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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:191
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

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Capítulo 15

Capítulo 15. ¿Vino por ella?

Camila seguía sentada. La serenidad de su rostro no parecía fingida.

El encargado casi le suplicó:

—Señorita Rivas, cometimos un error. Podemos darle otro lugar de honor de inmediato. Le garantizo que estará a la altura que merece.

Se secó el sudor.

—Pero este asiento estaba reservado desde antes. El invitado está por llegar. Por favor, no me ponga en una situación imposible. Yo solo soy el encargado.

Cada segundo alargaba la incomodidad. Si Camila se levantaba, perdería. Si seguía allí, el conflicto podía empeorar.

Renata ya ni siquiera intentaba ocultar su satisfacción.

—Hay gente que quiere lucirse tanto que acaba sin saber cómo salir del ridículo.

Alrededor empezaron a murmurar que Camila debía ceder. Todavía podía decir que lo hacía por consideración a los organizadores y conservar algo de dignidad.

Si tenían que sacarla o se enfrentaba al recién llegado, sería mucho peor.

Ella ajustó su postura y ordenó las ideas antes de hablar.

—Entiendo que en un evento pueda haber errores.

Miró al encargado. El tono se volvió más firme.

—Pero estoy aquí en representación de Grupo Montenegro. Este lugar también representa el respeto que le dan a mi familia.

Dejó que sus palabras se escucharan alrededor.

—Primero olvidan mi tarjeta. Ahora quieren sacarme para colocarme en una silla de último momento porque viene alguien más. ¿Debo entender que los Montenegro no merecen que se tomen en serio su presencia?

Los invitados se quedaron quietos.

La importancia de aquella familia no estaba en discusión. Y, dicho de ese modo, el comportamiento de los organizadores sí parecía un desaire.

El hombre abrió la boca para justificarse. Camila continuó:

—El otro invitado viene a honrar su evento. Si por un error de ustedes termina pareciendo que le quitó el lugar a los Montenegro, tampoco creo que le haga mucha gracia.

El problema era de los organizadores. No iba a permitir que lo convirtieran en un enfrentamiento entre dos familias.

Renata sonrió con desprecio. Podía decir lo que quisiera: al final tendría que levantarse.

Camila suavizó el tono, ofreciéndole al encargado una salida.

—La solución es bastante sencilla.

—¿Ah, sí? ¿Cuál sería?

Una voz grave llegó desde detrás de los invitados.

Todos se volvieron.

Gabriel Alcázar avanzaba entre las mesas, vestido con un traje negro sencillo. Solo lo acompañaba Andrés.

Los dos eran altos, pero bastaron unas palabras de Gabriel para que el resto pareciera contener la respiración.

Miraba directamente a Camila. Había algo de curiosidad y de diversión contenida en sus ojos oscuros.

Era él.

El corazón de Camila dio un vuelco.

La noche anterior estaba al otro lado del mundo. ¿Cómo había llegado hasta allí?

La sorpresa de los demás era todavía mayor.

Gabriel aparecía muy poco en público, pero su dureza era conocida. Trataba con gente poderosa sin sentirse obligado a complacer a nadie. Se decía que algunos de los que lo habían ofendido habían desaparecido incluso de los círculos empresariales.

No se esforzaba por agradar. Tampoco se le conocían mujeres cercanas. Nadie se atrevía siquiera a insistirle a su familia con posibles candidatas.

Y ahora, en vez de reprender a Camila por ocupar su lugar, le preguntaba con calma cómo pensaba resolverlo.

Ella sintió el peso de su mirada. Respiró hondo y respondió:

—Podemos partir de lo que ya ocurrió y convertir el error en una mejor solución.

Recorrió con los ojos la mesa, que era bastante amplia.

—Aquí hay espacio. Basta con poner otra silla junto a la mía y preparar para usted un lugar de la misma categoría.

No titubeó.

—Así se respeta a los Montenegro, usted demuestra su consideración y los organizadores pueden corregir su error con seriedad. Es mejor que obligarme a levantarme y dejarnos a todos en medio de un conflicto.

El salón quedó en silencio.

Aquella muchacha desconocida, a la que habían reducido a su origen, acababa de darles una solución que protegía la posición de las tres partes.

Renata perdió hasta el último rastro de color.

Leonardo había regresado. Vio a su prima en el centro de todas las miradas y soltó un suspiro de alivio.

Gabriel la observó unos segundos más. La comisura de su boca pareció moverse apenas.

—Hagan lo que propone la señorita Rivas.

No sonaba molesto. Tampoco entusiasmado.

Para el encargado fue suficiente.

—Por supuesto, señor Alcázar.

Enseguida trajeron otra silla.

La cena pudo comenzar. Camila seguía atrayendo las miradas, pero ya nadie la cuestionaba en voz alta.

—¿Vas a pasar la noche mirándome o piensas comer?

La pregunta de Gabriel la hizo volver en sí.

Se había quitado el saco y abierto el cuello de la camisa. Estaba sentado tan cerca que su presencia masculina la envolvía por completo.

Camila apartó la vista enseguida.

—¿Por qué decidió venir a la gala?

Él siguió cortando la comida con movimientos precisos.

—Diez horas en un avión privado. Al menos valió la pena. Escuché un discurso excelente.

No respondía del todo, pero acababa de decirle mucho.

Había viajado durante la noche. Y ya estaba allí cuando ella habló.

¿También había visto buena parte de la discusión por la silla?

Camila sintió vergüenza. Después de escucharlo a él, su propia intervención le parecía poca cosa.

—Espero no haber hecho el ridículo delante de usted.

Gabriel dejó los cubiertos y se volvió hacia ella.

Por una vez, su mirada tuvo cierta calidez.

—No. Lo hiciste muy bien.

Mejor de lo que él esperaba.

Por eso, cuando vio que la acorralaban por el asiento, había querido observar cómo reaccionaba.

—Gracias.

A Camila se le calentó la cara.

Seguía pensando en aquellas diez horas de vuelo.

No podía haber viajado tanto solo para cenar.

¿Había venido por ella?

Gabriel no lo explicó y Camila no quiso insistir.

Solo se habían visto una vez. No había una relación sentimental entre ellos. Aun así, presentarse allí era una forma de demostrar que la tomaba en serio.

Y eso la había conmovido.

Gabriel notó que ella conservaba cierta distancia. Recordó lo ocurrido la noche anterior.

Cuando recibió su mensaje, no supo qué responder. Casi nunca trataba con mujeres, mucho menos con una futura esposa.

Le preguntó a Andrés.

Su asistente le dijo que, cuando una mujer escribía por iniciativa propia, a veces quería decir que lo extrañaba.

Gabriel acostumbraba resolver las cosas de forma directa.

Si quería verlo, lo vería.

Terminó su trabajo y tomó el avión a Panamá.

Mientras hablaban en voz baja, en las mesas cercanas todos intentaban escuchar sin que se notara.

¿Qué relación tenían?

¿Se conocían de antes?

Nadie recordaba haber visto a Gabriel tan cerca de una mujer.

Renata no aguantó más.

—Señor Alcázar, ¿conoce a Camila?

Hasta hacer la pregunta le daba miedo, pero no soportaba quedarse callada.

Lo había visto de lejos dos años antes. Desde entonces, ningún hombre había vuelto a interesarle.

Había intentado de todo para acercarse a los Alcázar. Incluso la casa por la que discutió con Camila le gustaba por un motivo concreto: estaba frente al edificio donde Gabriel tenía su oficina en Puerto Claro.

Camila seguramente ni siquiera lo sabía.

Solo era una hija ilegítima con una fortuna recién caída del cielo. ¿Por qué él iba a mirarla de otra manera?

Camila se volvió hacia Renata, esperando la respuesta de Gabriel.

Él ni siquiera la miró.

—Me quedo esta noche y salgo mañana por la mañana —le dijo a Camila—. Después hay baile. ¿Vas a ir?

Habló como si Renata no existiera.

—No bailo muy bien.

Camila tampoco tenía por qué contestarle a la otra. Además, Gabriel parecía preferir que su relación no se hiciera pública.

Por ahora, lo de casarse seguía siendo un acuerdo de palabra. Todavía no estaban comprometidos formalmente.

—Yo te enseño.

Lo dijo cerca de su oído.

El aire de su respiración le rozó el cuello. Camila sintió un estremecimiento, una caricia tan leve que parecía habérsele metido bajo la piel.

El calor le subió de las orejas hasta las mejillas.

Tomó la copa para disimular.

—Está bien.

Renata se levantó de golpe.

Gabriel no le dedicó una sola mirada.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se fue apresuradamente y sus amigas se empujaron unas a otras hasta que una salió a seguirla.

Valeria continuó comiendo. Miró de reojo a Camila y a Gabriel, inclinados el uno hacia el otro, y sonrió apenas.

No había perdido la noche. Había visto cosas muy interesantes.

Gabriel parecía tener cada minuto calculado. Apenas dejó los cubiertos, Andrés se acercó a recordarle una reunión en línea.

—Nos vemos después.

La intensidad de sus ojos atraía tanto como intimidaba.

Camila asintió.

***

Leonardo la acompañó hasta su habitación al terminar la cena.

Ya sabía lo del asiento. La llegada inesperada de Gabriel también lo había sorprendido.

—Estuviste magnífica. Creo que hoy les cerraste la boca a unos cuantos. Pero yo debía cuidarte y no estuve. Lo siento.

Se le notaban a la vez el orgullo y la culpa.

—No tienes que disculparte. Me ayudaste mucho. Y tu amiga también me sacó de un problema.

—¿Mi amiga?

—Valeria.

Camila lo observó con curiosidad. Había algo entre aquellos dos, aunque no sabía qué.

Leonardo se aclaró la garganta y desvió un poco la mirada.

—Ah, ella. No es mala, pero no diría que somos amigos.

Camila no insistió. No iba a obligarlo a contar algo que prefería guardarse.

Él cambió de tema.

—Gabriel no suele venir a estos eventos. Seguramente lo hizo por ti. Parece que le interesas. Ese compromiso está casi asegurado.

—Yo también voy a poner de mi parte. Pero no sé si le intereso de esa manera.

La alianza era una alianza. Era mejor no mezclarla con sentimientos.

Ya sabía lo que valía el interés de un hombre. Daniel también la había tratado de maravilla al principio.

Dentro de la suite, Camila se cambió para el baile.

Eligió un vestido rojo, ceñido en la cintura, con un corte de sirena cuya falda se movía con suavidad.

No quería hacer el ridículo frente a Gabriel. Buscó un video con pasos básicos y empezó a practicar.

Tenía buena coordinación. Tras repetirlos unas cuantas veces, los movimientos empezaron a salirle con naturalidad.

Siguió ensayando hasta que llegó la hora.

En el salón había poca luz y muchos invitados llevaban antifaces. No estaba lleno, pero aun así no encontraba a Gabriel.

—¿Esa no es Camila? ¿También vino al baile? ¿Su pareja será Alcázar?

La vio una de las amigas de Renata.

Renata llevaba varias copas. Levantó la cabeza.

—Camila... ¡Siempre Camila!

Arrojó la copa al suelo y fue directamente hacia ella.

Camila estaba buscando entre los invitados cuando alguien le sujetó el brazo con fuerza.

—¡Dime qué tienes con Gabriel! ¿Por qué te protege? ¿Qué hiciste para seducirlo?

—¿Tengo que rendirte cuentas? Suéltame y compórtate.

Camila se liberó de un tirón e intentó alejarse.

Renata pisó la falda.

La tela se rasgó con un chasquido.

Camila se volvió, furiosa.

—¡Estoy intentando ahorrarte una vergüenza! ¡No sigas provocándome!

La empujó.

Renata, que apenas se sostenía por el alcohol, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás.

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