Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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Líneas difusas
Sophia
Quince minutos exactos. Ese fue el tiempo que tardé en recoger mis cosas, despedirme de Letty con una señal de pánico y bajar en el ascensor. Intenté convencerme durante todo el trayecto de que esto era un trato puramente práctico: un viaje gratis a casa, cómodo y sin tener que lidiar con el transporte público bajo este cielo gris. Pero en cuanto empujé las puertas de cristal del edificio y vi su auto estacionado junto a la acera, el estómago se me contrajo por completo.
Caminé con paso firme, sosteniendo mi bolso como si fuera un escudo, y abrí la puerta del copiloto.
El aroma de su perfume —esa mezcla de madera y cuero que conocía tan bien— me golpeó de inmediato, envolviéndome en una atmósfera que se sentía demasiado íntima. Me deslicé en el asiento de piel y me giré para saludarlo, con mi mejor máscara de indiferencia ensayada en los labios.
—Hola, Seba...
Las palabras se me atascaron en la garganta.
Sebastian estaba apoyado contra el respaldo, con una mano relajada sobre el volante. No llevaba la chaqueta ni la corbata; se había desabrochado los dos primeros botones de la camisa oscura, revelando la línea fuerte de su cuello. Pero lo que me congeló fue su mirada. Esos ojos azules, tan claros y afilados, me recorrieron despacio, sin prisa, con una fijeza que desmanteló mi armadura de hielo en un segundo. No había rastro del hombre arrepentido de la mañana; el Sebastian que tenía enfrente irradiaba una seguridad abrumadora.
—Hola, Sophy —dijo. Su voz, grave y pausada, resonó en el espacio cerrado del auto como una caricia física—. Te dije que no te demoraras, pero veo que cumpliste. Me gusta que seas puntual.
Esbozó una sonrisa de medio lado, perfectamente casual. Arrancó el auto con suavidad, incorporándose al tráfico mientras yo me obligaba a soltar el aire que había estado reteniendo.
—Gracias por pasar —atiné a decir, mirando fijamente hacia el parabrisas, concentrándome en las gotas de lluvia que empezaban a resbalar por el cristal—. Aunque sigo pensando que no era necesario. No tenías que desviarte de tus pendientes por mí.
—Ya te lo dije por teléfono, no es ningún desvío. Además, ¿desde cuándo un amigo necesita una excusa para llevar a su mejor amiga a casa? —soltó, usando un tono tan inocente que resultaba insultante.
Extendió el brazo derecho hacia la consola central para ajustar la calefacción, y al hacerlo, su antebrazo rozó sutilmente mi rodilla. Fue un contacto imperceptible, apenas un roce de tela contra tela, pero una corriente eléctrica me recorrió la espina dorsal. Miré de reojo sus dedos largos y firmes regresar al volante.
Él no se inmutó. Mantenía la vista en la carretera, relajado, impecable, pero la comisura de sus labios se curvó apenas un milímetro.
Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. La tregua era una farsa; Sebastian no estaba respetando la distancia, la estaba camuflando. Estaba usando la etiqueta de "amigo" para romper mis defensas desde adentro, y lo peor de todo era que yo no tenía ninguna herramienta para defenderme sin admitir que su cercanía todavía me ponía a temblar.
Reguló el volumen de la música, dejando que una melodía suave llenara el silencio que se había instalado entre los dos, y carraspeó ligeramente antes de hablar con total naturalidad:
—Así que... Lucas. ¿Ya decidieron a dónde van a ir el viernes? Si quieres te puedo recomendar un buen lugar, ya sabes, para ayudarte.
—No es necesario, Sebas —respondí de inmediato, forzando una sonrisa ligera y cruzándome de brazos para marcar distancia—. Lucas ya tiene todo perfectamente planeado. Me dijo que organizó una velada en un lugar mágico, un restaurante con un mirador precioso desde donde se ve toda la ciudad iluminada. Al parecer, no le gusta dejar nada al azar.
De reojo, noté cómo los dedos de Sebastian se apretaban contra el cuero del volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Su mandíbula se tensó tanto que temí que fuera a romper un diente, pero no dijo nada. Mantuvo la vista fija en la carretera, tragándose la furia mientras el silencio en el auto se volvía denso, asfixiante y deliciosamente victorioso para mí.
Había resistido su primer ataque.