Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 6.
Giselle, la asistente personal de Ethan, había cumplido la orden con una precisión militar. Menos de una hora después de la llamada de pánico de su jefe, el ascensor privado del penthouse se abrió para dejar pasar a la única persona en la ciudad dispuesta a meterse en la boca del lobo a las nueve de la mañana de un miércoles.
Su nombre era Julia, y lo primero que la recibió al dar un paso fuera del ascensor no fue la imponente vista de los rascacielos a través de los ventanales de cristal, sino un olor penetrante a lavanda industrial, leche agria y desesperación humana.
Julia se detuvo en seco, sosteniendo su bolso con fuerza, y parpadeó un par de veces para procesar la escena de crimen doméstico que se extendía ante ella.
El penthouse de dos pisos, que normalmente parecía una página arrancada de una revista de arquitectura minimalista y lujos inalcanzables, se había transformado en un campamento de refugiados caótico. Había toallitas húmedas usadas formando pequeñas montañas sobre las mesas de centro de diseñador. El piso de madera oscura tenía un rastro de polvo blanco de talco que parecía una línea de tiza policial. En la cocina, la famosa isla de mármol italiano exhibía una costra amarillenta de fórmula láctea disecada, y un par de guantes de silicona para horno estaban misteriosamente pegados al grifo cromado con cinta adhesiva de pañal.
Y en medio de todo aquel desastre, de pie junto al sofá, estaba Ethan Vance.
El hombre que la semana pasada había sido fotografiado con un traje de tres piezas impecable mientras cerraba la compra de una aerolínea, ahora parecía un extra de una película de zombis de bajo presupuesto. Tenía el cabello revuelto y lleno de un polvo blanquecino que parecía caspa extrema, la corbata de seda colgaba torcida como una soga floja y su camisa de mil quinientos dólares mostraba una enorme y húmeda mancha marrón justo en el centro del pecho.
Sostenía en brazos a un bulto envuelto en una manta rosa con una rigidez muscular que sugería que, si se movía un solo milímetro, todo el edificio iba a estallar.
Julia soltó un suspiro largo, se acomodó las gafas y avanzó con paso firme, esquivando una lata de fórmula abollada que rodaba por el suelo.
—¿Señor Vance? —preguntó Julia, manteniendo una calma profesional admirable—. Soy Julia. Su asistente me contrató para... bueno, la descripción del puesto decía "emergencia de gestión de crisis", pero creo que se quedaron cortos. Esto parece la zona de exclusión de Chernóbil.
Ethan giró la cabeza lentamente, con los ojos inyectados en sangre y fijos en ella como si fuera un oasis en el desierto.
—Olga, Marta... como te llames. No me importa —dijo Ethan con la voz rota y pastosa por la falta de sueño—. No me des discursos sobre el diseño de interiores. Solo dime que sabes cómo desarmar esto —indicó con un movimiento de barbilla hacia el bulto en sus brazos—. La policía me dio veinticuatro horas antes de quitármelo y acabo de descubrir que el manual de YouTube para padres está mal redactado. El agua hierve más rápido de lo que dicen las instrucciones.
Julia dejó su bolso en una silla limpia y se acercó al sofá. A pesar del caos y del aspecto deplorable de Ethan, el bebé en sus brazos se había quedado extrañamente tranquilo, succionando un biberón vacío con un ruidito rítmico. Julia se inclinó un poco para mirar la carita gorda que asomaba entre las mantas.
—Vaya... a pesar del entorno hostil, parece que goza de buena salud —comentó Julia, con una media sonrisa tierna mientras le acariciaba una mejilla diminuta al bebé—. ¿Cómo se llama esta preciosa?
Ethan frunció el ceño, lo que provocó que un poco de polvo de talco se le desprendiera de las cejas y le cayera en la nariz.
—Precioso —corrigió Ethan con tono cortante, usando esa voz de sabelotodo corporativo—. Se llama precioso, no preciosa. Es un niño. Un mini-Vance. El próximo heredero de la firma, o al menos el culpable de que mi fondo de inversión hoy esté perdiendo dinero por mi ausencia. Es un varón.
Julia se enderezó, cruzándose de brazos, y miró a Ethan con una ceja alzada y una expresión de absoluta incredulidad. Luego volvió a mirar al bebé, cuyas largas pestañas y facciones delicadas se acentuaban con la luz del día.
—Señor Vance, con todo el respeto que le tengo a su cuenta bancaria... es una niña —sentenció Julia con una seguridad que a Ethan le sentó como una bofetada de agua fría.
—¿Qué? —Ethan soltó una carcajada seca, aunque el sonido salió más bien como un graznido ahogado—. Por favor, no me vengas con teorías extrañas de género a estas horas de la mañana. Sé reconocer un negocio cuando lo veo y sé reconocer a un niño. El sobre que dejaron en la canasta tenía mi nombre. Las ex novias despechadas no te dejan niñas en la puerta si quieren llamar tu atención, te dejan un varón para exigir la herencia del imperio. Es la regla básica del drama financiero. Es un niño.
Julia rodó los ojos, perdiendo un poco la paciencia profesional frente a la soberbia del magnate. Extendió las manos y, con una soltura que hizo que Ethan abriera los ojos en pánico, le quitó el bebé de los brazos.
—A ver, genio de las finanzas —dijo Julia, acomodando a la criatura en su regazo con una sola mano mientras con la otra despegaba la enorme cinta adhesiva que daba la vuelta completa al cuerpo de la bebé—. Es una niña. Se nota de lejos. Las facciones, la estructura... Además, ¿acaso no se fijó cuando la cambió? ¿No vio la diferencia anatómica más básica de la biología humana?
Ethan se quedó con los brazos flotando en el aire, vacíos, sintiendo cómo el frío del aire acondicionado le daba en el pecho húmedo. Abrió la boca para responder, la cerró, volvió a mirar el pañal gigante talla seis que Julia estaba acomodando con destreza, y sintió que el poco cerebro que le quedaba funcional entraba en cortocircuito total.
—Yo... yo no tuve tiempo para hacer una inspección anatómica —tartamudeó Ethan, sintiendo que un rubor caliente le subía por el cuello por primera vez en años—. ¡No presté atención a eso! Había un olor a Plutonio derretido que violaba los tratados de Ginebra en mi sala de estar, ¿de acuerdo? Estaba concentrado en la supervivencia básica. Trataba de que el desastre no tocara la alfombra persa de mi abuela. Agarré las piernas, limpié lo que pude con toallitas de lavanda y le puse el maldito pañal de contención. ¡No me puse a buscar especificaciones técnicas de fábrica!
Julia soltó una carcajada limpia y sonora que retumbó en las paredes minimalistas, disfrutando enormemente de la humillación del gran tiburón de la bolsa.
—¿Especificaciones técnicas? Señor Vance, es un pañal, no un motor de combustión interna —se burló Julia, terminando de ajustar el pañal gigante con un doblez inteligente para que no le bailara en las piernas a la niña—. Y lamento informarle que su "próximo heredero del imperio" va a necesitar vestidos y lazos para el cabello en unos meses, porque las pruebas biológicas no mienten. Es una niña hecha y derecha.
Ethan se llevó las manos a la cabeza, hundiéndolas en su cabello lleno de talco, y comenzó a caminar en círculos por la sala, pisando las toallitas húmedas como si estuviera caminando sobre brasas. Estaba en un estado de shock absoluto.
—Una niña... Dios mío, es una niña —repetía en un susurro histérico, mirando al techo como si buscara una explicación divina—. Esto cambia todo el panorama estratégico. No sé nada de niños, ¡pero sé menos de niñas! Los niños juegan al fútbol, les compras un auto de juguete y ya está. ¿Qué se hace con una niña? ¿Y si quiere ir al ballet? ¿Y si hereda el carácter de su madre y me destruye la paciencia cuando cumpla quince años? ¡Esto es un boicot! Alguien hackeó mi vida.
Julia lo miraba caminar de un lado a otro con una mezcla de lástima y diversión. El gran Ethan Vance, el hombre que no le temía a las auditorías del gobierno ni a las demandas multimillonarias, estaba teniendo un colapso nervioso porque su paquete sorpresa venía con un lazo rosa imaginario.
La bebé, ahora cómoda y limpia gracias a las manos expertas de Julia, soltó un balbuceo feliz y estiró sus manitas hacia Ethan, como si se estuviera burlando de su pánico desde la seguridad del sofá.
—Bueno, señor Vance —dijo Julia, poniéndose de pie con la niña en brazos y mirando el desastre de la cocina con determinación—. El primer paso de su nueva estrategia va a ser bañarse, quitarse esa camisa que califica como arma biológica y dormir dos horas. Mientras usted procesa su crisis de identidad de padre, yo me encargaré de limpiar este laboratorio del terror y de preparar una lista de compras de verdad. Y por favor, la próxima vez que vaya al supermercado, recuerde que las niñas de tres meses no usan pañales para niños de jardín de infantes.
Ethan se detuvo en seco, miró a Julia, luego miró a la bebé que lo observaba con curiosidad, y dejó caer los hombros, completamente derrotado por la realidad.
—Está bien —cedió Ethan con un suspiro de rendición absoluta—. Tú ganas, Julia. Pero que conste una cosa: sigo pensando que es una estrategia muy sucia del destino dejarme una niña sin un manual de usuario con perspectiva de género.