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El Mafioso Que Me Eligió

El Mafioso Que Me Eligió

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria del Rosario González

Soraya es una estudiante común cuya vida se rompe cuando la deuda de su padre la vincula con un mundo peligroso dominado por intereses ocultos. Entre Víctor, su novio, y Sebastián, un hombre enigmático ligado a esa deuda, su realidad comienza a distorsionarse.
Lo que parece un triángulo amoroso pronto revela algo más profundo: fuerzas invisibles que intentan influir en su vida, definir quién es y controlar sus decisiones.
Cuando todo contacto con su pasado empieza a cortarse, Soraya descubre que no está eligiendo entre dos hombres, sino entre ser moldeada por otros o reconstruirse desde cero.
Al final, su mayor decisión no es amorosa… es identitaria: dejar de ser definida por todos para convertirse en sí misma.

NovelToon tiene autorización de Maria del Rosario González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: La caída de los pilares

​El aire dentro del búnker se volvió irrespirable. La explosión final fue violenta; la puerta de acero, que había resistido décadas de secretos, se retorció como una lámina de hojalata antes de salir despedida hacia el interior, llenando la estancia de esquirlas y polvo cegador. Soraya se cubrió el rostro, sintiendo el impacto de los escombros contra su cuerpo. A través de la bruma, vio cómo la figura de Sebastián se interponía entre ella y la entrada, con su pistola lista, la mandíbula apretada y esa mirada gélida que ya no era de un coleccionista, sino de un centinela dispuesto a todo.

​No entraron soldados. Entró un solo hombre.

​Su padre, el hombre que ella recordaba con cariño en las tardes de pintura, el mismo que le había ocultado la verdad sobre su herencia, cruzó el umbral. Pero ya no era su padre. Su postura era recta, sus ojos emitían una frialdad matemática que superaba incluso a la de Sebastián. Tras él, escoltado por guardias que no mostraban ni una gota de humanidad, caminaba el Patriarca de la dinastía. La imagen era tan surrealista que Soraya sintió que su mente se fragmentaba.

​—Habéis cometido un error irreparable —dijo el Patriarca, su voz resonando con una autoridad que parecía vibrar en las mismas paredes—. Creéis que publicar la verdad nos destruye. Solo habéis despejado el camino para que el nuevo orden comience.

​Sebastián rió, un sonido despojado de toda máscara, lleno de un resentimiento acumulado durante años.

—El nuevo orden comienza con tu funeral, padre. Lo que ella ha subido a la red no son solo datos; es la cuenta pendiente de cada familia que habéis extorsionado. La ciudad ya no os pertenece.

​Soraya, oculta tras el pilar, observó la escena. Su belleza, iluminada por los flashes de las alarmas, contrastaba con la fealdad moral de los hombres que tenía frente a ella. En ese momento, comprendió algo crucial: su padre no estaba allí para salvarla, sino para terminar el trabajo que la facción rival había empezado. La traición era absoluta.

​—Soraya —dijo su padre, y por un segundo, su voz sonó como un eco de aquel pasado que ella tanto añoraba—. Entrégales el anillo. Si lo haces, te dejarán marchar. Puedes volver a tus pinturas, a tu vida tranquila. Nadie tiene por qué morir hoy.

​Ella dio un paso al frente, obligando a Sebastián a retroceder ligeramente. El anillo, esa pieza de plata oscura, brillaba en su mano como si tuviera vida propia.

​—Ya no hay vida tranquila, papá —respondió ella, con una calma que sorprendió a todos—. Me vendiste como si fuera una mercancía, me ocultaste mi propia sangre y me lanzaste a un juego donde mi única opción era morir o convertirme en lo mismo que vosotros.

​El Patriarca dio un paso adelante, el cañón de su arma apuntando directamente al pecho de Sebastián.

—Cámbialo, niña. El anillo por la vida del traidor.

​El tiempo pareció detenerse. Soraya miró a Sebastián. Él no le pidió que lo hiciera. No hubo súplicas, solo una aceptación absoluta de su destino. Había una paz extraña en sus ojos, una devoción que ella tardó tanto tiempo en descifrar. Él estaba dispuesto a morir para que ella no tuviera que cargar con la culpa de su elección.

​—No —dijo Soraya, levantando el anillo hacia la luz de los focos.

​—¿Qué haces? —rugió el Patriarca.

​—Lo que nunca os atrevisteis a hacer —respondió ella.

​Con un movimiento preciso, Soraya dejó caer el anillo en una ranura de drenaje que recorría el centro del búnker, justo donde los cables de alta tensión de la mansión se conectaban con la red principal de la ciudad. El metal tocó el circuito. Una descarga eléctrica de una magnitud inimaginable recorrió la estancia, un relámpago artificial que cegó a todos los presentes. El sistema de autodestrucción del búnker, activado por la sobrecarga, comenzó a emitir un sonido agudo, una cuenta atrás que se sentía como el pulso del fin del mundo.

​Sebastián no perdió un segundo. Lanzándose sobre el Patriarca, le arrebató el arma en un movimiento brutal. El caos estalló; los guardias comenzaron a disparar, pero la estructura del búnker, debilitada por la sobrecarga eléctrica, empezó a ceder.

​—¡Corre, Soraya! —gritó Sebastián, lanzándole una llave que había arrebatado a uno de los guardias—. ¡La salida de servicio, detrás del panel de los mapas!

​Ella no miró atrás. Corrió con una determinación que quemaba sus pulmones, mientras las paredes a su alrededor comenzaban a derrumbarse. El edificio entero, el símbolo del legado y la opresión, estaba colapsando bajo el peso de su propia corrupción. Salió a la superficie justo cuando la mansión se tragaba a sí misma en una implosión de fuego y polvo.

​Se quedó allí, de rodillas sobre la tierra húmeda del bosque, viendo cómo la jaula de cristal, el búnker y todo lo que habían construido aquellos hombres se convertía en cenizas.

​Minutos después, entre la humareda, una figura emergió caminando lentamente. Era Sebastián. Estaba herido, cubierto de polvo y sangre, pero vivo. Se detuvo ante ella, y por primera vez, no hubo jerarquías, no hubo deudas, no hubo obsesiones. Solo dos personas que habían sobrevivido a un incendio que ellos mismos habían provocado.

​—Se acabó —dijo él, respirando con dificultad.

​Soraya se puso en pie, limpiándose el rostro con la mano. Su mirada era distinta; era la mirada de alguien que ha visto el final de la historia y ha sobrevivido para contarlo.

​—No, Sebastián —respondió ella, mirando el horizonte donde las luces de la ciudad empezaban a apagarse, una a una, tras el ataque cibernético que ella misma había desatado—. Esto es solo el principio.

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pryz
Hola belleza, leí y no entendí nada pero parece buena, sigamos adelante 😉
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