La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 2
—Vete.
Valeria miró a la mujer que permanecía junto a la puerta con una bandeja entre las manos. La pobre tenía el rostro pálido y los ojos llenos de terror, como si estuviera esperando que alguien la ejecutara de un momento a otro.
Y, considerando que aquella mansión pertenecía a la mafia, quizá no estaba exagerando tanto.
—Pero, señorita, tengo que darle su medicina al señor Damián…
—¿Y por qué no se la das tú?
La mujer miró hacia la cama, donde el joven permanecía sentado con el rostro vuelto hacia la ventana.
—Porque no me deja acercarme.
Como si hubiera escuchado aquellas palabras, Damián tomó un vaso de la mesita y lo lanzó contra la pared.
¡CRASH!
Valeria dio un respingo.
La mujer casi dejó caer la bandeja.
—¡FUERA! —rugió el mafioso.
—Sí, señor. ¡Enseguida, señor!
La empleada dejó la bandeja en las manos de Valeria y salió corriendo.
Literalmente.
Valeria la vio desaparecer por el pasillo y después miró la bandeja que le habían encajado.
Había un vaso de agua, un pequeño recipiente con pastillas y una hoja con instrucciones médicas.
Leyó la nota.
Administrar una dosis cada ocho horas. No suspender el tratamiento sin autorización médica.
Valeria asintió para sí misma.
—Entendido.
Dejó la bandeja sobre una mesa y se volvió hacia el hombre que acababa de destruir un vaso perfectamente bueno.
—Ven. Tienes que tomar la medicina.
Damián giró la cabeza hacia su voz.
—¿Qué has dicho?
—Que tienes que tomar la medicina.
—Lárgate.
Valeria suspiró.
—Mira, no sé qué clase de vida llevabas antes de que yo llegara, pero ahora mismo soy la única persona que parece dispuesta a acercarse a menos de dos metros de ti. Así que vamos a llevarnos bien.
—Te daré una última oportunidad para salir de mi habitación.
—Y yo te daré una última oportunidad para tomarte esa maldita medicina.
El silencio que siguió fue tan absoluto que Valeria llegó a preguntarse si acababa de firmar su propia sentencia de muerte.
Entonces Damián se levantó.
—¡HE DICHO QUE TE LARGUES!
Agarró una lámpara y la lanzó al suelo.
Después tiró un libro, un cenicero y todo lo que encontró al alcance de sus manos.
Valeria se quedó paralizada.
—¡¿PERO QUÉ TE PASA?!
—¡NO ME DIGAS LO QUE TENGO QUE HACER!
—¡PUES DEJA DE ROMPER LAS COSAS!
Damián barrió con el brazo una pila de objetos que cayó estrepitosamente al suelo.
Valeria se llevó las manos a la cabeza.
¡Aquel hombre estaba completamente loco!
Y lo peor era que ella tendría que limpiar aquel desastre.
Miró los pedazos de porcelana esparcidos por la alfombra. Después observó al joven, que respiraba agitadamente mientras buscaba algo más que destruir.
Una idea cruzó por su mente.
Era una idea estúpida.
Una idea peligrosa.
Una idea que probablemente haría que terminara en el estanque con los peces.
Pero, a esas alturas, ¿qué otra opción tenía?
Valeria agarró una sábana de la cama.
—¡Muy bien, se acabó!
Se abalanzó sobre él y le echó la sábana encima, envolviéndole los brazos contra el cuerpo antes de que pudiera reaccionar.
—¡¿QUÉ DEMONIOS HACES?! —rugió Damián.
—¡EVITAR QUE DESTRUYAS MI LUGAR DE TRABAJO!
—¡SUÉLTAME, MALDITA LOCA!
El joven se revolvió con tanta fuerza que ambos estuvieron a punto de caer al suelo.
Valeria apretó los dientes y tiró de la tela para mantenerle los brazos sujetos. No tenía ni idea de cómo había conseguido envolver a un hombre bastante más fuerte que ella, pero ahora que lo había hecho, no pensaba soltarlo.
—¡TE VOY A MATAR! —gritó él.
—¡SÍ, SÍ, YA ME LO HAS DICHO! ¡PONTE A LA FILA!
Con un esfuerzo considerable, consiguió conducirlo hasta la cama.
Damián cayó sentado sobre el colchón. Valeria aprovechó el momento para acomodar la sábana alrededor de sus brazos y evitar que siguiera agitándolos.
Después se inclinó sobre él, apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo.
—Solo necesito que te calmes.
Damián se revolvió debajo de ella.
—¡QUÍTATE DE ENCIMA!
—¡DEJA DE MOVERTE!
—¡TE VOY A ARRANCAR LA CABEZA!
—¡Y YO TE VOY A DAR LA MEDICINA!
Ambos se quedaron respirando agitadamente.
Valeria tenía algunos mechones de cabello pegados a la cara y la blusa arrugada. Damián parecía a punto de cometer un asesinato.
Lo cual, considerando las circunstancias, no era precisamente una novedad.
El joven volvió a intentar liberarse, pero la sábana seguía manteniendo sus brazos sujetos contra el cuerpo.
—¡MALDITA SEA!
Valeria apretó los labios.
Qué tal esta fiera pidiendo por favor que lo suelte. Ni que estuviera tratando de domar a un tigre.
—Bien, bien… —dijo él de pronto, con la voz tensa—. Bájate, por favor.
Valeria parpadeó.
¿Acababa de escuchar bien?
¿Damián acababa de decir por favor?
El mismo hombre que había amenazado con matarla tres veces en menos de diez minutos.
La misma bestia que había convertido una habitación de lujo en un campo de batalla.
¡Milagro! ¡El demonio conoce los buenos modales!
—Lo siento —respondió ella, intentando mantener una expresión seria—, pero ya has roto demasiadas cosas. Y luego soy yo quien tiene que limpiar.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Que no pienso soltarte hasta que dejes de destrozar la habitación.
—¡NO ESTOY DESTROZANDO NADA AHORA MISMO!
—Exactamente. ¡Así me gusta!
Valeria se incorporó y se sentó a su lado.
El mafioso giró el rostro hacia ella, con la mandíbula tan tensa que parecía que iba a romperse los dientes.
—Desátame.
—Primero la medicina.
—No.
—Damián…
—No.
—Cariño, no me obligues a volver a envolverte como un burrito.
El joven apretó los labios.
—¿Cómo me has llamado?
—¿Burrito?
—Antes.
Valeria lo miró con cautela.
—¿Cariño?
Damián giró la cabeza hacia el techo.
—Voy a matarte.
—Está bien, como quieras.
Ella se levantó, tomó la bandeja y regresó a su lado.
—Abre la boca.
—No.
—Damián.
—No.
Valeria dejó la bandeja sobre la cama.
Lo observó durante unos segundos y, por primera vez, reparó en que sus manos seguían temblando ligeramente bajo la sábana.
Su respiración todavía era irregular.
Aquella rabia parecía demasiado intensa para tratarse de una simple discusión por una medicina.
Valeria frunció el ceño.
—Oye…
Él volvió el rostro hacia ella.
—¿Qué?
—¿Te duele algo?
La expresión de Damián se endureció.
—No es asunto tuyo.
Valeria suspiró.
—Claro que no. Nada es asunto mío. No debo hablarte, no debo acercarme, no debo tocar tus cosas y, por lo visto, tampoco debo dejar que te hagas daño. ¿Sabes qué? Empiezo a entender por qué nadie quiere trabajar aquí.
Él no respondió.
Ella tomó el vaso de agua y comprobó nuevamente las instrucciones de la medicina.
—No voy a obligarte a contarme tus problemas. Ni siquiera me interesa conocerlos. Pero tengo que darte esto siguiendo las indicaciones del médico, y tú necesitas dejar de pelear conmigo durante cinco minutos.
Damián permaneció en silencio.
Valeria acercó el vaso a su mano.
—Por favor.
El joven volvió el rostro hacia ella.
Quizá fue la palabra.
Quizá fue el tono cansado con el que la pronunció.
O quizá simplemente estaba agotado de luchar.
Después de unos segundos, asintió una sola vez.
Valeria aflojó la sábana lo suficiente para permitirle mover una mano y le entregó el vaso. Luego le ayudó a tomar la medicina tal como indicaba la hoja médica.
Cuando terminó, retiró la sábana de sus brazos.
Damián no intentó golpearla.
Tampoco volvió a gritar.
Simplemente se quedó sentado en la cama, con las manos apoyadas sobre las rodillas.
Valeria recogió la bandeja.
—¿Ves? No era tan difícil.
—Cállate.
—Y volvemos a empezar.
Ella se puso de pie y contempló la habitación.
Había cristales en el suelo, una lámpara destrozada, libros desparramados y un jarrón que probablemente costaba más que todos sus muebles juntos.
Valeria se arremangó.
—Bueno, manos a la obra.
Durante los siguientes veinte minutos, limpió el desastre mientras Damián permanecía sentado en silencio.
Recogió los pedazos de porcelana, colocó los libros en su sitio y apartó los muebles que habían quedado fuera de lugar. Después consiguió una escoba y un recogedor que encontró en un armario del pasillo.
Cuando terminó, tenía la espalda dolorida y unas ganas terribles de acostarse.
Damián, en cambio, parecía haber recuperado suficiente energía para volver a amenazarla.
—Cuando mejore, te mataré.
Valeria se detuvo con el recogedor en la mano.
Lo miró.
Suspiró.
—Está bien. Como quieras.
Y siguió limpiando.
El joven frunció el ceño.
¿Eso era todo?
¿Ni siquiera iba a suplicarle por su vida?
—¿Me has escuchado?
—Sí.
—He dicho que te mataré.
—Y yo te he dicho que está bien.
—¿No tienes miedo?
Valeria dejó la escoba apoyada contra la pared.
—Por supuesto que tengo miedo. No estoy loca.
Damián apretó los dedos alrededor de la sábana.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
Ella lo miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque tus hombres me dijeron que, si no te cuidaba, me mandarían con los peces.
El joven se quedó callado.
Valeria recogió la bandeja y se dirigió hacia la puerta.
—Además, no tengo ganas de morir. Tengo muchas cosas que hacer todavía.
—¿Como qué?
Ella se detuvo.
Por un momento, pensó en su marido.
En el hombre que le había prometido una entrevista de trabajo y que ahora ni siquiera contestaba sus llamadas.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Como descubrir por qué mi esposo me envió a un lugar donde ni siquiera existía el trabajo que me prometió.
Damián no dijo nada.
Pero sus dedos dejaron de apretar la sábana.
—¿Tu esposo? —preguntó finalmente.
Valeria giró la cabeza.
—Sí. ¿Algún problema?
—No.
Ella se encogió de hombros.
—Mejor. Porque ya tengo suficientes.
Salió de la habitación y cerró la puerta detrás de sí.
Damián permaneció inmóvil.
Podía escuchar sus pasos alejándose por el pasillo, seguidos por un murmullo que se volvió cada vez más distante.
—Maldito marido… maldita mansión… malditos peces…
El joven bajó lentamente la cabeza.
Sus manos volvieron a cerrarse en puños.
No estaba acostumbrado a que nadie lo tocara sin permiso. Mucho menos a que alguien se atreviera a inmovilizarlo, reprenderlo y después limpiar tranquilamente el desastre que él mismo había provocado.
Aquella mujer era una insolente.
Una entrometida.
Una completa chiflada.
Y, sin embargo, había sido la única persona que había conseguido acercarse a él sin terminar huyendo de la habitación.
Damián apretó los puños con fuerza.
—Cuando mejore… —murmuró entre dientes—, voy a echarla personalmente.
Pero, por primera vez en varios días, había tomado su medicina.
Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, una parte de él ya estaba esperando escuchar de nuevo los pasos de aquella mujer.
Porque la mansión llevaba demasiado tiempo en silencio.
Y Valeria acababa de convertirse en el ruido más insoportable de su vida.