La familia de Valentina está al borde de la ruina. Para salvar el apellido y las empresas familiares, ella acepta —o es prácticamente obligada— a casarse con un ranchero millonario de un pequeño pueblo del sur. Ella esperaba un hombre viejo y desagradable. En cambio encuentra a: Ethan Blackwood Treinta y pocos. Alto. Callado. Brutalmente atractivo. Dueño de miles de hectáreas, ganado premiado y medio pueblo. Un hombre que vive con botas embarradas, monta caballos al amanecer y odia todo lo que representa la alta sociedad de la ciudad. Y ahora tiene una esposa que llega al rancho con tacones, maletas de diseñador y cero idea de cómo sobrevivir lejos del wifi.
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Sin luz
La cena terminó más tarde de lo que:
Valentina Rossi
esperaba.
Y honestamente, eso la sorprendía.
Había entrado al comedor preparada para sobrevivir una tortura social… pero en lugar de eso encontró algo peor:
comodidad.
No completa.
No real todavía.
Pero suficiente para desarmarla un poco.
Y eso era peligroso.
—Martha, creo que acabas de enamorar a nuestra futura esposa —comentó
Noah Blackwood
mientras tomaba otro pedazo de pan.
—No la molestes —lo retó
Martha Greene
.
—Estoy siendo amable.
—Eso en tu idioma significa desastre.
Valentina dejó escapar una pequeña risa antes de poder detenerse.
Y todos parecieron notarlo.
Especialmente:
Ethan Blackwood
Sus ojos claros se movieron hacia ella inmediatamente.
No fue una mirada intensa.
Fue peor.
Una tranquila.
Como si estuviera viendo algo que no esperaba encontrar.
Valentina tomó agua rápidamente para evitar pensar en eso.
—Entonces —continuó Noah—, ¿qué hacías en Nueva York además de gastar dinero?
—Noah —advirtió
William Blackwood
.
—¿Qué? Tengo curiosidad.
Valentina apoyó el vaso.
—Trabajaba con relaciones públicas para una de las empresas de mi familia.
Eso pareció llamar la atención de Ethan.
—¿Trabajabas?
Ella levantó una ceja.
—Sí. Algunas personas ricas hacen cosas además de comprar bolsos.
Noah soltó una risa fuerte.
William ocultó una sonrisa detrás de su copa.
Y Ethan…
Ethan inclinó apenas la cabeza.
—Interesante.
—¿Qué cosa?
—Esperaba que odiaras ensuciarte las manos.
Ella apoyó ambos brazos sobre la mesa.
—No me gusta ensuciarme las manos.
—Entonces Montana será divertido para ti.
Dios.
Ese hombre convertía cada frase en un desafío.
Valentina estaba por responder cuando una tormenta explotó afuera.
El trueno hizo vibrar ligeramente las ventanas.
Y segundos después…
las luces parpadearon.
Luego todo quedó oscuro.
Silencio.
Valentina se quedó inmóvil.
—No me digan que esto es normal —murmuró.
—Muy normal —respondió Noah tranquilamente.
—Absolutamente no.
Martha ya estaba encendiendo velas como si ocurriera todos los días.
Lo cual aparentemente era verdad.
La habitación comenzó a iluminarse con pequeñas luces cálidas y sombras doradas.
Y el ambiente se volvió extrañamente íntimo.
Demasiado íntimo.
Valentina escuchó el viento golpeando afuera mientras intentaba ignorar el hecho de que:
esto era hermoso.
De una manera tranquila y antigua.
No como Nueva York.
Esto no brillaba.
Respiraba.
—La electricidad volverá pronto —comentó Ethan.
Ella giró apenas hacia él.
Las velas iluminaban parcialmente su rostro, marcando la línea de su mandíbula y esos ojos imposibles.
Mal momento para notar que era atractivo.
Muy mal momento.
—¿Y si no vuelve?
—Tenemos generadores.
—Claro que tienen generadores.
Noah sonrió.
—Empiezas a sonar menos aterrada.
—Sigo aterrada.
—Pero sigues aquí.
Eso hizo que el silencio durara un segundo más.
Porque era cierto.
Podía odiar todo aquello.
Podía sentirse perdida.
Pero seguía ahí.
Y quizá eso decía algo de ella que ni siquiera conocía todavía.
Entonces otro trueno sonó más fuerte.
Valentina se sobresaltó apenas.
Pequeño movimiento.
Casi imperceptible.
Pero Ethan lo vio.
Y algo extraño apareció en su mirada.
Atención.
Protección.
Como si automáticamente hubiera registrado cada reacción suya desde que llegó.
Eso la puso nerviosa de una forma completamente distinta.
—¿Le tienes miedo a las tormentas, princesa? —preguntó él con voz tranquila.
Valentina levantó la barbilla inmediatamente.
—No me llames princesa.
—No respondiste la pregunta.
Ella sostuvo su mirada.
Y por primera vez desde que llegó al rancho…
no quiso apartar los ojos primero.
—No le tengo miedo a nada.
Ethan observó su expresión desafiante unos segundos.
Luego una pequeña sonrisa apareció en su boca.
Lenta.
Peligrosa.
—Eso definitivamente es mentira.