Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Cliente espontáneo
Luke
Doscientos euros.
Miro los billetes sobre mi escritorio.
Después miro al hombre que tengo delante.
Y vuelvo a mirar los billetes.
Doscientos euros.
No es la cantidad más grande que he ganado reparando un automóvil. Ni siquiera se acerca. Pero hay algo particularmente satisfactorio en estos dos billetes.
Su dueño no trabaja para Damián Greco.
No conoce a Damián Greco.
Y, por lo que he podido averiguar durante los últimos cuarenta minutos, no tiene absolutamente ninguna relación con la familia Greco.
Es mi primer cliente de verdad.
Bueno. No es que los demás sean imaginarios.
Los automóviles existen, las averías también y las facturas se pagan puntualmente.
Pero todos llegaron aquí porque Damián Greco decidió que necesitaba un mecánico de confianza.
Y aunque agradezco enormemente su ayuda, necesito que este negocio empiece a funcionar fuera de su círculo.
—¿Está seguro de que eso era todo? —pregunta el hombre.
Se llama Andreas.
Tiene unos cincuenta años, el cabello entrecano y la expresión de alguien que lleva demasiado tiempo peleando con su automóvil.
Lo comprendo.
Su BMW lleva casi dos meses peleando con él.
Y, hasta esta mañana, iba ganando.
—Bastante seguro —respondo.
Andreas mira el vehículo. Después me mira a mí.
—Pero los otros talleres...
—Los otros talleres cambiaron piezas.
—Exactamente.
—Yo encontré el problema.
No parece convencido.
No lo culpo.
Según me ha contado, ha visitado tres talleres diferentes durante las últimas ocho semanas.
En el primero le cambiaron dos sensores.
En el segundo, una válvula del sistema de admisión.
En el tercero le cobraron una cantidad obscena por revisar prácticamente todo el sistema de inyección.
Más de dos mil euros.
Y el maldito ruido seguía apareciendo cada vez que aceleraba.
Un golpeteo metálico, acompañado de una pérdida ocasional de potencia.
El tipo de sonido que consigue que cualquier propietario empiece a imaginarse un motor completamente destruido.
Y una cuenta bancaria igualmente destruida.
—Estaba pensando en venderlo —confiesa.
—Lo mencionó.
Unas seis veces.
—Es que ya no sabía qué hacer.
Asiento.
Lo entiendo.
Cuando llegó esta mañana, estaba convencido de que tenía un problema interno en el motor.
De hecho, lo primero que me preguntó fue cuánto costaba reemplazarlo. Una manera bastante dramática de comenzar el día.
—¿Y cómo supo que era eso? —pregunta.
Señalo el compartimiento del motor.
—Porque el ruido no coincidía con una falla interna.
Frunce el ceño.
—¿Cómo?
—Me dijo que aparecía principalmente cuando aceleraba, que desaparecía al levantar el pie y que algunas veces sentía que el automóvil perdía potencia.
—Exactamente.
—Primero revisé si había algún problema mecánico importante. Después comprobé los registros de fallas y los valores del sistema de admisión. —Andreas asiente lentamente. No tengo demasiada confianza en que esté entendiendo. El inglés es su segundo idioma y no es tan bueno, como admitió al entrar—. La presión de sobrealimentación no se mantenía como debía —continúo—. Había una fuga en una unión del conducto de aire que va hacia el motor. Bajo carga, el conducto vibraba y producía ese ruido. Además, se escapaba parte del aire presurizado.
—¿Una fuga?
—Una abrazadera no estaba sujetando bien la unión. El borde del manguito también estaba deteriorado.
Me mira y parpadea.
—¿Eso era todo?
—Eso era todo.
—¿Una abrazadera?
—Y un tramo del conducto. Reemplacé la pieza dañada, aseguré la unión y comprobé que no hubiera otras fugas.
Se queda callado.
Puedo ver cómo intenta procesarlo.
Probablemente está calculando cuántos miles de euros habría ahorrado si alguien hubiera revisado el maldito conducto antes de empezar a cambiar sensores.
—Dos mil ciento ochenta euros —murmura.
—¿Perdón?
—Eso fue lo que gasté. —Hace una pausa—. Dos mil ciento ochenta euros.
Silbo suavemente.
—Una abrazadera bastante cara.
Andreas me observa.
Durante un segundo creo que no apreciará el comentario.
Después suelta una carcajada.
—¡Eso mismo estoy pensando!
Sonrío.
—La reparación está comprobada, pero quiero que lo conduzca unos días. Si vuelve a notar algo extraño, me llama.
—¿Y el ruido?
—No apareció durante la prueba de conducción.
Sacude la cabeza.
—Increíble.
Toma las llaves.
—¿Cómo encontró este lugar?
La pregunta me interesa más de lo que debería.
—Pasaba por aquí —responde—. Vi el letrero hace un par de días y hoy decidí entrar.
Levanto las cejas.
—¿Así de simple?
—Así de simple. Pensé que no tenía nada que perder. —Mira los billetes que todavía tengo sobre el escritorio—. Aunque, sinceramente, esperaba perder otros quinientos euros.
Me río.
—Me alegra haberlo decepcionado.
—¿Sabe qué es lo peor?
—Sorpréndame.
—Que nadie me recomendó venir aquí. Si no hubiera pasado por esta calle, probablemente estaría buscando otro automóvil ahora mismo.
Algo se mueve en mi pecho.
No sé exactamente qué es.
Orgullo, quizá.
Satisfacción.
La certeza de que todo este esfuerzo empieza a significar algo.
—Bueno —respondo—, ahora sabe dónde encontrarnos.
Andreas extiende la mano.
Se la estrecho.
—Se lo aseguro, muchacho. Y voy a recomendarlo.
Sonrío.
—Eso sería estupendo.
Lo acompaño hasta la salida.
Sube a su BMW, enciende el motor y permanece unos segundos escuchándolo.
Después baja la ventanilla.
—¿Seguro que no debería hacer algún ruido?
—Preferiblemente, no.
—Es que llevaba tanto tiempo escuchándolo que ahora me parece extraño.
—Acostúmbrese.
Se ríe.
Pone primera y sale del taller.
Lo observo alejarse hasta que desaparece por la calle.
Entonces levanto ambos brazos.
—¡Sí!
—¿Qué pasó? —pregunta Cassidy desde el otro extremo del galpón.
Me giro.
Mi hermana tiene medio cuerpo escondido detrás de una motocicleta y una llave de impacto en la mano.
—Nuestro primer cliente.
Frunce el ceño.
—Tenemos clientes desde hace semanas, Luke.
—Nuestro primer cliente que no tiene absolutamente nada que ver con los Greco.
Su expresión cambia.
—¿En serio?
Levanto los dos billetes.
—Doscientos euros.
Cassidy deja la herramienta.
—¿Y qué tenía?
—Fuga en el conducto de sobrealimentación.
—¿Eso era todo?
—Eso era todo.
—¿Cuánto había gastado antes?
—Más de dos mil euros.
Cassidy se queda mirándome.
Después mira el lugar por donde acaba de desaparecer el BMW.
—Por favor, dime que no le cambiaron el turbocompresor.
—No llegaron a tanto.
—Menos mal. —Se limpia las manos con un trapo—. ¿Y cómo nos encontró?
—Pasaba por aquí.
Sonríe lentamente.
—Luke.
—Lo sé.
—¡Luke!
—¡Lo sé!
Mi hermana cruza el taller y me abraza con tanta fuerza que casi me hace perder el equilibrio.
—¡Nuestro primer cliente espontáneo!
Me río.
—¿Cliente espontáneo?
—No sé cómo llamarlo. Estoy emocionada.
—Se nota.
—¡Esto es fantástico!
La abrazo un segundo antes de soltarla.
Cassidy retrocede y me observa con una sonrisa enorme.
—Lo estamos consiguiendo —añade.
Miro alrededor.
Los elevadores ocupados.
Los automóviles esperando.
Las herramientas perfectamente organizadas.
El olor a aceite y metal.
Nuestro taller.
—Sí —respondo.
Y por primera vez me permito creerlo.
Lo estamos consiguiendo.
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda