Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
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Colombia.
Gabriele🖤
—No.
Gianna cruza los brazos sobre el pecho, su pequeño ceño fruncido haría reír a cualquiera. A cualquiera menos a Alessandro.
—¿Cómo que no? —pregunta mi primo.
—No te habo.
—¿Y ahora qué hice?
—Te vas.
La niña desvía la mirada. Arabella se lleva una mano a la boca para ocultar una sonrisa.
Yo no me molesto en hacerlo.
—Te estás riendo —me acusa Alessandro.
—Porque esto es divertido.
—No tiene nada de divertido.
—Tu hija te está castigando.
—Mi hija es una tirana.
—Papito malo.
La acusación de Gianna provoca que Arabella finalmente estalle en carcajadas y yo también, incluso Alessandro termina sonriendo.
La pequeña lleva toda la mañana ignorándolo porque descubrió que estará fuera unos días, para una niña de tres años eso es prácticamente una tragedia.
—Solo serán unos días, principessa —intenta explicarle Alessandro.
—Muchos días.
—No tantos.
—Muchos.
Arabella se acerca y acomoda un rizo detrás de la oreja de la niña.
—Papá volverá pronto.
—¿Con legalos?
—Muchos regalos —promete Alessandro.
Eso parece mejorar ligeramente la situación.
—Quielo una muñeca.
—La tendrás.
—Y chotolates blancos.
—También.
—Y vestidos lindos.
—Lo que quieras.
—Y un pony.
Alessandro parpadea, yo me atraganto con el café y Arabella vuelve a reír.
—Lo del pony tendremos que discutirlo.
Gianna parece considerarlo y finalmente asiente.
—Está bien.
Mi primo suspira aliviado.
—Gracias por tu comprensión.
—De nala.
La pequeña vuelve a abrazarlo y por un instante veo en los ojos de Alessandro exactamente lo que siempre juró que jamás tendría.
Paz.
Familia.
Amor.
Es curioso. Durante meses pensé que mi primo estaba loco por entregarse de esa manera a una mujer. Ahora lo observo despedirse de su esposa y de su hija y comprendo que jamás lo había visto tan feliz.
No digo nada, pero lo entiendo más de lo que estoy dispuesto a admitir.
Una hora después abandonamos Manhattan. Nuestro avión privado despega bajo un cielo despejado, la ciudad va quedando atrás mientras iniciamos el viaje hacia Colombia.
El trayecto es largo, con la escala técnica prevista para repostar combustible, pasaremos buena parte del día viajando.
No me molesta, tengo trabajo suficiente para mantenerme ocupado, durante varias horas reviso contratos, respondo correos, analizo informes, firmo documentos electrónicos. Mientras tanto Alessandro conversa con nuestros hombres, nos acompañan seis de los más leales, él resto quedó en Manhattan.
Hombres que han demostrado una y otra vez que darían la vida por nosotros.
Ettore no está entre ellos y por una buena razón, su esposa está a punto de dar a luz a su segundo bebé. Ni Alessandro ni yo íbamos a ser tan estúpidos como para obligarlo a abandonar Nueva York en este momento.
—Dency lo mataría —comenté antes de salir.
—Y con razón —respondió Alessandro.
Así que Ettore se quedó donde debe estar.
Junto a su familia.
Las horas pasan y cuando finalmente sobrevolamos la costa colombiana, ya es primera hora de la tarde, me acerco a una ventanilla y debo admitir que la vista es impresionante. El azul del mar parece infinito, las playas brillan bajo el sol, las montañas se elevan a la distancia. Muy diferente a Nueva York, mucho más cálido, más vivo y más salvaje.
—Bonito lugar —comenta Alessandro.
—Sí.
El piloto inicia el descenso y poco después aterrizamos. En cuanto abandono el avión siento el cambio de clima. El calor me golpea inmediatamente, nada que ver con Manhattan, aquí el aire es húmedo, pesado y tiene aroma a mar, no me desagrada.
Nos reciben varios vehículos y entre ellos se encuentra José Joaquín Santacruz, el colombiano se acerca acompañado por varios hombres, todos armados, atentos, observando como debe ser.
—Bienvenidos a Colombia. Señor Lobo. Señor Di Matteo.
Nos estrechamos las manos.
—Gracias por recibirnos.
—Es un placer.
El saludo es cordial y respetuoso.
Entre hombres acostumbrados a negociar grandes cantidades de dinero y cosas mucho más peligrosas.
Nuestros equipajes son distribuidos rápidamente, los nuestros en una camioneta y los de nuestros hombres en otra. No perdemos tiempo.
José Joaquín nos lleva directamente a un hotel donde tiene reservado un salón privado, allí nos sirven comida típica de la región, también ron.
Muy buen ron.
La conversación gira principalmente alrededor de negocios, terrenos, inversiones, infraestructura y logística.
Todo avanza según lo previsto.
—Mañana podemos visitar los terrenos —propone José Joaquín.
—Perfecto —responde Alessandro.
—Así veremos todo personalmente.
—Eso mismo queremos.
El acuerdo queda establecido, la visita será mañana viernes y si todo sale bien, cerraremos el negocio definitivamente.
La noche ya ha caído cuando finalmente llegamos a la hacienda Santacruz. El lugar es enorme, elegante y está situado frente al mar. Las luces iluminan los jardines, la propiedad parece sacada de una revista. Sin embargo, algo en ella me resulta extraño.
No sé exactamente qué, pero lo siento.
José Joaquín nos guía hacia el interior y allí nos presenta a su familia.
—Mi esposa, Yadira.
La mujer sonríe con timidez. Demasiada timidez y sumisión.
—Encantado.
—Bienvenidos.
Luego aparecen sus hijos.
José Luis.
José Carlos.
Ambos estrechan nuestras manos, conversamos unos minutos, intercambiamos cortesías. Todo parece normal, pero no puedo evitar observar a Yadira que permanece siempre ligeramente detrás de su marido como si necesitara permiso para respirar, como si tuviera miedo de decir algo incorrecto.
Me resulta extraño porque crecí rodeado de mujeres fuertes. Mi madre es amable, dulce y cariñosa, pero también puede convertirse en una tormenta si alguien amenaza a los suyos.
Arabella, ni mis tías o primas se parecen en nada a esta mujer por eso la actitud de Yadira me llama tanto la atención y sigo esperando porque hay alguien que todavía no conozco.
La hija que se casa el sábado, la razón de la celebración.
La novia.
Sin embargo, pasan los minutos, luego una hora y ella nunca aparece. Solo veo empleadas entrando y saliendo.
Sirviendo bebidas. Recogiendo platos. Trabajando en silencio.
Pero ninguna joven. Ninguna hija orgullosa de presentar a sus invitados.
Nada.
Finalmente observo a José Joaquín.
—¿Y la futura esposa? —me atrevo a preguntar y Alessandro me mira inquisitivo.
Por un instante algo extraño cruza los ojos del colombiano tan rápido que casi creo haberlo imaginado.
—Está descansando —la respuesta llega demasiado rápido y ensayada—. Los preparativos la tienen agotada.
Asiento y no insisto, pero algo me dice que esa no es toda la verdad y por alguna razón que todavía no comprendo no puedo dejar de pensar en la misteriosa hija que nadie parece dispuesto a mostrar.