El amor más profundo a menudo nace de la ceniza de la traición más amarga.
Para evitar su ejecución como la villana de la historia, Anya deberá abandonar al príncipe que la odia y forjar un pacto con el verdadero antagonista, reescribiendo su trágico final con magia y pasión.
¿Podrá cambiar su destino?
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Capítulo 08
El aire en los límites del Bosque Prohibido era distinto. No era solo el frío que descendía de las cumbres del norte, sino una densidad casi tangible, un aroma a tierra húmeda, magia antigua y secretos enterrados bajo siglos de hojarasca. Para los habitantes de la capital y los nobles de la corte, este lugar era una zona de muerte, un territorio donde las leyes del Rey Erick no tenían jurisdicción. Para Anya O’Higgins, era el único lugar que se sentía tan real como ella.
Anya espoleó a su semental, dejando que la velocidad borrara los restos de la civilización. El paisaje cambió rápidamente; los robles domesticados de su ducado dieron paso a fresnos retorcidos y pinos de agujas plateadas que parecían susurrar al pasar. Se adentró tanto que el sonido de los pájaros desapareció, reemplazado por un silencio sepulcral que solo era roto por el rítmico galope de su caballo.
Finalmente, llegó a la "Línea de los Suspiros", un riachuelo de aguas negras que marcaba la frontera no oficial entre el Ducado O'Higgins y la Fortaleza Sombría, el dominio de los Gallagher.
Detuvo al animal y desmontó. Sus botas de cuero se hundieron levemente en el musgo. Se quitó la capucha, dejando que el viento frío azotara su rostro y agitara su cabello negro. Sus ojos rojos brillaron con una intensidad renovada al observar la espesura frente a ella. En la novela original, este era el lugar donde Liam Gallagher supuestamente realizaba sus "rituales oscuros". Anya sabía que la verdad era mucho más pragmática: Liam usaba el bosque como un amortiguador político para mantener alejados a los espías reales.
De repente, su caballo relinchó con nerviosismo, echando las orejas hacia atrás. Anya sintió un escalofrío que no era producto del clima. Era una presión en el ambiente, como si el bosque mismo estuviera conteniendo el aliento.
—Tranquilo, Obsidian —susurró ella, acariciando el cuello del animal—. No estamos solos.
Anya no se ocultó. No se movió. Permaneció de pie con una elegancia gélida, su capa negra ondeando suavemente. No tuvo que esperar mucho.
Desde la sombra de dos árboles centenarios, emergió una figura que parecía haber sido esculpida a partir de la misma oscuridad del bosque. Era un hombre alto, de hombros anchos y una presencia que exigía sumisión inmediata. Vestía un jubón de cuero oscuro reforzado con piezas de acero pulido y una capa de piel de lobo gris sobre los hombros. Su cabello era castaño muy oscuro, casi negro, y sus ojos, de un gris tormentoso, la observaban con una mezcla de curiosidad letal y desdén.
Era Liam Gallagher. El Duque del Norte. El villano que, según el libro, terminaría por reducir el reino a cenizas.
Liam caminaba con la gracia depredadora de una pantera. Se detuvo a unos cinco metros de ella, apoyando una mano en el pomo de su espada, una pieza de artesanía oscura que se decía que nunca fallaba su objetivo.
—Es un lugar peligroso para una dama que acaba de perder una corona, Lady Anya —dijo Liam. Su voz era barítono, profunda y con una aspereza que vibraba en el aire—. Los lobos en este bosque no tienen el refinamiento de los cortesanos. Suelen morder antes de preguntar.
Anya no retrocedió ni un milímetro. Mantuvo la barbilla en alto, permitiendo que él viera claramente el carmesí de sus ojos.
—Las coronas pesan demasiado, Duque Gallagher —respondió ella con una voz tan firme que lo hizo arquear una ceja—. He preferido la ligereza de mi propia cabeza. Y en cuanto a los lobos... siempre me he llevado mejor con las bestias que con los hombres que pretenden ser santos.
Liam soltó una risa seca, un sonido carente de alegría pero lleno de intriga. Dio dos pasos más, entrando en el espacio personal de Anya. Era mucho más alto de lo que ella recordaba de las descripciones del libro; su sombra la cubría casi por completo.
—Los rumores dicen que la hija del Duque O’Higgins se había vuelto loca de dolor tras ser rechazada por el Príncipe Heredero —comentó Liam, escaneando el rostro de Anya con una intensidad que parecía querer leerle el alma—. Pero lo que veo aquí no es locura. Y ciertamente no es dolor.
—El dolor es para aquellos que tienen algo que perder, Duque —replicó Anya, sosteniéndole la mirada—. Yo he ganado mi libertad. ¿O es que acaso le molesta que una mujer cruce sus fronteras sin pedir permiso?
—Me molesta la imprudencia —dijo él, entrecerrando los ojos—. Pero me fascina la insolencia. He estado observando la capital desde mis tierras. Esperaba verla llorando en los jardines del palacio o tramando algún patético sabotaje contra la pequeña protegida de Erick. En cambio, la encuentro aquí, en el corazón del Bosque Prohibido, vestida para la guerra y mirándome como si no supiera que puedo hacerla desaparecer en este mismo instante.
Anya sonrió. No fue una sonrisa forzada ni una de esas muecas de cortesía que solía usar. Fue una sonrisa de verdadera comprensión estratégica.
—Usted no me hará desaparecer, Liam Gallagher —dijo ella, usando su nombre de pila sin el título, un atrevimiento que hizo que la mano de Liam se apretara sobre su espada—. Porque usted, mejor que nadie, sabe que el tablero de ajedrez acaba de cambiar. Erick Cromwell cree que ha ganado al elegir a Mía Roster, pero lo único que ha hecho es dejar una pieza poderosa fuera de su control. Una pieza que sabe demasiados secretos y que ya no tiene motivos para ser leal.
Liam guardó silencio durante un largo momento. El viento sopló con fuerza, agitando las capas de ambos. Por primera vez, el Duque del Norte pareció ver a Anya no como la villana despechada de los chismes de salón, sino como una variable imprevista.
—¿Secretos? —preguntó él, bajando la voz—. ¿Qué podría saber una dama de la alta sociedad sobre los asuntos de un hombre como yo?
—Sé que no eres el monstruo que el Rey describe en sus edictos —susurró Anya, dando un paso hacia él, acortando la distancia hasta que pudo oler el aroma a pino y acero que emanaba de su ropa—. Sé que la Fortaleza Sombría no es un nido de traidores, sino el último bastión de un linaje que la corona teme. Y sé... que estás buscando una razón para no marchar sobre la capital mañana mismo.
Liam reaccionó con una rapidez sobrehumana. En un parpadeo, su mano izquierda rodeó el cuello de Anya, no para asfixiarla, sino para inmovilizarla. Sus dedos estaban fríos, pero su tacto era firme. Anya sintió el pulso de él contra su piel, pero no mostró miedo.
—Eres peligrosa, Anya O’Higgins —gruñó Liam, su rostro a escasos centímetros del de ella—. Mucho más de lo que el autor de tu propia vida pudo haber imaginado. ¿Quién eres realmente? Porque la mujer que perseguía al príncipe como un perro faldero no tenía esta chispa en los ojos.
—Soy la mujer que ha decidido que si el mundo me ha dado el papel de villana, entonces seré la mejor villana que este reino haya visto jamás —respondió ella, clavando sus dedos en el antebrazo de Liam, no para soltarse, sino para anclarse a él—. Pero no tengo que ser tu enemiga, Liam. Los villanos que se unen suelen tener finales mucho más interesantes que los héroes.
Liam la soltó lentamente, sus ojos grises brillando con una chispa de algo que podría ser respeto, o quizás algo más oscuro. Retrocedió un paso, pero su postura ya no era de ataque, sino de evaluación.
—El Bosque Prohibido tiene memoria, Lady Anya —dijo él, envolviéndose de nuevo en su capa—. Hoy te dejaré ir porque me has dado algo en qué pensar. Pero recuerda esto: no hay vuelta atrás una vez que decides caminar entre las sombras conmigo.
—Nunca planeé volver atrás, Duque —respondió Anya, montando de nuevo en Obsidian—. El palacio es una jaula dorada. Prefiero la libertad de este bosque, por muy sangrienta que sea.
Liam la vio partir al galope. Se quedó allí, en silencio, hasta que el sonido de los cascos desapareció por completo. De las sombras detrás de él, surgió uno de sus hombres de confianza, un guerrero silencioso llamado Marcos.
—¿La dejamos ir, señor? —preguntó Marcos—. Sabía demasiado.
Liam Gallagher observó el lugar donde Anya había estado. Por un momento, creyó ver todavía el brillo carmesí de sus ojos en el aire frío.
—Déjala ir —ordenó Liam, con una sonrisa que esta vez sí llegó a sus ojos—. Por primera vez en años, el juego se ha vuelto interesante. Anya O’Higgins no es una víctima. Es una jugadora. Y quiero ver hasta dónde es capaz de mover sus piezas.
Anya cabalgaba de regreso, su corazón latiendo con fuerza. Había sobrevivido al primer encuentro con el hombre más peligroso del libro. No solo había sobrevivido, sino que había plantado la semilla de una duda. El destino que el autor escribió para ella estaba empezando a desmoronarse, y en su lugar, un nuevo camino de poder y sombras se abría paso ante ella.
qué paso con el papá, el rey y quienes son ceniza y rosa?
🫥 (joder soy gata)