"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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Palabras en la oscuridad
Después de que Alessia "marcara territorio" en la fiesta, ella se queda con su familia en la mansión Van Doren. Dante, como jefe y responsable de Lucía en un país extranjero, se ve obligado a compartir el coche con ella para llevarla de vuelta al hotel.
Es la primera vez que están realmente solos tras la llegada de la prometida, y la tensión acumulada por los celos de él y la humillación de ella va a explotar.
El interior del coche de lujo era un santuario de cuero negro y silencio sepulcral. Afuera, las luces de Milán pasaban como ráfagas borrosas, pero dentro, el aire era tan denso que Lucía sentía que le costaba respirar. Dante estaba sentado a su lado, manteniendo una distancia prudencial, pero su presencia llenaba todo el espacio. Su perfil, iluminado intermitentemente por las farolas de la calle, parecía tallado en granito.
Lucía mantenía la vista fija en la ventana, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con caer. Aún sentía el aguijonazo de las palabras de Alessia: "Puedes retirarte, querida". La forma en que la prometida de Dante la había descartado, como si fuera un objeto desechable, la había herido más de lo que quería admitir. Pero lo que más le dolía era la rapidez con la que Dante se había alejado de ella en la terraza para ponerse la máscara de futuro esposo perfecto.
—No vuelva a hacer eso —soltó Dante de repente. Su voz era un trueno bajo en la quietud del vehículo.
Lucía se giró, confundida, con los ojos aún brillantes por la humedad.
—¿Hacer qué, señor? He cumplido con todo mi trabajo esta noche.
Dante se giró hacia ella. Sus ojos grises, usualmente gélidos, estaban encendidos por una chispa de furia contenida.
—No vuelva a bajar la cabeza de esa manera. No me importa quién esté frente a usted, ni siquiera si es Alessia. Usted es mi asistente personal, la mujer que maneja mi agenda y mi vida profesional. No es una sirvienta a la que cualquiera pueda despachar con un gesto.
Lucía soltó una risa amarga, algo impropio de su carácter dulce.
—¿Y qué quería que hiciera, señor Moretti? Ella es su prometida. Es la mujer con la que se va a casar. Ella tiene el derecho de estar a su lado, y yo... yo solo soy la empleada que sobra cuando la realidad aparece.
Dante apretó los puños sobre sus rodillas. La honestidad de Lucía lo golpeó donde más le dolía: en su propio sentido de la propiedad.
—Usted no sobra —gruñó él, inclinándose hacia ella, invadiendo su espacio—. Lo que pasó en la terraza... ese idiota de Lorenzo tocándola... y luego la llegada de Alessia... nada de eso le da derecho a mirarse a sí misma como si fuera menos.
—¡Es que soy menos para este mundo! —exclamó Lucía, perdiendo por fin la paciencia. El dolor de la noche estalló—. Ustedes viven en un tablero de ajedrez donde las personas como yo somos peones. Me compró un vestido de miles de dólares para que "encajara", pero al final de la noche, sigo siendo la chica de Connecticut que no entiende nada de este juego. Si tanto le molesta mi presencia o mi falta de clase, despídame. ¡Rompa el contrato y déjeme ir!
—¡No voy a dejarla ir! —rugió Dante, sujetándola por los hombros.
El coche frenó suavemente frente al hotel, pero ninguno de los dos se movió. El conductor bajó el cristal de privacidad, aislándolos por completo en la parte trasera. La cercanía era abrumadora. Lucía podía sentir el calor del cuerpo de Dante y el aroma a whisky y poder que siempre lo rodeaba.
—¿Por qué? —preguntó ella en un susurro quebrado—. ¿Por qué me quiere aquí, torturándome de esta manera? Usted tiene a una mujer hermosa y poderosa esperándolo. Tiene un contrato que me prohíbe siquiera soñar con usted. ¿Qué quiere de mí?
Dante la observó con una fijeza aterradora. Sus manos, que aún la sujetaban por los hombros, bajaron lentamente por sus brazos, provocando una estela de electricidad que hizo que Lucía temblara. Él la vio allí, tan pura, tan real, con el corazón en la mano, y por primera vez en su vida, Dante Moretti se sintió desarmado.
—No lo sé —confesó él con una voz ronca, casi irreconocible—. No sé qué es este interés absurdo que me inspira, Lucía. Solo sé que ver a otro hombre tocar su mano me dio ganas de destruir este salón. Y sé que cuando Alessia llegó, lo único que quería era que ella desapareciera para seguir escuchándola hablar a usted.
Lucía contuvo el aliento. Sus rostros estaban a escasos centímetros. El deseo, crudo y prohibido, vibraba entre ellos. Era la primera vez que Dante admitía, aunque fuera a medias, que ella le provocaba algo más que una simple curiosidad.
—Señor... —intentó decir ella, pero su voz se perdió.
—Váyase —dijo él de repente, soltándola y apartando la mirada, luchando con todas sus fuerzas por recuperar el control—. Váyase a su habitación antes de que cometa un error del que ninguno de los dos pueda recuperarse.
Lucía no necesitó que se lo dijera dos veces. Abrió la puerta del coche y salió corriendo hacia el lobby del hotel, con el corazón martilleando en sus oídos. Dante se quedó solo en la oscuridad del coche, apretando la mandíbula hasta que le dolió. Sabía que se estaba hundiendo en arenas movedizas, y lo peor de todo era que, por primera vez en su vida, no tenía ningún interés en salvarse.