Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 2
Capítulo 2. No es que no puedas
El consultorio del doctor Fabián Cortés ocupaba el último piso de una torre de cristal en Polanco, con una vista que la mayoría de sus pacientes pagaba justamente para no tener que mirar: preferían cerrar los ojos y que él les resolviera la vida.
Max no cerró los ojos. Se sentó frente al escritorio, con la mandíbula tan tensa como si estuviera en una junta hostil, y fue directo al grano, porque ir directo al grano era la única manera que conocía de decir cosas que le costaban.
—Soñé con una mujer. Dos veces esta semana. Y mi cuerpo… reaccionó.
Fabián, que llevaba veinte años siendo su médico y quince siendo de los poquísimos que podía llamarlo por su nombre, levantó la vista del café.
—¿Reaccionó cómo? —Todavía no era una pregunta médica; era un amigo asegurándose de haber oído bien.
—Como debería reaccionar el cuerpo de cualquier hombre. —Max apretó los dedos sobre la rodilla—. Solo que el mío nunca lo había hecho.
Hubo un silencio. Fabián dejó el café. Por un segundo pareció a punto de reírse, de soltar alguna de sus bromas de siempre, pero algo en la cara de Max lo detuvo. En vez de eso jaló el teclado, abrió el expediente —ese expediente sin nombre real, blindado bajo tres candados— y empezó a repasar años de estudios que se sabía casi de memoria.
—Sangre, normal. Hormonas, en rango. Reflejos, perfectos. Nada orgánico, nada neurológico, nada vascular. —Fue leyendo en voz baja, moviendo la cabeza—. Siempre lo supe, Max. Siempre te lo dije y nunca me quisiste oír.
—Dímelo otra vez.
Fabián giró la silla y lo miró de frente.
—No eres impotente. Nunca lo fuiste. —Lo dijo despacio, marcando cada palabra, como si quisiera que se le quedaran grabadas de una vez por todas—. Tu cuerpo está perfecto. El problema nunca estuvo aquí abajo. —Se tocó la sien—. Estuvo aquí. Eres, para ponerlo bonito, demasiado exigente. Tu cuerpo no reaccionaba porque no había encontrado a la persona indicada. Punto. No es que no puedas, Max. Es que tú solo puedes con una.
Max se quedó muy quieto.
Treinta y cinco años de vergüenza, de duchas heladas, de mirar mujeres como quien mira cuadros, y todo eso se acababa de dar la vuelta como un guante. No estaba roto. Nunca había estado roto. Simplemente su cuerpo había pasado la vida entera esperando a alguien.
Y ese alguien cosía junto a una ventana en la Roma.
—Ahora bien —Fabián se recargó en el respaldo, y aquí sí volvió a asomar el amigo, con un dejo de advertencia—: si es ella, si de verdad tu cuerpo la eligió a ella y solo a ella… entonces te lo digo como médico y como el imbécil que te conoce desde la prepa. No la sueltes. Porque si la dejas ir, es muy probable que ese motor que se acaba de encender se te vuelva a apagar. Y esta vez ya vas a saber lo que perdiste.
—¿Y quién es? —preguntó Fabián, ya de plano curioso—. ¿La conozco? ¿De qué familia es?
Max tardó en contestar. Cuando lo hizo, fue casi con vergüenza.
—No sé cómo se llama.
Fabián parpadeó.
—A ver, déjame ver si entendí. El hombre que mueve más dinero que tres bancos juntos, el que consigue lo que quiera con una llamada… ¿no sabe el nombre de la única mujer que le hace efecto?
—La vi una vez. A través de un vidrio. —Max se abotonó el saco—. Cosía junto a una ventana, en la Roma. Había una gardenia en la mesa.
—Órale. —Fabián soltó una risa corta, incrédula, y luego negó con la cabeza—. Pues búscala, Max. Con calma, sin asustarla, pero búscala. Porque acabas de despertar a los treinta y cinco años, y créeme que no te vas a querer volver a dormir.
Max no sonrió. Se levantó con una calma que no sentía por dentro, y por primera vez en su vida salió de ese consultorio con una misión en lugar de una condena.
Tenía que encontrarla.
—
A treinta minutos y a un mundo entero de distancia, Lucía Reyes empujó la puerta de una casa que nunca había sentido suya.
Venía cansada. Había pasado el día entera inclinada sobre un vestido de novia en el Atelier Duarte, fijando pedrería cuenta por cuenta hasta que se le nublaba la vista, y lo único que quería era llegar a su cuarto, quitarse los zapatos y no oír a nadie. La colonia olía a cena, a tortilla recalentada, a la tele encendida a todo volumen en la sala donde su papá, don Salvador, roncaba frente a un partido.
—¡Lucía! Mija, qué bueno que llegas.
Lucía se detuvo en seco.
Esa voz era de Brenda. Y Brenda, su cuñada, jamás en la vida la había recibido con un "mija". Brenda la recibía con un reclamo, con una cuenta que pagar, con una cara de fuchi cuando la veía llegar con las manos llenas de hilos. Pero hoy salía de la cocina secándose las manos en el delantal, sonriendo de oreja a oreja, y —Dios santo— le estaba sirviendo un plato.
—Siéntate, siéntate, te guardé de la que hice. Ándale, que trabajas mucho, pobrecita.
Lucía se sentó, más por desconfianza que por hambre. Su mamá, doña Rosa, rondaba por ahí fingiendo acomodar cosas que no estaban desacomodadas. Las dos mujeres se cruzaron una mirada rapidísima, de esas que Lucía llevaba veinticinco años aprendiendo a leer, y el estómago se le cerró.
—Oye —Brenda se sentó frente a ella, apoyó la barbilla en la mano, toda dulzura—, ¿tú ya no estás muy chica, verdad? Digo, ya estás en edad. Una no se puede quedar cosiendo trapos toda la vida.
Ahí estaba. El anzuelo.
—Fíjate que conozco a alguien —siguió Brenda, bajando la voz como quien comparte un tesoro—. Un señor bien acomodado, con su casa, con su carro. Muy buen partido, Lucía. De esos que ya no se encuentran. Le hablé de ti y se quedó picado. Nomás es cosa de que se conozcan.
Lucía tomó la cuchara. La apretó. No dijo nada todavía, porque decir algo delante de doña Rosa era buscarse un pleito de tres horas, pero por dentro las piezas ya encajaban solas. Brenda no daba nada gratis. Si Brenda le servía de cenar y le decía "pobrecita", era porque detrás de ese señor "muy buen partido" había dinero de por medio. Siempre lo había. En esa casa todo lo que tenía que ver con ella terminaba, tarde o temprano, siendo una cuestión de dinero.
Se acordó, sin querer, del enganche de esa misma casa. De las noches en que había cosido hasta las tres de la mañana para juntarlo. Del préstamo que todavía le debía a la maestra Ofelia. Y de cómo, después de todo eso, seguía siendo "la costurera" a la que había que casar rápido con el mejor postor antes de que se le pasara el tiempo.
—Doña Rosa —dijo, buscando a su mamá con la mirada, dándole una última oportunidad—, ¿usted también está en esto?
Su mamá no le sostuvo los ojos. Se dio la vuelta hacia el fregadero como si de repente hubiera muchísimos trastes que lavar.
Eso fue toda la respuesta que Lucía necesitó.
—No, gracias —dijo, con toda la calma que pudo—. No me interesa que me anden presentando a nadie.
—¡Ay, no seas payasa! —Brenda soltó una risita, pero los ojos no le reían—. Solo es un café, Lucía. ¿Qué pierdes con conocerlo?
Y Lucía, con la cuchara en la mano y el plato humeante enfrente, sintió cómo se le enfriaban las puntas de los dedos.