Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.
Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.
Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.
Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.
Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.
Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.
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Bab 14
Capítulo 14
—¡Deténganse! ¿¡Qué están haciendo!? —La voz del hombre retumbó desde la entrada de la tienda.
Todos voltearon de inmediato. Un auto negro frenó de golpe al borde de la calle y un hombre alto, con el rostro lleno de furia, bajó a toda prisa. Era Renato.
Detrás de él, una mujer bonita también descendió con expresión de sorpresa al ver el alboroto. En cuanto vio a Sergio llorando en brazos de Aldo, el rostro de Renato se ensombreció por completo.
—¡Suéltalo! —Sin esperar respuesta, Renato corrió hacia Aldo.
¡Pum!
—¡Agh! —Un empujón certero hizo que Aldo perdiera el equilibrio y cayera al suelo.
Renato le arrebató a Sergio de los brazos con cuidado.
—Papá... —El llanto de Sergio estalló en cuanto vio a Renato.
—Ya... ya estás a salvo —dijo Renato rápidamente mientras lo calmaba. Su mano acarició la pequeña espalda de Sergio con suavidad antes de entregárselo a la mujer que venía detrás.
—Rocío, por favor lleva a Sergio adentro.
Ella asintió de inmediato, asustada.
—Sí.
Rocío cargó a Sergio, que seguía llorando, y entró a la tienda.
Mientras tanto, afuera, Diana gritó furiosa al ver a su hijo en el suelo.
—¡Cómo te atreves a empujar a mi hijo!
Renato se irguió con la respiración agitada. Su mirada era fría, cargada de rabia.
—Si vuelve a tocar a un niño, no será solo un empujón lo que le dé.
—¡Golpéenlo! —ordenó Diana a los dos matones que había traído. Sin más, ambos se lanzaron contra Renato. Pero, a diferencia de lo que esperaban, Renato no era un rival fácil. En sus años de preparatoria, era conocido por meterse en peleas para proteger a Santiago y a Sara.
Un golpe certero aterrizó en el rostro de uno de los matones y lo hizo tambalearse. El otro intentó atacar por el costado, pero Renato lo esquivó y le asestó un puñetazo en el estómago.
—¡Agh! —Sin embargo, uno de los golpes alcanzó a rozar la mejilla de Renato. La comisura de su labio sangró ligeramente.
—¡Renato! —gritó Sara con pánico. Pero él se mantuvo firme. Su mirada, lejos de apagarse, se volvió aún más intimidante.
—Vengan otra vez —los desafió con frialdad. Los dos matones comenzaron a dudar. Estaba claro que les ganaba en fuerza. Al ver que la situación se descontrolaba, Sara se adelantó con las manos temblorosas, levantando su teléfono.
—¡Basta todos! —gritó. Todos voltearon a verla—. ¡Ya llamé a la policía!
Esas palabras hicieron que Diana entrara en pánico por un instante. Sin embargo, la mujer intentó mantenerse firme con gesto amenazante.
—¿Te atreves a denunciar a tu propia familia?
—¡Ustedes no son mi familia! —estalló Sara con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas. Su pecho subía y bajaba conteniendo la emoción—. ¡Solo vienen a hacernos daño a mí y a mi hijo!
Diana resopló con desprecio.
—Si no me das dinero... —amenazó señalando el rostro de Sara— voy a destruir todas las cosas de tus padres que quedan en la casa vieja.
El rostro de Sara palideció de golpe.
—No... —su voz se quebró—. Por favor, no hagas eso...
Aquella casa era el único lugar lleno de recuerdos junto a sus padres. Y las cosas que guardaba eran lo último que le quedaba de ellos. Pero antes de que Diana pudiera decir algo más, Renato dio un paso al frente.
Su mirada era cortante como una navaja.
—Atrévete a tocar la herencia de Sara.
Diana volteó hacia él con fastidio. Renato continuó con voz helada:
—Y de paso los denuncio por apropiación de bienes hereditarios.
El rostro de Diana cambió al instante.
Mientras tanto, Aldo, que seguía quejándose de dolor, se acercó a su madre y le susurró con pánico:
—Ma... ya déjalo así...
—¿Qué? —susurró Diana con irritación.
—No podemos con él.
Aldo miró a Renato con temor.
—Cada vez que se mete, yo termino preso —dijo, recordando de inmediato varios incidentes del pasado—. ¿Y quién va a pagar para sacarme? —susurró Aldo de nuevo, desesperado.
Diana se quedó callada, furiosa.
Renato seguía de pie frente a Sara con la mirada afilada. Era evidente que mientras él estuviera ahí, nadie podría volver a tocar a Sara ni a Sergio.
Antes de irse, Diana todavía clavó en Sara una mirada cargada de odio.
—Esto no ha terminado —amenazó con voz cortante.
Aldo, de pie junto a su madre, esbozó una sonrisa cínica mientras se limpiaba la comisura del labio donde había recibido el golpe de Renato.
—La próxima vez sí voy a destruir tu vida —dijo con frialdad—. A ti y a tu bastardo.
—¡Cállate! —rugió Renato dando un paso hacia adelante. Aldo retrocedió de prisa, claramente aún le tenía miedo.
Diana jaló del brazo a su hijo.
—¡Vámonos!
Los dos matones también se alejaron con cara de fastidio. Poco después, el auto en el que habían llegado se perdió calle abajo, lejos de la florería.
El silencio cayó de golpe.
Solo quedaban las macetas esparcidas por el suelo y la respiración agitada de Sara, que aún no lograba calmarse del miedo. Lina y Raquel se apresuraron a recoger el desorden frente a la tienda.
Renato se quedó observando a Sara, que lucía pálida.
Lentamente, se acercó a ella.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.
Sara intentó regular su respiración antes de asentir levemente.
—Estoy bien...
Su voz sonaba débil. La mirada de Renato se llenó poco a poco de compasión. Durante años había sido testigo de cómo vivía Sara después de perder a sus padres.
Aquella mujer siempre se esforzaba por ser fuerte sola. Protegía a Sergio sola. Enfrentaba a su familia política sola. Y ver todo eso una vez más hizo que el pecho de Renato se apretara. Sin pensarlo dos veces, la atrajo hacia él y la envolvió en un abrazo.
—Ya... —murmuró quedamente—. Estoy aquí.
El cuerpo de Sara se tensó unos segundos. Pero poco a poco devolvió el abrazo, con los ojos que empezaban a arder.
Sin embargo, en ese mismo instante, un auto negro pasó despacio frente a la florería. Al volante, Santiago, que acababa de salir del hospital, vio aquella escena sin querer.
Y al instante sus manos se aferraron al volante con fuerza, los ojos enrojecidos. Su mirada se congeló al ver a Sara en los brazos de Renato.
Igual que cinco años atrás.
Santiago golpeó el volante con fuerza. La mandíbula se le endureció, el pecho le ardía por algo que durante todo ese tiempo había intentado reprimir. Un dolor que nunca se había ido de verdad. Sin darse cuenta, su pie hundió el acelerador.
El rugido repentino del motor atrajo la atención de Sara. La mujer volteó por instinto, y al ver el auto negro alejándose a toda velocidad, su rostro palideció de golpe. Se soltó del abrazo de Renato de inmediato.
—¿Sara? —Renato frunció el ceño, confundido—. ¿Qué pasa?
La mirada de Sara seguía clavada en la calle, su respiración se volvió pesada. Luego, con voz apenas audible, casi un susurro, dijo:
—Renato...
—¿Qué ocurre?
Sara tragó saliva con dificultad.
—Santiago...
Renato se quedó mudo.
—Ha vuelto.
El rostro de Renato se endureció al instante.