Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.
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Capítulo 8
Cap 8 — "¡Tú no eres mi mamá! ¡Te lo demostraré!"
Valentina entró a la cocina como un huracán.
Isabel estaba sentada en la barra desayunando con Emiliano. Él le estaba pelando una mandarina con una concentración absurda, como si fuera la tarea más importante del mundo.
—¿Cómo le dices "mi Emi" a MI papá? —soltó Valentina desde la puerta.
Isabel levantó la vista. Valentina estaba parada con los brazos cruzados, la cara roja, los ojos echando chispas.
—Buenos días, Luna —dijo Isabel con calma.
—¡No me llames Luna! Solo mi familia me llama Luna. ¡Y tú no eres mi familia!
Emiliano dejó la mandarina en el plato.
—Valentina, baja la voz.
—¡No! ¿Desde cuándo dejas que una desconocida te llame "mi Emi"? ¡Eso te decía mamá! ¿Y ahora cualquiera puede llamarte así?
—Valentina...
—¿Sabes lo que pensaría mamá si viera que otra mujer le dice "mi Emi" a su esposo en su propia cocina? ¿Eh? ¡Se moriría!
El silencio que cayó en la cocina fue pesado. Valentina se dio cuenta de lo que acababa de decir y cerró la boca. Isabel no dijo nada. Emiliano tampoco.
—Me voy —dijo Valentina, y giró hacia la puerta.
—Espera —dijo Isabel—. ¿Quieres saber por qué le digo "mi Emi"?
Valentina se detuvo. No volteó.
—No me interesa.
—Tu papá y yo nos conocimos en la Preparatoria San Andrés. Teníamos dieciséis años.
—No me importa.
—Él se sentaba tres filas atrás de mí en la clase de biología. Y cada vez que la maestra me preguntaba algo, él respondía primero para impresionarme.
Valentina no se movió. Pero tampoco se fue.
—El problema era que siempre respondía mal —continuó Isabel—. Una vez la maestra preguntó cuántos huesos tiene el cuerpo humano y él dijo trescientos. Trescientos. La maestra lo miró como si estuviera loco y toda la clase se rio.
Emiliano se hundió un poco en su silla.
—Isa, eso no es necesario...
—Después de clase me alcanzó en el pasillo y me dijo: "Sé que son doscientos seis, lo dije mal a propósito para que te rieras." Y yo le dije: "No me reí." Y él dijo: "Ya lo sé. Por eso estoy aquí. Porque quiero hacer algo que sí te haga reír."
Valentina seguía de espaldas, pero había ladeado un poco la cabeza.
—¿Y qué hizo? —preguntó, antes de poder contenerse.
—Me siguió a la casa en bicicleta. Veinte cuadras. Bajo el sol. Cuando llegó estaba empapado de sudor y rojo como un tomate. Se paró frente a mi puerta y me dijo: "Isabel Montero, algún día te vas a casar conmigo." Y yo le cerré la puerta en la cara.
Los labios de Valentina se movieron. No fue una sonrisa completa. Fue un tic. Pero Isabel lo vio.
—Al día siguiente apareció otra vez. Y al otro. Y al otro. Una semana entera, todos los días, en bicicleta, sudando, con la misma frase. Mi mamá lo empezó a llamar "el muchacho del sol" porque siempre llegaba quemado.
—¿Y tú qué hacías? —Valentina se había dado la vuelta sin darse cuenta. Tenía los brazos cruzados todavía, pero ya no apretaba los puños.
—Le cerraba la puerta. Todos los días. Mi mamá me decía: "Ese muchacho se va a morir de insolación y tú vas a tener la culpa." Y yo le decía: "Pues que deje de venir." Pero no dejaba de venir.
—¿Y cuánto tiempo duró eso?
—Una semana entera. Siete días seguidos. Hasta que un día no llegó. Y me quedé esperando detrás de la puerta como una tonta. Una hora. Dos horas. Nada. Resulta que se había enfermado de insolación por andar de necio.
Emiliano se cruzó de brazos.
—Fue un golpe de calor leve. Nada grave.
—Te internaron tres días, Emi.
—Dos.
—Tres. Tu mamá me llamó para regañarme. Me dijo que su hijo estaba en el hospital por mi culpa. Y tenía razón.
Valentina estaba mirándolos a los dos. Sus ojos iban de uno al otro, como en un partido de tenis.
—¿Y después? —preguntó. Ya no estaba gritando. Ya no estaba furiosa. Estaba escuchando.
—Después fui al hospital a verlo. Me senté en la orilla de su cama y le dije: "Emiliano Salazar, eres el ser humano más terco que he conocido en mi vida. Si me invitas a salir una vez más, digo que sí. Pero deja de seguirme en bicicleta porque te vas a matar."
—¿Y te invitó?
—Me invitó a comer mariscos. Para impresionarme. Sabiendo que es alérgico.
—¿En serio? —Valentina miró a su padre—. ¿Eres alérgico a los mariscos?
—Ligeramente —dijo Emiliano.
—Se pidió un plato de camarones al mojo de ajo. Se comió tres. Al cuarto ya estaba rojo. Al quinto no podía respirar bien. Y al sexto se le hinchó la cara como un globo y vomitó en el restaurante. Enfrente del mesero, de la pareja de la mesa de al lado, y de una señora que gritó como si hubiera visto un fantasma.
—No fue tan dramático —dijo Emiliano.
—Te sacaron en silla de ruedas, Emi. El gerente nos prohibió volver.
—Eso sí fue exagerado.
—Me tocó llevarlo a urgencias. Segunda vez en el hospital en una semana. Por mí.
Valentina soltó una risa. Corta, rápida, involuntaria. Se tapó la boca con la mano como si hubiera hecho algo prohibido.
—No es gracioso —dijo Emiliano.
—Es bastante gracioso —dijo Isabel.
—No te estoy dando la razón —dijo Valentina rápidamente, apuntando a Isabel con el dedo—. Me reí del ridículo de papá, no de ti. No te confundas.
—Claro que no.
—Y sigo sin creerte. Cualquiera puede inventar historias.
—Tienes razón. ¿Quieres que te cuente cómo me pidió matrimonio?
—No.
—Se le cayó el anillo tres veces. Tres. La primera se le resbaló de las manos porque estaba sudando. Se agachó debajo de la mesa a buscarlo y se golpeó la cabeza contra la pata. La segunda se le cayó en la sopa. Tuvo que meter la mano en la sopa caliente y sacarlo con los dedos escurriendo caldo. El mesero vino a preguntar si necesitaba ayuda y él dijo: "No, todo bajo control." Con la mano llena de sopa. Y la tercera...
—Me lo puso en el dedo equivocado —completó Emiliano, rindiéndose—. Le puse el anillo en el dedo medio. Y ella dijo...
—Le dije: "¿Me estás proponiendo matrimonio o me estás haciendo una grosería?"
Esta vez Valentina no se tapó la boca. La risa le salió entera, clara, de adolescente. Duró tres segundos. Luego se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se puso seria de golpe.
—¡Esto no cambia nada! —dijo, levantando la barbilla y cruzándose de brazos otra vez, como si necesitara la armadura—. Saber historias no te convierte en mi mamá. Cualquiera puede contar historias. Alguien te pudo haber contado todo esto.
—¿Quién?
—¡No sé! ¡Alguien!
—Luna, nadie en el mundo sabe la historia del anillo en el dedo medio. Tu padre y yo nunca se la contamos a nadie. Nos daba demasiada vergüenza.
Valentina apretó los labios. Se cruzó de brazos.
—Voy a investigar —dijo—. Voy a investigar todo. Voy a encontrar la prueba de que no eres quien dices ser. Y cuando la encuentre, te vas de esta casa.
—Está bien —dijo Isabel—. Investiga todo lo que quieras. No tengo nada que esconder.
Valentina la miró un momento más. Luego se fue de la cocina sin dar un portazo. Esta vez cerró la puerta despacio, como si tuviera demasiadas cosas en la cabeza para desperdiciar energía en un golpe.
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Emiliano esperó hasta que los pasos de Valentina desaparecieron escaleras arriba. Luego miró a Isabel.
—¿Tenías que contar lo del anillo?
—Sí.
—¿Y lo del restaurante?
—También.
—¿Y lo de la bicicleta?
—Especialmente lo de la bicicleta. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque tu hija nunca ha escuchado una historia de amor. No de sus padres. Creció pensando que su mamá murió y que su papá es un bloque de hielo. Necesitaba saber que alguna vez fuimos dos jóvenes idiotas enamorados. Eso la acerca más que cualquier prueba de ADN.
Emiliano la miró. Después de un momento largo, asintió.
—Se rio —dijo en voz baja.
—Se rio.
—Hace mucho que no la escuchaba reírse.
Emiliano miró hacia la puerta por donde Valentina había salido.
—¿Crees que nos odia?
—No nos odia. Tiene miedo. Son cosas diferentes.
—¿Miedo de qué?
—De que sea verdad. Porque si soy su madre, entonces todo lo que creyó durante quince años es mentira. Y eso asusta más que cualquier impostora.
Emiliano no respondió. Se quedó pensando en eso.
Isabel le agarró la mano por encima de la mesa.
—Va a reírse más. Te lo prometo. Solo necesita tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—El que necesite. No la vamos a apurar.
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Arriba, en su cuarto, Valentina estaba sentada en el piso con la espalda contra la puerta.
Tenía el teléfono en la mano. Estaba buscando en Google: "Preparatoria San Andrés, Ciudad Brisa, generación hace 27 años."
No encontró nada. Pero siguió buscando.
Abrió Instagram. Buscó la cuenta de su padre. La foto más antigua era de hacía diez años: una imagen del logo del Grupo Salazar. Nada personal. Nada de antes. Ni una sola foto con su esposa. Ni una sola foto con sus hijos.
Típico de papá. El hombre más privado del mundo.
Buscó "Preparatoria San Andrés Ciudad Brisa" en Facebook. Encontró una página vieja con fotos de eventos. Revisó tres álbumes. Nada de hace veintisiete años. Todo demasiado reciente.
Cerró todo y abrió la galería de fotos de su teléfono. Buscó la carpeta que tenía guardada desde los catorce años. La que nunca le enseñaba a nadie.
Fotos de su mamá.
Las había escaneado de los álbumes de la Casona cuando nadie la veía. Las guardaba en una carpeta sin nombre, protegida con contraseña.
Abrió una. Su mamá cargando a dos bebés, uno en cada brazo. Sonriendo.
Valentina amplió la foto y se quedó mirando la cara.
Era la misma cara que la mujer de la cocina. Los mismos ojos, la misma nariz, la misma sonrisa. Exactamente la misma.
—No puede ser —murmuró—. No puede ser.
Pero la cara era la misma.
Y la historia del anillo en el dedo medio... su padre se había puesto rojo cuando la mujer la contó. Rojo de verdad. Eso no se finge.
Valentina cerró la foto y apretó el teléfono contra el pecho.
No puede ser. Pero... ¿y si sí?
Si no es ella, ¿cómo sabe lo del anillo? Papá nunca cuenta esas historias. Nunca. Ni borracho.
Y la cara. La cara es la misma.
Se quedó sentada en el piso un rato largo, sin moverse. Con el teléfono apretado contra el pecho y la cabeza llena de preguntas que no quería hacerse.
Sin saberlo, era exactamente lo mismo que había hecho Santiago tres días antes.