Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
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Solo nosotros dos Capítulo 17: Lo que el tiempo nos enseñó
Pasaron los meses y Luca cumplió tres años. Era un niño inquieto, de ojos brillantes y siempre con una pregunta en la boca: “¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué las hojas se caen? ¿Por qué tú eres mi papá?”. Y cada vez que preguntaba eso último, Mateo y Lucas se miraban y sonreían, porque sabían que no era una duda sobre quiénes eran, sino una forma de preguntar cómo había sido posible que se encontraran, que se amaran y que llegaran a tenerlo a él.
Una tarde lluviosa, mientras el agua golpeaba suavemente las ventanas y Luca jugaba con sus juguetes en la alfombra de la sala, Mateo se sentó junto a él y le acarició el pelo suave.
—¿Quieres que te cuente cómo empezó todo? —le preguntó.
El niño soltó el cochecito que tenía en la mano y asintió con fuerza, acomodándose entre las piernas de Mateo. Lucas trajo tres tazas de chocolate caliente y se sentó al lado, listo para escuchar y para agregar los detalles que solo él conocía.
—Hace mucho tiempo —empezó Mateo, con voz tranquila—, yo era una persona que no se sentía bien en su propio cuerpo. Crecí escuchando cosas que no eran para mí: me llamaban por un nombre que no era el mío, me decían cómo debía vestirme, cómo debía ser… y yo me sentía como si estuviera viviendo la vida de otra persona. Lloraba muchas veces en silencio, pensando que nunca podría ser quien realmente era, que tendría que ocultarme para siempre. Pero yo sabía, aquí en el corazón —se puso la mano en el pecho—, que yo era un hombre. Que ese era mi verdadero yo, aunque me costara mucho demostrarlo al mundo.
Hizo una pausa y miró a Lucas, que le sostenía la mano con cariño.
—Y entonces llegó la lluvia, y llegó él. Chocamos bajo un paraguas, y desde el primer momento él me vio a mí. No vio el cuerpo que tenía entonces, no vio lo que la gente esperaba de mí: vio al hombre que yo siempre fui. Me llamó por mi nombre sin dudar, me respetó desde el primer segundo, y me enseñó que no tenía que pedirle permiso a nadie para ser feliz.
Luca lo miraba con la boca entreabierta, como si estuviera escuchando la historia más mágica del mundo.
—¿Y fue difícil? —preguntó bajito.
—Muchas veces sí —admitió Lucas—. Hubo gente que no entendió, que dijo cosas feas, que intentó separarnos o decirnos que no podíamos formar una familia. Hubo días en que Mateo tenía miedo de que yo me fuera, de que al final yo también dejara de verlo como el hombre que es. Pero nunca pasó. Porque lo que sentimos es más fuerte que cualquier palabra, más fuerte que cualquier miedo.
Mateo asintió, y se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar esos días.
—Cuando decidimos que queríamos tenerte, mi amor, sentí miedo otra vez. Pensé: “¿Podré hacerlo? ¿Seré capaz de llevarlo en mi vientre sin perder lo que soy? ¿La gente dirá que no es correcto?”. Pero Lucas me dijo algo que nunca olvidaré: “Nada te quita lo que eres. Tú eres tú, siempre, y serás el papá más valiente que exista”. Y así fue: te llevé conmigo, te cuidé cada segundo, y cada patada tuya me recordaba que estaba haciendo lo correcto, que estaba construyendo el hogar que siempre soñé.
Luca se quedó callado un buen rato, pensando en todo lo que había escuchado. Luego se levantó y abrazó primero a Mateo, y luego a Lucas, con todas sus fuerzas.
—Son los papás más valientes del mundo —dijo con su vocecita clara—. Y son los mejores. No me importa lo que digan los demás. Yo los quiero así, tal como son.
Esa tarde, mientras Luca se distraía mirando cómo corrían las gotas por el vidrio, Lucas se acercó a Mateo y lo abrazó por la espalda.
—¿Te das cuenta de lo que hemos hecho? —le dijo al oído—. No solo tuvimos un hijo. Le enseñamos a ver el mundo con el corazón, sin etiquetas, sin prejuicios. Le enseñamos que el amor no tiene forma fija, que cada uno elige su propio camino.
—Sí —respondió Mateo, recostando la cabeza en su hombro—. Y también nos enseñamos nosotros. Aprendimos que ser valiente no es no tener miedo, sino tener miedo y seguir adelante igual. Aprendimos que la familia no es lo que la gente dice que debe ser, sino lo que nosotros construimos con amor. Aprendimos que yo sigo siendo yo, después de todo: después de la transición, después del embarazo, después de los cambios. Cada parte de mi historia es parte de mí, y todo eso me llevó hasta aquí, hasta ustedes dos.
Pasaron las horas y la lluvia se detuvo. Al atardecer salió un arcoíris sobre el cielo gris, y los tres salieron al porche a mirarlo. Mateo tomó las manos de los dos, una en cada una, y sintió que el corazón le iba a estallar de felicidad. Habían recorrido un camino largo, lleno de curvas y obstáculos, de momentos de oscuridad y de luz. Pero nunca se habían soltado. Y ahora sabían que el futuro traería más cosas: preguntas nuevas, desafíos, momentos hermosos y también difíciles. Pero nada los asustaba, porque sabían la verdad más grande de todas: que mientras estuvieran juntos, podían con todo. Que su historia no tenía que parecerse a ninguna otra, porque era única, era suya, y estaba escrita con el amor más verdadero del mundo: el amor que empezó entre ellos dos, y que ahora los unía a los tres para siempre.
—Siempre seremos así —susurró Mateo—. Solo nosotros dos, construyendo nuestra vida, paso a paso.