Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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El profesor Ferrer
Siempre imaginé que todos los profesores universitarios se parecían entre sí.
Camisas a cuadros.
Lentes.
Una extraña obsesión por leer diapositivas durante dos horas seguidas y esa habilidad sobrenatural para convertir cualquier tema interesante en el mejor remedio contra el insomnio.
Qué equivocada estaba.
En cuanto levanté la vista entendí por qué medio campus hablaba de él.
No era solo porque fuera un hombre atractivo.
Aunque sería absurdo negarlo.
Era otra cosa.
Tenía esa clase de presencia que obligaba a una habitación entera a guardar silencio sin necesidad de pedirlo.
Estaba de pie junto al escritorio, con una mano apoyada sobre un libro grueso y la otra sosteniendo un marcador negro.
Vestía una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los antebrazos, un pantalón oscuro y un reloj de cuero negro que apenas llamaba la atención. Su cabello castaño estaba ligeramente despeinado, como si hubiera pasado varias veces la mano por él mientras preparaba la clase.
No necesitaba levantar la voz.
Ni adoptar esa postura de yo mando aquí.
Simplemente transmitía autoridad.
Y eso resultaba peligrosamente atractivo.
No, Julieta.
Ni siquiera sabes cómo califica los exámenes.
—Bienvenida, señorita Romero.
Su voz era más grave de lo que imaginaba. No sonaba dura. Sonaba tranquila.
Como la de alguien que nunca tiene prisa porque siempre sabe exactamente lo que está haciendo.
—Gracias... profesor.
—Puede tomar asiento.
Miré la única silla libre.
Primera fila.
Perfecto.
El universo seguía empeñado en humillarme.
Mientras caminaba hasta mi puesto sentía las miradas de todos sobre mí.
Primer día llegando tarde y sentándome justo frente al profesor.
Mi reputación académica acababa de morir antes de empezar.
Dejé la mochila sobre el escritorio intentando hacer el menor ruido posible.
No funcionó.
El cierre se atoró el cuaderno cayó al suelo y mi botella de agua salió rodando por el pasillo.
Cerré los ojos.
No.
Por favor, no.
Antes de que pudiera agacharme, una mano apareció frente a mí.
El profesor recogió la botella y la dejó sobre mi mesa.
—Creo que intenta huir de usted.
Las risas recorrieron el salón.
Sentí las mejillas arder.
—Creo que sí.
Por un instante, una ligera sonrisa apareció en sus labios.
Después volvió a girarse hacia el tablero y continuó la clase como si nada hubiera ocurrido.
No se burló.
No aprovechó el momento para exhibirme frente a todos y aunque parezca una tontería, agradecí ese pequeño gesto.
Muchos profesores disfrutan haciendo sentir torpes a los estudiantes.
Él no.
Escribió una frase en el tablero.
La conducta nunca aparece por casualidad.
Dejó el marcador sobre el escritorio y cruzó los brazos.
—Antes de hablar de teorías, quiero hacerles una pregunta.
Su mirada recorrió lentamente el salón.
—¿Cuántos de ustedes creen conocer bien a las personas que aman?
Casi todas las manos se levantaron. La mía también.
—Perfecto. Entonces díganme... ¿Cómo saben que realmente las conocen?
El silencio fue inmediato.
Una chica respondió primero.
—Porque vivimos con ellas.
—¿Eso garantiza conocerlas?
Ella dudó.
—No...
Otro estudiante levantó la mano.
—Porque confiamos en ellas.
—¿La confianza elimina los secretos?
El muchacho negó despacio.
El profesor sonrió apenas.
No era una sonrisa completa.
Solo esa pequeña curva en la comisura de los labios que aparecía cuando alguien decía algo interesante.
—Las personas creen que conocen a los demás porque conocen la versión que los otros deciden mostrar.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Pero todos escondemos algo Todos.
El salón quedó completamente en silencio. Yo también.
No porque aquella frase fuera revolucionaria.
Sino por la absoluta convicción con la que la dijo.
Como si hubiera visto suficientes vidas para afirmarlo sin miedo a equivocarse y por primera vez en mucho tiempo...
Olvidé mirar el reloj.
La clase pasó volando.
No hubo diapositivas.
No hubo dictados interminables.
Solo preguntas.
Preguntas que te obligaban a pensar incluso cuando estabas convencida de tener la respuesta correcta.
Cada vez que alguien respondía, el profesor no decía si estaba bien o mal.
Simplemente hacía otra pregunta.
Y otra.
Y otra.
Hasta que la respuesta aparecía por sí sola.
Era desesperante y fascinante al mismo tiempo.
—Señorita Romero.
Parpadeé.
Maldición.
Otra vez yo.
—Sí...
—Si una persona sonríe mientras miente... ¿Significa que disfruta hacerlo?
Abrí la boca, la cerré, volví a abrirla.
—Depende.
Él arqueó una ceja.
—¿De qué depende?
Excelente pregunta.
Ojalá tuviera idea.
—Del... contexto.
Muy bien, Julieta. Acabas de descubrir que el contexto existe. Qué aporte tan extraordinario.
Varias personas soltaron una risa.
Yo solo quería desaparecer debajo del escritorio.
—Explíquelo.
Tragué saliva.
—No todas las sonrisas significan felicidad. Algunas personas sonríen cuando están nerviosas... otras cuando intentan ocultar algo... o...
Las palabras dejaron de salir.
El silencio empezó a hacerse incómodo.
Podía sentir mi corazón golpeándome las costillas.
Entonces él habló.
—La idea no es incorrecta.
Levanté la vista.
Seguía observándome con la misma calma de siempre.
—Solo está incompleta.
Tomó el marcador y escribió una sola palabra en el tablero.
Contexto.
Después se volvió hacia el resto del salón.
—La señorita Romero acaba de mencionar el concepto más importante de toda la clase.
Sentí que todas las miradas volvían a dirigirse hacia mí.
—Jamás interpreten una conducta de forma aislada. Una sonrisa. Una lágrima. Un abrazo. Nada tiene significado sin el contexto que lo rodea.
Los estudiantes comenzaron a escribir de inmediato.
Yo no.
Seguía mirándolo.
Acababa de rescatarme de hacer el ridículo frente a treinta personas y lo había hecho sin hacerme sentir menos inteligente.
No sabía por qué.
Pero ese gesto me impresionó más que cualquier teoría.
Cuando sonó el timbre, todos empezaron a guardar sus cosas.
Emma apareció a mi lado con una sonrisa divertida.
—¿Sobreviviste?
—Por muy poco.
—Te llamó dos veces.
Eso ya es un récord.
—No me ayudes.
Ella soltó una carcajada antes de salir del salón.
Guardé el cuaderno. El estuche. La botella de agua, que milagrosamente seguía conmigo.
Me colgué la mochila al hombro y estaba a punto de cruzar la puerta cuando una voz volvió a detenerme.
—Señorita Romero.
Respiré hondo.
¿Qué hice ahora?
Me giré lentamente.
El profesor Ferrer acomodaba unos libros sobre el escritorio. Ni siquiera me estaba mirando.
—¿Sí, profesor?
—Un momento.
Esperé en silencio.
Cuando cerró el último libro levantó la vista.
—La próxima vez... procure llegar cinco minutos antes.
Sentí que las orejas me ardían.
—Lo intentaré.
Él negó apenas con la cabeza.
—No.
Su tono seguía siendo sereno, pero había una firmeza imposible de ignorar.
—No lo intente. Hágalo.
Asentí como una niña a la que acababan de regañar.
—Sí, profesor.
Di media vuelta y salí casi huyendo. Apenas crucé la puerta apoyé la espalda contra la pared y solté todo el aire que llevaba conteniendo.
Qué hombre tan...
Suspiré.
No.
No iba a decir atractivo.
Eso sería demasiado superficial.
Qué hombre tan... Interesante.
Y, sin saber por qué, tuve la extraña sensación de que aquella no sería la última vez que el profesor Ferrer lograría dejarme sin palabras.