieron al instante.
"¿PERDÓN?"
"¿Qué pasó?"
"Sol, ¿estás bien?"
Tres mensajes en cinco segundos. Un récord incluso para Catalina.
"Estoy bien. Solo quiero olvidarme de todo por una noche."
Una pausa. Larga. Los tres puntos aparecían y desaparecían como si Catalina estuviera escribiendo y borrando y reescribiendo.
"¿Sotomayor?"
Una sola palabra. Pero la correcta.
"Sí."
Otra pausa.
"Hay un bar en el centro. Se llama El Refugio. Piden credencial pero la puerta de atrás no tiene guardia. No te estoy diciendo que vayas. Te estoy diciendo que existe."
"Voy."
"Sol, NO vayas sola."
"Voy."
"POR LO MENOS DIME A QUÉ HORA."
"A las nueve."
"Te comparto mi ubicación en tiempo real. Tú compárteme la tuya. Si no me contestas los mensajes cada media hora, llamo a tu mamá."
"Hecho."
Solté el celular. Me dejé caer en la cama.
Sabía que era una mala idea. Con cada célula de mis veintisiete años de experiencia, sabía que salir a beber sola una noche de viernes en Santa Lucía era exactamente el tipo de decisión que una mujer inteligente no toma.
Pero el dolor necesitaba un lugar adonde ir. Y el vodka era mejor destino que las lágrimas.
O eso creí.
En otra vida, aprendí que las peores decisiones se toman con el corazón roto y la razón apagada. Y esta noche, mi corazón era un campo de escombros y mi razón estaba enterrada debajo.
Me levanté. Me cambié de ropa. Me puse un pantalón negro, una blusa que me quedaba bien y los zapatos que usaba cuando quería sentirme mayor de lo que era.
Antes de salir, miré la ventana una última vez.
La cortina seguía cerrada.
Buenas noches, primer lugar.
Mañana me voy a arrepentir de esto.
Pero esta noche, solo esta noche, necesito no pensar en ti.
Bajé las escaleras. Le dije a mi mamá que iba a casa de Catalina a estudiar. Mi mamá me creyó porque las madres creen lo que necesitan creer.
Salí a la noche de Santa Lucía con el corazón roto y la ubicación compartida.
Sin saber que alguien más también tenía acceso a esa ubicación.
Y que esa persona, con la cortina cerrada y la luz apagada, no estaba durmiendo.