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Capítulo 22
Capítulo 22: El Séptimo Día
Día 7.
Algo cambió y no supe en qué momento.
Al principio, Renato corría adelante y yo atrás. Él bajaba su ritmo al mío, pero siempre había una distancia entre los dos. Tres metros. Cinco. A veces diez cuando yo me detenía a recuperar el aliento y él seguía unos pasos antes de darse cuenta.
Pero para el día siete, la distancia se había encogido.
Ya no eran cinco metros. Eran dos. Uno. A veces nuestros codos casi se rozaban.
Y no era solo porque yo hubiera mejorado — que sí, un poco, a duras penas. Era porque él ajustaba su paso al mío sin que yo se lo pidiera. Como un reloj que se sincroniza con otro.
Corríamos en silencio la mayor parte del tiempo. A esas horas de la mañana no había nadie en la pista. Solo nosotros, el sonido de nuestras pisadas en el tartán, y el cielo que iba aclarándose como una foto que se revela lento.
A veces él decía:
—Postura.
Y yo enderezaba la espalda.
O:
—Respira.
Y yo me daba cuenta de que estaba conteniendo el aire.
O:
—Bien.
Una sola palabra. Sin énfasis. Sin emoción aparente. Pero me empujaba a seguir más que cualquier discurso motivacional.
Ese día completé los mil seiscientos metros por primera vez sin parar.
Bueno. "Sin parar" es relativo. No me detuve por completo. Caminé unos veinte metros en la recta final, pero no me tiré al piso, no me desmayé, no vomité.
Era un progreso monumental.
Cuando crucé la marca de la botella de agua, levanté los brazos como si hubiera ganado un maratón.
—¡Los hice! —grité jadeando—. ¡Mil seiscientos! ¡Completos! ¡Sin morirme!
Renato estaba parado junto a la botella. Tenía el cronómetro en la mano.
—Nueve cuarenta y dos —dijo—.
—¿Es bueno?
—Para pasar necesitas estar debajo de diez minutos.
Me quedé helada.
—¿Pasé?
—Pasaste.
—¡¿PASÉ?! —Lo agarré de los hombros—. ¡Renato! ¡PASÉ!
Él se quedó muy quieto. Mis manos en sus hombros. Su cara a treinta centímetros de la mía. Podía ver cada una de sus pestañas, que eran injustamente largas para un hombre.
Las orejas. Rojas. Encendidas.
Lo solté como si quemara.
—Perdón —dije rápido—. Perdón, me emocioné.
Renato no dijo nada. Se pasó la mano por la nuca. Miró hacia otro lado.
—Sigue siendo un tiempo ajustado —dijo al fin, con la voz un poco más baja de lo normal—. Hay que bajar de nueve treinta para tener margen.
—Sí. Sí, claro. Margen. Tienes razón.
Nos quedamos en un silencio raro. De esos silencios que pesan. Que tienen forma.
—Mañana a la misma hora —dijo él—.
—Sí —dije yo—.
Se fue.
Me quedé en la pista, con las manos todavía tibias del calor de sus hombros, pensando que estaba bien jodida.
Día 9.
Estaba oscuro todavía cuando llegué a la pista.
Renato ya estaba ahí, como siempre. Pero esa mañana noté algo diferente. Tenía dos botellas de agua en vez de una.
No dijo nada al respecto.
No hacía falta.
Corrimos. Para ese punto yo ya tenía una rutina de calentamiento que Renato me había enseñado: estiramientos dinámicos, movilidad de tobillos, activación de cadera. Palabras que dos semanas atrás me habrían sonado a idioma alienígena y que ahora hacía en automático.
A los mil doscientos metros empecé a morir.
—Respira —dijo Renato a mi lado—.
—Estoy... respirando...
—Estás jadeando. No es lo mismo.
—Es lo... mismo... para mis pulmones...
—Nariz. Tres tiempos.
Inhalé. Uno, dos, tres. Solté. Uno, dos, tres, cuatro.
Renato contaba conmigo. En voz baja. A mi ritmo. Su voz era lo único que me mantenía avanzando cuando mis piernas decían que no, cuando mi cuerpo pedía parar, cuando cada célula de mi ser gritaba «PARA, IDIOTA, ¿A DÓNDE VAS?».
Crucé los mil seiscientos.
Nueve dieciocho.
Nuevo récord personal.
Me doblé con las manos en las rodillas, respirando como locomotora. Renato me pasó la segunda botella de agua. La abrí con manos temblorosas y bebí.
—¿Por qué haces esto? —le pregunté entre tragos de agua—.
—¿Qué cosa?
—Esto. Levantarte a las cinco. Entrenarme. Traerme agua.
Renato recogió su botella del piso.
—Me pediste ayuda —dijo, como si fuera la explicación más obvia del universo—.
«Me pediste ayuda.»
Así de simple. Le pedí ayuda y él dijo que sí. Sin condiciones. Sin quejas. Sin esperar nada.
¿Alguien le había pedido ayuda antes? ¿Alguien le había dado la oportunidad de decir que sí?
En mi vida pasada, no. En mi vida pasada, Renato Solís estaba solo. Yo me aseguré de eso.
Apreté la botella de agua hasta que el plástico crujió.
—Gracias —dije—. En serio. Gracias, Renato.
Él no respondió. Pero asintió una vez, breve, y desvió la mirada hacia el cielo que ya empezaba a teñirse de naranja.
Y ahí nos quedamos un rato. En silencio. Mirando el amanecer.
No estaba tan mal madrugar.
Día del examen.
Hacía un calor de mierda.
De todos los días posibles, el universo eligió el más caliente y húmedo del semestre para la prueba de resistencia. El aire se sentía espeso, como respirar a través de una toalla mojada.
La pista estaba llena de estudiantes en ropa deportiva, la mayoría con cara de querer estar en cualquier otro lugar del planeta. Las profesoras de educación física circulaban con tablas de registro y cronómetros.
Cami apareció a mi lado sin el esguince falso.
—Mi primo me cobró demasiado —explicó encogiéndose de hombros—. Así que aquí estamos. Sufriendo gratis.
Me até las agujetas. Me ajusté la coleta. El elástico morado, el de siempre.
Busqué a Renato con la mirada.
No estaba en la pista. La prueba de su grupo era a otra hora. No tenía razón para estar ahí.
Sentí algo caer un poco en mi pecho. Algo estúpido. Algo que no debería importar.
«Es un examen físico, Val. No un recital de piano. No necesitas público.»
Pero no era público lo que quería. Era...
—¡Primer grupo! ¡A la línea de salida! —gritó la profesora—.
Me ubiqué en la línea. Respiré. Nariz, tres tiempos. Boca, cuatro tiempos. Como me enseñó.
El silbato sonó.
Empecé a correr.
Los primeros cuatrocientos metros fueron bien. Tenía ritmo, tenía aire, mis piernas recordaban los diez días de entrenamiento. "Postura", escuché en mi cabeza con la voz de Renato. Enderecé la espalda.
A los ochocientos metros, el calor empezó a pegar. El sudor me bajaba por la frente, por el cuello, me empapaba la camiseta. A mi alrededor, varias compañeras ya caminaban.
«No pares.»
A los mil metros, mis piernas empezaron a pesar.
«Respira.»
A los mil doscientos, quise morir.
«Uno, dos, tres. Suelta. Uno, dos, tres, cuatro.»
Su voz en mi cabeza. Su voz baja y constante, contando los tiempos a mi lado, acompasando mi respiración a algo que no era pánico.
A los mil cuatrocientos, vi la recta final.
Y al fondo de la recta, parado junto a la línea de meta como si fuera la cosa más natural del mundo, estaba Renato.
Con una botella de agua en la mano.
Algo explotó en mi pecho.
No sé si fue adrenalina, emoción, o la combustión espontánea de mi último pulmón funcional, pero corrí los últimos doscientos metros más rápido que todos los anteriores.
Crucé la línea.
Me doblé frente a él con las manos en las rodillas, jadeando como animal agonizante. Las gotas de sudor caían de mi frente al tartán como lluvia.
—Tiempo —le dije entre jadeos—.
—No tengo cronómetro.
—Mentiroso... —levanté la vista—. Te vi... con el teléfono...
Renato guardó el teléfono en el bolsillo.
—Nueve veintitrés —dijo—.
Me reí. Una risa ronca, sin aire, medio ahogada. Pero me reí.
—Pasé.
—Pasaste.
Me incorporé despacio. Todo el cuerpo me temblaba. Las piernas, los brazos, hasta las pestañas me temblaban. Renato me extendió la botella de agua y la tomé.
Bebí casi la mitad de un trago.
Cuando bajé la botella, lo vi.
Esa cosa en su cara. Esa sombra de expresión que no era una sonrisa pero que hacía algo parecido con las comisuras de sus labios. Esa curvatura mínima, fantasmal, casi inexistente.
—¿De qué te ríes? —le dije, todavía jadeando—.
—No me estoy riendo.
—Sí te estás riendo. Te conozco la cara, Renato Solís. Te estás riendo.
—Estás delirando por el esfuerzo —dijo—.
Pero las orejas.
Las orejas de Renato estaban rojas.
Rojo encendido. Rojo semáforo. Rojo que no se puede ocultar ni con todo el estoicismo del mundo.
Le di un empujón suave en el hombro. Él no se movió. Obvio que no se movió, el tipo era un muro de músculos de tenista y yo tenía la fuerza de un fideo sobrecocido.
—Gracias —le dije—. Por entrenarme. Por levantarte a las cinco. Por... todo.
Renato asintió. Corto. Seco.
—Toma más agua —dijo, y se dio la vuelta para irse—.
Lo vi caminar unos pasos.
Y entonces me di cuenta.
Mi mano subió a mi coleta por reflejo, como hacía siempre después de correr. Mis dedos buscaron el elástico.
No estaba.
Me toqué el pelo. Suelto. El elástico morado se había caído en algún momento durante la carrera.
Mierda.
Era mi elástico favorito. La única que no me tiraba del pelo. La tenía desde hacía meses y ya estaba perfectamente estirada a la medida de mi coleta.
Volteé hacia la pista. Mil seiscientos metros de tartán rojo. Podía estar en cualquier parte.
Suspiré.
Iba a resignarme cuando algo llamó mi atención.
Renato se había detenido unos metros adelante. Estaba de espaldas a mí. Y su mano derecha se movió.
Un gesto rápido. Casi invisible. Sacó algo del bolsillo de su pantalón y lo miró un segundo antes de volver a guardarlo.
Algo morado.
Algo pequeño y morado que cabía en la palma de su mano.
Mi elástico.
Renato tenía mi elástico para el cabello.
La había recogido. En algún momento — durante la carrera, o después, o en los entrenamientos, no sé cuándo — la vio caer y la recogió. Y se la guardó en el bolsillo.
No me la devolvió.
Se la quedó.
El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a dar el infarto que llevaba diez días pronosticando. Pero no era por el ejercicio. No era por los mil seiscientos metros ni por el calor ni por el esfuerzo.
Era por un chico que caminaba de espaldas a mí con mi elástico para el cabello en el bolsillo y las orejas rojas.
—Val —Cami apareció a mi lado de la nada, sudada y con cara de trauma—. Necesito que me confirmes que sobreviví.
—Sobreviviste.
—Genial. ¿Por qué estás sonriendo como idiota?
—No estoy sonriendo.
—Estás sonriendo. Pareces loca. ¿Qué pasó?
—Nada —dije, y no pude borrar la sonrisa aunque quise—. Pasé la prueba. Es todo.
Cami entrecerró los ojos.
—Mentirosa.
Sí. Mentirosa.
Pero algunas cosas no se pueden explicar. Algunas cosas solo se guardan, como un elástico para el cabello en un bolsillo, pequeñas y moradas y significando todo.
Esa noche, acostada en mi cama, le mandé un mensaje a Renato.
Val:
Oye
No encuentro mi elástico para el cabello
La morada
¿No la habrás visto?
Los puntos de "escribiendo" aparecieron.
Desaparecieron.
Aparecieron de nuevo.
Desaparecieron.
Un minuto entero.
Después:
Renato:
No.
Un "No" a secas. Sin punto. Sin emoji. Sin nada.
Sonreí tanto que me dolió la cara.
«Mentiroso.»
Me di la vuelta en la cama y abracé la almohada. Afuera, Ciudad Lirial brillaba con sus luces de siempre. En algún departamento de esta ciudad, Renato Solís estaba mirando un elástico para el cabello morada y probablemente tenía las orejas rojas.
Y yo, Valentina Montiel, segunda oportunidad, segunda vida, estaba completamente, irremediablemente, estúpidamente jodida.
Pero sonreí de todas formas.