Para el mundo, Ada Medina de 35 años es una ingeniera en sistema muy exitosa en un campo dominado por hombres, pero para su familia, es solo la hermana que nunca superó a su amor de la infancia Sebastián Hernández, sin embargo, bajo la sombra de la etiqueta de “pagafantas” que su hermana Victoria con malicia se encargó de difundir, la realidad es que Ada guarda un secreto.
Desde hace años Ada vive un romance clandestino con Damián Hernández un valiente bombero de 37 años, y hermano mayor de Sebastián.
Al ser ambos los eternos postergados y los “segundos” de sus respectivas familias, han preferido mantener en secreto su “vínculo” bajo la imagen de una simple amistad para evitar el estallido de conflictos muy dolorosos.
Pero el silencio tiene un límite y Ada está a punto de demostrar que no es el plan B de nadie, y que el amor de su vida siempre estuvo ahí, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
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Capítulo IX: Bendiciones disfrazadas
En medio de bromas y abucheos, el Subteniente —un ingeniero de rostros severo que estaba encargado de supervisar el grupo —se vio obligado a alzar la voz para poner orden en el lugar, eran muy ruidosos, e indisciplinados, pero le gustaba ese grupo; en especial Damián en quien tenía puestas grandes expectativas, aunque eso no le impedía mantener la disciplina bien alta.
—Cadete Hernández—bramó el Subteniente con una chispa de diversión que ocultaba tras su severidad—Por mentiroso y por dárselas de galán, hoy le tocan los platos a usted solo, ¡Mueva el trasero!
Las carcajadas estallaron en el comedor y para un extraño, ese intercambio de insultos y empujones podría parecer un poco brusco, incluso un poco agresivo, sin embargo, ese ambiente de camaradería le daba a Damián algo que en su hogar familiar jamás tuvo, no solo no sentía como un extraño, sino que le ofrecía un sentido de pertenencia que su propia sangre siempre le negó.
—¡Sí, mi Subteniente! —respondió Damián con una sonrisa ladeada, aceptando el castigo como un rito de iniciación más.
A diferencia de lo que ocurría en la casa de los Hernández, donde era considerado un bruto y un inútil en el cuerpo de bomberos, Damián era una pieza fundamental y uno de los mejores de su generación.
—Yo le cubro el flanco Hernández, no deje que el viejo lo asuste—se ofreció el cabo Martínez, el cual se había convertido en uno de sus camaradas más allegados.
En chistes pesados y el vapor del agua caliente, ambos hombres dejaron el área impecable, arduo trabajo compartido, hizo que Damián olvidara el mal sabor del trato que le daban sus familiares mientras que, por otra parte, atesorara la calidez de la voz de Ada, la cual lo había llamado solo para asegurarse de que estaba a salvo.
—En serio, Martínez … es solo una amiga—insistió Damián, aunque una sonrisa tonta se asomaba en su rostro.
—Mire, Hernández, usted puede mentirle a todo el cuartel si quiere—dijo Martínez, dándole un golpe afectuoso en el hombro— Pero no se mienta a sí mismo.
Damián, sin embargo, acostumbrado a ser relegado a un segundo plano y con la plena convicción de que Ada tenía a su hermano en su corazón tardaría casi dos décadas en descubrir la verdad: que el día que Ada escuchó lo que Sebastián realmente pensaba de ella, fue como si un interruptor se apagara y todos esos sentimientos que ella pensaba eran inamovibles se evaporarían de forma abrupta dejando espacio para la persona que siempre estuvo al otro lado de la línea.
Luego de terminar la llamada Ada regresó a su habitación y revisó meticulosamente que todos los documentos para su admisión universitaria estuvieran en orden, tras haber respondido la carta de aceptación y de haber recibido la confirmación oficial, ya sabía que el inicio de clases era en dos meses, además de que días antes se escabulló en el estudio de su padre y con mucha facilidad abrió la caja de seguridad y tomó su pasaporte y acta de nacimiento.
—Por suerte todo está listo—dijo Ada con una sonrisa de satisfacción.
Con todos los trámites burocráticos listos y documentos personales bajo su resguardo, así como estaba resuelto el problema de las finanzas gracias a la intervención de su abuelo, ahora su prioridad era organizar su traslado al extremo occidental de su país sin contratiempos, y debía admitir que la decepción de la noche anterior fue una bendición disfrazada, porque fue así como se enteró de que tenía a su familia en contra, especialmente a su padre el cual debido a sus prejuicios estaba decidido a que ella no estudiara su carrera soñada.
—Papá siempre me ha tratado como una extraña—admitió para sí misma, guardando los documentos en una carpeta segura—Así que no me importa si después de esto, el silencio se vuelve permanente entre nosotros.
A pesar de que eran las seis de la tarde de igual manera se fue a la cama y se quedó dormida de inmediato, el cansancio era el resultado de una noche anterior en vela, atormentada por los ruidos obscenos que se filtraban desde la habitación de Victoria mientras Sebastián estaba con ella.
Tan profundo era su sueño que cuando su familia regresó ella ni siquiera percibió el bullicio.
—¿Cuándo vas a hablar con ella? —insistió Mónica, presionando a Gerardo en el pasillo con su habitual tono de urgencia.
—Ten paciencia, Mónica—replicó él con tono cansado— Te prometo que mañana hablaré con ella, por esta noche dejemos la fiesta en paz.
Pero Mónica no estaba dispuesta a ceder, ignorando a su marido, y se dirigió a la habitación de Ada, comenzó a golpear la puerta; primero con toques secos, y luego con una intensidad que delataba su irritación.
Cuando intentó girar la perilla, la ira terminó de desbordarse, al darse cuenta de que estaba cerrada con seguro, se había acostumbrado a no respetar el descanso de Ada, así que la joven harta de sus abusos decidió colocar una cerradura de la cual nadie en la familia tenía conocimiento.
—¡Abre la maldita puerta! —gritó Mónica, cuya paciencia terminó por quebrarse.
Sin embargo, Gerardo recordando las advertencias de su padre con respecto a la casa, se acercó y tomó con firmeza a Mónica por la muñeca para apartarla, en ese momento se sentía un poco harto de que ella ignorara sus decisiones y prolongara los conflictos convirtiendo la casa en un constante caos.
—Ya es suficiente Mónica, te dije que hablaría con ella en la mañana—sentenció, arrastrándola lejos de la puerta cerrada.
A la mañana siguiente Ada se levantó de la cama en cuanto sonó la alarma, mientras se abrochaba el uniforme escolar, se detuvo frente al espejo con una mezcla de hastío y esperanza; pensando en que pronto dejaría de usarlo porque sentía que era una vestimenta que no reflejaba su verdadera personalidad.
—Solo falta dos meses Ada… solo dos meses— murmuró para sí misma, repitiendo las palabras como un mantra que la protegía de la realidad inmediata.
Ada recogió su cabello en una coleta alta y firme, aplicó un maquillaje ligero y se tomó un momento para respirar hondo pensando en que una vez que llegara a la secundaria tendría que enfrentar la falsedad de su grupo de compañeros de clases, pero, sobre todo, resistir el escrutinio constante de Sebastián y la hostilidad latente de Victoria, pero esta vez, ella ya no era la misma presa.
Aprovechando el silencio de la mañana y mientras su familia aún dormían, decidió saltarse el desayuno, colgó su mochila al hombro y caminó con paso decidido hacia la salida de la urbanización, debía usar el transporte público porque a diferencia de Victoria la cual era llevada en el auto de su padre, por el contrario, cuando se trataba de ella siempre había algún inconveniente que la dejaba fuera del auto familiar.
En el pasado esperaba por Sebastián, pero ahora temía que al verlo sintiera arcadas, y simplemente devolviera el contenido de su estómago, porque el recuerdo de sus gemidos, jadeos y gritos, así como las palabras de contenido xxx, aún resonaban en su mente.
No se consideraba una mojigata, pero estaba convencida de que el comportamiento de esos dos era, como mínimo, un caso de estudio clínico.
Y a medida que caminaba hacia la salida de la urbanización hizo una lista mental de lo que debía hacer para afrontar este difícil reto; esbozó una sonrisa cuando recordó las palabras de Damián, porque todos sus compañeros la criticaban sin piedad. Ignorando que ellos estaban llenos de defectos.
Sabía de sus trampas en los exámenes, de sus infidelidades entre otras cosas y para mala suerte de su círculo social, ella los conocía muy bien, y al descubrir que apoyaban las malas intenciones de Victoria hacia ella ya no tenía intenciones de proteger sus secretos.
—De todo ese grupo, solo Constanza vale la pena —murmuró para sí misma mientras subía al bus—Debería advertirle que se aleje de ellos antes de que la arrastren al fondo.
Durante los treinta minutos del trayecto en el bus no se dio cuenta de que Mónica casi colapsa cuando descubrió que ella ya se había ido.
—¿Cómo que esa desgraciada ya se fue? —bramó Mónica.
Mónica no solo estaba enojada porque no pudieron hablar sobre el asunto de la renta, sino que no podían entrar a la habitación de Ada y esa pérdida de control era insoportable para esa venenosa mujer.
hermosa me encantó 💕
en ningún momento ella se dejó almedendrar x esos atorrantes poca cosa , dejan mucho q desear como personas especialmente el padre