Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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El colapso del imperio
Mientras la verdad destruía el mundo de Isabel en la terraza del restaurante, las paredes del despacho de Leonardo Villarreal eran testigos de una batalla igual de despiadada. Gael Sotomayor permanecía inmóvil, con la arrogancia de un soberano, esperando la respuesta a su monstruosa condición.
Leonardo, con el rostro desencajado y la respiración entrecortada, apretó los puños sobre el escritorio de caoba hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El insulto a su honor y el peligro sobre su amada hija encendieron una furia que borró, por un segundo, el terror a la quiebra.
—¡Jamás! —rugió Leonardo, con una voz que vibró con el orgullo herido de la dinastía Villarreal—. ¿Quién se cree que es para venir a mi casa a mercadear con la vida de mi hija? ¡Isabel no es una propiedad, no es una jodida moneda de cambio para sus juegos de poder! ¡Lárguese de mi propiedad antes de que ordene a la seguridad que lo saque a patadas!
Gael no pestañeó. Ni un solo músculo de su rostro se movió ante el arrebato del anciano. Una sonrisa apenas perceptible, fría y carente de cualquier empatía, se dibujó en la comisura de sus labios.
—Su orgullo siempre ha sido su peor enemigo, Villarreal —sentenció Gael, acomodándose los puños de su costosa camisa con total calma—. Su seguridad no me tocará, porque ellos saben, al igual que su abogado, que mañana yo seré el dueño de sus salarios, de esta casa y de cada centavo que cree poseer. Disfrute de sus últimas horas de falsa moral. Mañana, cuando los fiscales vengan a arrastrarlo a una celda, recuerde que usted eligió el orgullo sobre la salvación de los suyos.
Gael dio la media vuelta para marcharse, con la absoluta certeza de que el anzuelo ya estaba enterrado profundamente. Al abrir las pesadas puertas dobles del despacho, una figura femenina dio un paso atrás, sobresaltada.
Era Francisca, la segunda esposa de Leonardo y madre de Samanta. Había estado pegada a la madera, escuchándolo todo. Sus ojos, antes apagados por el pánico de la pobreza inminente, ahora brillaban con una ambición renovada y peligrosa.
Francisca vio pasar a Gael como una exhalación de poder y dinero. En su mente calculadora, las piezas encajaron con rapidez: si la empresa quebraba, ella perdería sus joyas, sus viajes y su estatus en la alta sociedad. Además, si Isabel se casaba con ese magnate implacable, el camino quedaría completamente libre para que su propia hija, Samanta, retuviera a Fabián Vargas, a quien Francisca consideraba el partido perfecto para asegurar el futuro de su estirpe. Isabel tenía que aceptar. No había otra opción.
Al entrar al despacho, Francisca encontró a Leonardo de espaldas, jadeando pesadamente mientras se apoyaba en el borde de la ventana. Felipe, el abogado, intentaba inútilmente calmarlo.
—¡Leonardo, tienes que recapacitar! ¡Ese hombre es la única salida! —exclamó Francisca, acercándose con pasos rápidos, sin un ápice de compasión en la voz—. ¿Vas a arrastrarnos a la miseria por un capricho? ¡Isabel puede casarse con él, salvar el apellido y divorciarse en un año! ¡Es un negocio!
—¡Cállate, Francisca! —rugió Leonardo, girándose con violencia. Sus ojos estaban desorbitados y su rostro había adquirido un tinte purpura alarmante—. ¡No voy a vender a mi hija para mantener tus lujos! ¡Prefiero la cárcel antes de... antes de...
Las palabras se congelaron en la garganta de Leonardo. De repente, sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijos en la nada, llenos de un terror repentino. Su mano derecha se elevó espasmódicamente hacia su pecho, enterrando los dedos en la tela de su camisa, justo sobre el corazón. Un gemido sordo, ahogado, escapó de sus labios.
—Señor... ¿Señor Villarreal? —Felipe dio un paso al frente, alarmado.
Leonardo no respondió. El aire falló en sus pulmones y sus piernas cedieron por completo, desplomándose pesadamente sobre la alfombra persa del despacho. Su respiración se volvió un silbido agónico mientras el sudor frío empapaba su frente. Estaba sufriendo un infarto.
—¡Llama a una ambulancia, Felipe! ¡Ahora mismo! —gritó Francisca, fingiendo pánico.
Sin embargo, mientras el abogado corría desesperado hacia el teléfono del escritorio, la mente de Francisca trabajó con una frialdad espeluznante. Miró a su esposo tendido en el suelo, luchando por su vida, y vio la oportunidad perfecta. El destino le estaba entregando el arma definitiva para doblegar a Isabel Villarreal sin que ella tuviera que ensuciarse las manos. El infarto de Leonardo no era una tragedia; era la palanca perfecta para su manipulación.
Treinta minutos después, los pasillos de la clínica privada eran un eco de urgencia y desolación. Las luces fluorescentes parpadeaban sobre Isabel, quien acababa de llegar corriendo desde el restaurante, con el vestido de noche desarreglado, las lágrimas surcando su rostro y el corazón completamente roto por la traición de Fabián.
No había tenido tiempo ni de procesar la humillación cuando recibió la llamada del colapso de su padre.
Francisca la esperaba en la sala de espera privada. Al ver entrar a su hijastra, la mujer transformó de inmediato su expresión en una máscara de dolor absoluto y desesperación ensayada. Se cubrió el rostro con un pañuelo, sollozando con fuerza teatral.
—¡Isabel! ¡Qué desgracia, hija mía, qué desgracia! —exclamó Francisca, corriendo a abrazarla para evitar que viera la frialdad en sus ojos.
—¿Cómo está mi papá, Francisca? ¿Qué pasó? ¡Dime algo, por favor! —suplicó Isabel, temblando descontroladamente, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo sus pies por segunda vez en la misma noche.
Francisca la apartó suavemente, tomándola por los hombros y mirándola con una gravedad que helaba la sangre. Era el momento de dar el golpe de gracia.
—Tu padre se está muriendo, Isabel... Y la culpa es de la ruina en la que estamos —soltó Francisca, dejando caer la bomba sin anestesia—. Nos han estafado. Las empresas Villarreal están en la quiebra absoluta, las cuentas están congeladas y mañana tu padre iba a ser arrestado por malversación. Su corazón no pudo soportar el peso de saber que perderíamos todo y que él terminaría en prisión.
Isabel retrocedió un paso, con los ojos abiertos por el shock. La revelación la golpeó como un impacto físico.
—No... no puede ser verdad... Mi papá no es un criminal —balbuceó Isabel, negando con la cabeza.
—No lo es, pero el mundo es cruel —continuó Francisca, apretando el agarre en sus hombros, clavando sus palabras como puñales—. Pero hay una esperanza, Isabel. Un hombre... un magnate poderosísimo llamado Gael Sotomayor vino al despacho justo antes del ataque. Él ofreció pagar cada centavo de la deuda, salvar la empresa y limpiar el nombre de tu padre. Iba a ser nuestro milagro.
—¿Y por qué papá no aceptó? —preguntó Isabel, con un hilo de voz, intuyendo la terrible respuesta.
Francisca fingió una mirada de profunda pena, soltando un suspiro trágico.
—Porque ese hombre puso una condición condenable, Isabel. Él no quiere dinero. Dijo que salvará a tu padre y a nuestra familia solo si tú te conviertes en su esposa. Tu padre prefirió infartarse y elegir la muerte antes de sacrificar tu libertad. Ahora la vida de Leonardo está en tus manos, Isabel. Si no firmas ese contrato matrimonial con Gael Sotomayor, tu padre saldrá de esta clínica directo a una tumba o a una prisión. Tú decides si lo dejas morir.
Isabel sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Atrapada entre el eco de la traición de Fabián y la agonía de su padre, miró el abismo que se abría ante ella. El tablero de Gael Sotomayor la había acorralado por completo.