Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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Demasiadas coincidencias
Siempre he dicho que las coincidencias existen.
Encontrarte con un vecino en el supermercado. Sentarte junto a un desconocido en el autobús. Descubrir que otra persona lleva exactamente la misma camiseta que tú sin haberse puesto de acuerdo. Eso sí son coincidencias.
Lo que ya no tengo tan claro es que despertarme cuarenta minutos antes de que sonara la alarma también lo fuera.
Abrí los ojos y, casi por reflejo, busqué el celular sobre la mesa de noche. Las 5:48 a. m. aparecieron brillando en la pantalla. Solté un suspiro largo y volví a hundir la cabeza en la almohada. Todavía podía dormir. Intenté cerrar los ojos otra vez, acomodarme, convencer a mi cerebro de que era demasiado temprano para existir. Fue inútil. Después de dar más vueltas que un pollo en un asador, terminé sentándome en la cama con el cabello hecho un desastre.
—Qué pereza...
Me arrastré hasta la cocina, preparé café y volví a mirar la hora. Apenas eran las seis y diez. Ni siquiera mi mamá estaba despierta, lo cual era casi un acontecimiento histórico.
—¿Qué haces levantada?
Di un pequeño salto.
Mi papá acababa de aparecer en la puerta con el cabello completamente despeinado y la cara de alguien que todavía seguía dormido.
—Casi me matas del susto.
—Eso mismo iba a preguntarte yo. ¿No entras a las ocho?
Asentí mientras llevaba la taza a los labios.
—Sí.
—Entonces... ¿por qué estás despierta desde tan temprano?
Buena pregunta.
Muy buena.
—Quería... estudiar.
La mentira salió tan rápido que hasta yo misma me sorprendí.
Mi papá sonrió con un orgullo que me hizo sentir un poquito culpable.
—Así me gusta. La universidad te está sentando bien.
Respondí con una sonrisa torcida y esperé a que desapareciera por el pasillo.
No iba a estudiar.
Bueno... tal vez sí un poco.
Pero esa no era la verdadera razón por la que estaba despierta.
La verdadera razón era mucho más absurda.
Quería llegar temprano.
Muy temprano.
Y no quería admitir, ni siquiera frente a mí misma, el motivo.
---
A las siete y veinte ya estaba cruzando la entrada principal del campus. Era la primera vez que llegaba antes que casi todo el mundo y descubrí que la universidad tenía un ambiente completamente distinto a esa hora. El aire todavía conservaba el fresco de la mañana, los jardines acababan de ser regados y algunos estudiantes caminaban medio dormidos sosteniendo vasos de café como si de ellos dependiera su supervivencia.
Me gustó aquella tranquilidad.
Tal vez debería llegar temprano más seguido.
—¡Julieta!
Giré la cabeza.
Emma venía caminando con un pan de chocolate en una mano y un jugo en la otra. Apenas me vio, frunció el ceño con una mezcla de sorpresa y sospecha.
—No. Espera un momento... ¿Qué haces tú aquí?
Consulté el celular como si necesitara confirmar la hora.
—Llegué un poquito temprano.
Emma soltó una carcajada.
—¿Un poquito? Tú eres la misma mujer que el primer día llegó tarde porque decidió pedirle indicaciones a una estatua.
Me eché a reír.
—Eso pasó una sola vez.
—Y quedó registrado para la historia de esta universidad.
Comenzamos a caminar hacia el edificio, pero ella seguía lanzándome miradas de reojo.
—Habla.
—¿De qué?
—¿Qué te pasó?
—Nada.
—No te creo.
—¿Por qué?
—Porque llevamos dos semanas de clases y jamás habías llegado antes que yo. Ni una sola vez.
Me encogí de hombros con una naturalidad que ni yo misma me creía.
—No podía dormir.
Emma dio otro mordisco al pan.
—¿Nervios por el examen?
—Supongo.
Otra mentira.
No eran nervios.
Era otra cosa.
Algo que todavía no sabía explicar y que, cada vez que intentaba ponerle nombre, encontraba una excusa distinta para no hacerlo.
Nos sentamos en una banca del jardín mientras esperábamos que abrieran el salón. Había muy poca gente. Algunos estudiantes repasaban una exposición, otros desayunaban en silencio y el campus entero parecía avanzar a un ritmo mucho más lento que de costumbre.
Fue entonces cuando lo vi.
El profesor Ferrer cruzaba el jardín con una carpeta bajo el brazo y un vaso de café en la mano. Caminaba sin prisa, saludando a cada persona que encontraba a su paso.
—Buenos días, Marta.
La señora de la cafetería le devolvió la sonrisa.
—Buenos días, profesor.
Un vigilante levantó la mano desde la entrada.
—Doctor Ferrer.
—Carlos. ¿Cómo sigue su hijo?
—Muchísimo mejor. Gracias por preguntar.
Un poco más adelante se detuvo junto a uno de los jardineros para comentar algo sobre las flores recién plantadas y después continuó su camino con la misma tranquilidad.
Era curioso.
Parecía conocer a todo el campus.
Y, por lo que veía, todos parecían apreciarlo.
Cuando pasó frente a nuestra banca levantó apenas la vista.
—Buenos días, señorita Romero.
Mi corazón dio un pequeño brinco.
No esperaba que me saludara.
Mucho menos que recordara mi apellido.
—Buenos días, profesor.
Él hizo un leve movimiento con la cabeza y siguió caminando.
Eso fue todo.
Un saludo de apenas unos segundos.
Nada extraordinario.
Nada que justificara la sonrisa que, sin darme cuenta, apareció en mi cara.
—¿Qué pasó?
La voz de Emma me hizo volver a la realidad.
—¿Qué?
—Te quedaste congelada.
Negué enseguida.
—No.
—Sí.
No pude evitar sonreír otra vez.
—Se acordó de mi apellido.
Emma puso los ojos en blanco.
—Julieta... es tu profesor. Obviamente sabe cómo te llamas.
Tal vez tenía razón.
Y, aun así...
No pude evitar sentir una satisfacción completamente ridícula.
La clase comenzó puntual, como siempre.
El profesor escribió una frase en el tablero antes de girarse hacia nosotros.
Las primeras impresiones rara vez cuentan toda la historia.
La copié en el cuaderno mientras él dejaba el marcador sobre el escritorio.
—Hoy quiero que dejen de memorizar conceptos. Quiero que aprendan a discutirlos.
Su mirada recorrió el salón hasta detenerse en mí.
—Señorita Romero.
Tragué saliva.
Ya empezamos.
—Si una persona parece amable con todo el mundo, ¿podemos concluir que realmente lo es?
Pensé unos segundos antes de responder.
—No necesariamente.
—Explique.
Respiré hondo.
Sentía que toda la clase esperaba mi respuesta.
—Hay personas que son amables porque esperan algo a cambio. O porque quieren causar una buena impresión. Eso no significa que esa sea su verdadera personalidad.
El profesor cruzó los brazos.
—Interesante. ¿Y cómo distinguiría una cosa de la otra?
Bajé la vista un instante antes de responder.
—Observando. No un día... muchos días. Las personas no pueden fingir para siempre.
Durante unos segundos no dijo absolutamente nada.
Después sonrió apenas.
—Exactamente.
Se volvió hacia el tablero y continuó la explicación como si aquella conversación hubiera terminado ahí.
Para mí, en cambio, no terminó.
Porque ya no fui capaz de concentrarme igual.
No porque hubiera respondido correctamente.
Sino porque había dicho una sola palabra.
Exactamente.
Y, por alguna razón que prefería no analizar, aquello bastó para alegrarme el resto de la mañana.
Al terminar la clase, Emma y yo salimos conversando. O, mejor dicho, ella conversaba y yo fingía escuchar.
Entonces lo vi.
A unos metros de distancia, el profesor Ferrer hablaba con una mujer que también llevaba una credencial de docente. Era elegante, segura de sí misma y, para qué negarlo, muy bonita.
Los dos parecían hablar con absoluta naturalidad.
Ella sonrió.
Él le devolvió la sonrisa.
Y, sin previo aviso, sentí un pequeño pinchazo en el pecho.
Fue una sensación extraña.
Breve.
Lo suficientemente incómoda para obligarme a apartar la mirada.
—¿Qué miras?
La voz de Emma me hizo reaccionar.
—Nada.
Respondí demasiado rápido.
Seguimos caminando.
O, al menos, eso intenté.
Porque terminé desviándome hacia el mismo pasillo donde ellos seguían conversando.
—¿No íbamos a la cafetería?
—Sí... solo quería pasar por aquí.
Mentira.
Lo sabía.
Y, si Emma hubiera podido leerme la mente, seguramente también lo habría sabido.
Cuando pasé cerca de ellos, escuché decir a la profesora:
—¿Entonces nos vemos esta noche?
Sin querer, reduje el paso.
Esperé la respuesta fingiendo que seguía caminando con normalidad.
—Lo siento, Laura. No voy a poder. Tengo otro compromiso.
Ella suspiró con una sonrisa.
—Siempre estás ocupado.
Él soltó una pequeña risa.
—Es uno de mis talentos.
Los dos volvieron a sonreír.
Yo seguí caminando.
No escuché nada más.
Tampoco quería hacerlo.
Esa noche abrí el portátil con la intención de adelantar un trabajo.
Después pensé en leer.
Luego en ver una película.
Incluso consideré dormir temprano.
Al final no hice ninguna de esas cosas.
Me quedé varios minutos observando la pantalla apagada antes de volver a cerrarla sin siquiera encenderla.
Apagué la luz de mi habitación y me acosté mirando el techo.
No estaba celosa.
Claro que no.
Solo me preguntaba quién era esa profesora.
Nada más.
Era una curiosidad perfectamente normal.
¿Verdad?
Me di la vuelta sobre la almohada y cerré los ojos.
Intenté convencerme de que sí.
Pero aquella noche tardé mucho más de lo normal en quedarme dormida.