En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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8. Un año después
El verano había llegado nuevamente a Canadá. Yamileth bajó del automóvil apenas Richard estacionó frente al hotel, respirando profundamente el aire fresco de Kamloops mientras una enorme sonrisa aparecía en su rostro.
- “Extrañaba este lugar”, dijo Yamileth. Richard soltó una pequeña risa mientras sacaba algunas maletas.
- “Hace menos de un año vinimos”, comentó Richard.
- “Exacto. Muchísimo tiempo”, replicó Yamileth.
Richard negó divertido con la cabeza. Yamileth había cambiado bastante desde su último viaje. Ya no parecía una niña pequeña.
Había crecido varios centímetros, su cabello miel claro ahora le caía más largo y había comenzado a desarrollar esa mezcla extraña entre dulzura y elegancia que hacía imposible no notar su presencia, pero seguía siendo ella.
Seguía emocionándose demasiado por cosas simples. Seguía hablando sin respirar. Seguía sonriendo incluso cuando intentaba ocultar tristeza. Y Richard sabía perfectamente cuál era la verdadera razón por la que había insistido tanto en regresar a Kamloops, aunque ninguno de los dos lo mencionara.
- “No puedo creer que hayas vuelto”, dijo Alnair desde atrás.
Yamileth giró inmediatamente al escuchar aquella voz. Y ahí estaba él. El corazón le dio un salto tan fuerte que casi le molestó físicamente.
Llevaba ropa sencilla esa vez, una chaqueta oscura y el cabello ligeramente despeinado por el viento. Aun así seguía viéndose demasiado elegante para alguien de diecisiete años. Y seguía teniendo esos absurdos ojos ámbar.
Yamileth sonrió tan rápido que terminó sintiéndose avergonzada de sí misma.
- “¡Tú también volviste!”, dijo Yamileth.
Alnair sintió algo extraño acomodarse dentro de él al verla nuevamente. Durante meses creyó que simplemente había sido curiosidad, o fascinación pasajera, pero bastó verla correr hacia él para comprender que la había extrañado mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Yamileth se detuvo frente a él intentando parecer normal, sin lograrlo.
- “Pensé que quizá ya no volverías”, dijo ella.
- “Pensé lo mismo de ti”, comentó él.
- “Bueno, técnicamente yo vine primero”, replicó Yamileth. Alnair ladeó apenas la cabeza.
- “Eso no cambia mi argumento”, insistió él.
Ella terminó riéndose. Y él descubrió nuevamente que escucharla reír seguía provocándole una sensación absurda de tranquilidad.
Los días volvieron a unirse casi naturalmente. Como si nunca hubieran dejado de verse.
Paseaban junto al río. Iban por helado. Discutían sobre música y películas humanas que Alnair apenas comenzaba a entender. Yamileth intentaba enseñarle expresiones terrícolas. Él fallaba deliberadamente algunas veces sólo para verla reír.
Y poco a poco algo comenzó a cambiar entre ambos. Ya no era solamente amistad. Era la manera en que se buscaban con la mirada incluso estando rodeados de otras personas. La forma en que el silencio entre ellos dejó de sentirse incómodo. Cómo ambos parecían recordar pequeños detalles absurdos del otro. Como si el mundo alrededor comenzara a reducirse lentamente.
- “Sigues caminando demasiado cerca del río”, dijo Alnair. Yamileth levantó los ojos al cielo.
- “Sigues diciendo eso cada cinco minutos”, replicó Yamileth.
- “Porque sigues haciéndolo”, insistió Alnair. Ella se giró caminando hacia atrás sobre el sendero.
- “¿Y si me gusta vivir al límite?”, cuestionó Yamileth.
- “Entonces tienes una definición muy decepcionante del peligro”, respondió Alnair.
- “Oh, disculpe señor soy demasiado serio para divertirme”, bromeó Yamileth.
Alnair estaba a punto de responder cuando Yamileth perdió apenas el equilibrio sobre una piedra. Él la sujetó inmediatamente de la cintura antes de que pudiera caer. Todo ocurrió en un segundo, pero ambos se quedaron inmóviles, demasiado cerca.
Yamileth sintió cómo el corazón comenzaba a latirle tan fuerte que creyó que él podría escucharlo. Alnair tampoco apartó la mirada inmediatamente, porque por primera vez notó realmente cuánto había cambiado ella.
Sus ojos, su sonrisa, la forma en que el viento movía su cabello. Era hermosa, y aquel pensamiento lo desconcertó más de lo que debería.
- “Bueno… supongo que me salvaste otra vez”, dijo Yamileth intentando respirar. Alnair tardó apenas un segundo demasiado largo en soltarla.
- “Pareces tener talento para casi caer al agua”, comentó Alnair. Ella sonrió suavemente.
- “Y tú para atraparme”, replicó ella.
El silencio que siguió fue distinto, cálido, nervioso y por alguna razón peligroso.
Aquella noche, Yamileth permaneció acostada mirando el techo de la habitación del hotel mientras abrazaba una almohada contra el pecho. No entendía exactamente qué estaba pasando. Sólo sabía que pensaba demasiado en él; le gustaba cuando sonreía; y sentía mariposas absurdas en el estómago cada vez que la miraba de cierta manera.
Apenas tenía catorce años, y aun así, una parte de ella comenzaba a comprender algo importante, le gustaba “Alan” y mucho.
Mientras tanto, en otra habitación del mismo hotel, Alnair observaba la pulsera de cuentas de colores que había traído desde Andovia, piedritas curiosas que parecían brillar y que le recordaban a ella. La sostuvo entre sus dedos pensativo.
En Andovia, los vínculos importantes se representaban con símbolos ceremoniales complejos, como promesas, alianzas y compromisos, pero aquello era simple. Y por alguna razón, le importaba más de lo que debería.
Alnair cerró lentamente la mano alrededor de la pulsera, sin darse cuenta todavía de que el sentimiento que comenzaba a crecer entre ambos ya era mucho más fuerte que una simple atracción adolescente. Era el inicio del primer amor de sus vidas.