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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:759
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Cap 18 — La confesión

Valentina se quedó dormida en el auto.

No quería. No planeaba hacerlo. Pero Carolina había insistido en una excursión al mercado de artesanías de las afueras —«necesito regalos para todo Bogotá, Vale, no me juzgues»— y Sebastián se había ofrecido a llevarlas porque Alejandro tenía reunión con un proveedor.

Y ahora, tres horas después, con el sol de la tarde entrando tibio por la ventanilla y el motor ronroneando como un gato enorme, Valentina había cerrado los ojos «un segundo» y se había ido.

Carolina dormía en el asiento trasero. Rodeada de bolsas de papel. Con la boca abierta.

Sebastián conducía.

La carretera era recta. Las luces de los postes pasaban como rayas anaranjadas sobre el parabrisas. La radio estaba apagada.

Miró a Valentina de reojo. Tenía la cabeza recargada contra la ventanilla. El pelo le cubría media cara. Los labios ligeramente abiertos.

Parecía más joven dormida. Más suave. Sin la línea de tensión que siempre le cruzaba la frente como una cicatriz invisible.

Estiró el brazo izquierdo sin soltar el volante. Tomó su saco del asiento trasero —con cuidado de no despertar a Carolina— y lo extendió sobre Valentina.

Con una mano. Mientras conducía. Mientras el semáforo estaba en rojo.

Le acomodó la solapa sobre el hombro. Sus dedos le rozaron el cuello. Un segundo.

Retiró la mano.

Valentina no se movió. No abrió los ojos. Pero algo cambió en su cara. La línea de la frente se suavizó. Como si, incluso dormida, su cuerpo reconociera la presencia de algo seguro.

Sebastián volvió a poner las dos manos en el volante. Posición de las diez y las dos.

El semáforo cambió a verde.

Condujo en silencio durante veinte minutos más. De vez en cuando la miraba. De vez en cuando no. La carretera no requería mucha atención. Valentina Solano sí.

Valentina se despertó cuando el auto se detuvo frente a la casa de Doña Carmen.

Lo primero que vio fue el techo del auto. Lo segundo, el saco sobre su cuerpo. Lo tercero, el aroma.

El saco olía a él. A colonia cara y a tela planchada y a algo debajo de todo eso que era solo Sebastián y que no tenía nombre.

Se quitó el saco de encima como si quemara.

—Ya llegamos —dijo Sebastián, sin mirarla.

—Sí. Gracias. Perdón por dormirme.

—No tiene que disculparse.

Siempre decía eso. No tiene que disculparse. Como si las disculpas de Valentina fueran innecesarias por definición.

Carolina se despertó en el asiento trasero con un sobresalto.

—¿Ya? ¿Dónde? ¿Qué hora es?

—Las ocho —dijo Valentina.

—Perfecto. Tenemos la cena con Alejandro a las nueve. —Carolina bostezó—. ¿Vienes, abogado?

—No puedo —dijo Sebastián—. Tengo trabajo.

—Siempre tiene trabajo —murmuró Carolina, mirando a Valentina con una ceja levantada—. ¿Este hombre descansa alguna vez?

—No —dijo Valentina—. Es físicamente incapaz.

Sebastián no respondió. Pero Valentina vio la comisura. Ese milímetro de más que era su versión de una carcajada.

Bajaron del auto. Valentina le devolvió el saco.

Sus dedos se tocaron al hacer el intercambio. Medio segundo. Nada. Todo.

—Gracias —dijo—. Por el saco. Y por el viaje.

—Buenas noches, Valentina.

Era la primera vez que le decía buenas noches usando su nombre de pila. No «Señora Solano». No «Señora». Valentina.

Se fue a bañar con el nombre en la cabeza como una canción que no se puede dejar de tararear.

La cena fue en un restaurante al aire libre. Luces de papel. Música de fondo. Carolina pidió margaritas para todos y contó historias de Bogotá que hicieron que Valentina se olvidara por un rato de todo lo que pesaba.

Alejandro estaba sentado a su lado. Callado. Atento. Le pasaba las tortillas sin que se las pidiera. Le rellenaba el vaso de agua cuando se vaciaba.

Era amable. Valentina lo sabía desde la universidad. Alejandro siempre había sido el tipo de hombre que abre puertas y cede el paso y recuerda los cumpleaños. El tipo de hombre que su madre habría aprobado sin reservas.

A las once, Carolina se fue adentro a buscar el baño.

Valentina y Alejandro se quedaron solos.

La luna estaba alta. El jardín del restaurante olía a jazmín y a tierra mojada. Una fuente gorgoteaba en algún lugar que no podían ver.

—¿Puedo decirte algo? —preguntó Alejandro.

—Claro.

—Llevo mucho tiempo queriendo decírtelo. Desde la universidad. Desde antes del divorcio, antes de todo.

Valentina lo miró. Algo se le apretó en el pecho. No de emoción. De anticipación. Del tipo de anticipación que se siente cuando ves un tren acercarse y sabes que no puedes moverte de las vías.

Alejandro le tomó la mano. Sus dedos eran tibios. Suaves. Sin la presión de los de Sebastián. Sin esa tensión contenida que hacía que cada toque de Sebastián se sintiera como una decisión de vida o muerte.

—No quiero perder otra oportunidad —dijo Alejandro—. Ya perdí demasiadas por cobarde. Por callado. Por esperar el momento perfecto que nunca llegó.

Valentina no respiró.

—Me gustas, Valentina. Me has gustado siempre. Y sé que no es el mejor momento. Sé que estás pasando por cosas difíciles. Pero si espero a que todo esté bien para decírtelo, voy a pasar el resto de mi vida esperando.

Le apretó la mano.

Y Valentina, por instinto, sin pensarlo, sin elegirlo, giró la cabeza.

No hacia Alejandro.

Hacia el estacionamiento.

Donde un auto negro estaba estacionado bajo un poste de luz. Y adentro, recargado contra la puerta, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la nada, estaba Sebastián Montero.

No había entrado al restaurante. No se había ido. Estaba ahí. Esperando. Como si no tuviera otro lugar en el mundo donde estar a las once de la noche un jueves.

Valentina soltó la mano de Alejandro.

—Alejandro...

—No tienes que responder ahora. —Él sonrió. Una sonrisa que era triste y valiente al mismo tiempo—. Solo quería que lo supieras.

Carolina volvió del baño. Miró a Alejandro. Miró a Valentina. Miró las manos separadas.

—¿Me perdí algo?

—No —dijo Valentina.

—Mentirosa —dijo Carolina, pero no insistió.

Pidieron la cuenta. Salieron.

En el estacionamiento, el auto negro ya no estaba.

Pero Valentina lo había visto. Y Sebastián la había visto a ella.

Y en ese segundo —ese segundo en que sus ojos se encontraron a treinta metros de distancia, a través de un parabrisas y una hilera de macetas y toda la distancia que habían construido con silencios y correos fríos y puertas que se cierran sin portazo—, Valentina supo lo que Alejandro ya sabía.

Que su respuesta no era para él.

En la cama, con las luces apagadas, Valentina se llevó las manos a la cara.

El saco de Sebastián estaba colgado en la silla. Se lo había olvidado. O se lo había dejado. Con Sebastián nunca se sabía.

Se levantó. Tomó el saco. Se lo llevó a la cama.

Hundió la cara en la tela.

Olía a él.

Se acostó de lado. Apretó el saco contra el pecho.

Es solo un saco, se dijo. Es tela y botones y un forro que huele a colonia cara.

Pero no era solo un saco. Era la forma en que se lo había puesto encima mientras ella dormía. Era la mano que le había rozado el cuello. Era el hombre que la había esperado en un estacionamiento a las once de la noche sin razón profesional alguna.

Se durmió así. Con la cara enterrada en un saco que no era suyo. Abrazando la tela como una idiota. Como una adolescente. Como una mujer que sabe exactamente lo que siente y le tiene más miedo a eso que a cualquier monstruo en un sótano de película.

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Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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