LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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La propuesta de García
La noche había caído sobre Manhattan, pero en el despacho de Lucian Santos el aire se sentía viciado, cargado de una tensión que el aire acondicionado no lograba disipar. Lucian estaba de pie frente al ventanal, observando el tráfico interminable de la ciudad como si las luces de los coches fueran hormigas atrapadas en un laberinto. En su mano derecha sostenía un vaso de cristal con tres dedos de whisky puro, y en la izquierda, el expediente de la baronesa alemana que su madre le había dejado sobre el escritorio antes de retirarse a su suite.
—Ochocientos millones en activos, educación en Oxford, tres idiomas y un árbol genealógico que llega hasta las cruzadas —gruñó Lucian, lanzando el expediente sobre la mesa de ébano con un gesto de asco—. Mi madre no está buscando una madre para Mikeila, García. Está buscando una fusión corporativa con útero.
En el rincón más sombrío de la habitación, García, el jefe de seguridad de la familia Santos, permanecía de pie. Era un hombre de pocas palabras, con el rostro tallado en piedra y una mirada que había visto demasiado durante sus veinte años de servicio a la familia. García no solo era el protector de Lucian; era el hombre que conocía todos los secretos que los muros del Penthouse intentaban guardar.
—La señora Victoria siempre ha tenido una visión pragmática de la familia, señor —respondió García con su voz profunda y monocorde.
—Pragmática es un eufemismo —Lucian se giró, su rostro iluminado por la luz tenue del despacho
—. Ella quiere presentar a una "madre ideal" ante la prensa en menos de un mes. Si no elijo a una de sus candidatas, ella misma filtrará que Mikeila fue abandonada en una cesta para forzarme a aceptar su control. Estoy con la soga al cuello, García.
García dio un paso al frente, saliendo de las sombras. Sus ojos se fijaron en los de Lucian con una seriedad que hizo que el empresario dejara el vaso sobre la mesa.
—¿Por qué no se casa por contrato, Jefe? —soltó
García.
Lucian arqueó una ceja, sorprendido por la audacia de la sugerencia.
—¿Un matrimonio por contrato? Mi madre no es tonta, García. Detectaría un fraude a kilómetros de distancia.
—Usted es un hombre con recursos, señor. Puede acceder a ese tipo de arreglos mucho antes de que su madre termine de apretar el nudo —continuó el jefe de seguridad—. Busque a alguien que le ayude a arreglar un matrimonio que ya lleve, supuestamente, un año de antigüedad. Con su estatus y el dinero suficiente, los registros pueden ser... flexibles. Podría hacerle creer a la señora Victoria que usted ya es un hombre casado, que mantuvo el secreto para proteger la privacidad de la madre y la niña hasta que estuviera seguro.
Lucian se quedó en silencio, procesando la idea. Una sonrisa cínica empezó a dibujarse en su rostro.
—Quieres que le haga creer a mi madre que ya soy un hombre de familia. Eso detendría su desfile de candidatas en seco. Ella no podría cuestionar una unión ya establecida legalmente ante sus ojos.
—Exactamente —asintió García.
—Pero se te escapa un detalle fundamental, García —dijo Lucian, caminando hacia él—. ¿Quién sería mi esposa? Todas las mujeres de mi círculo social, todas las modelos y herederas con las que he salido, son pirañas. Si firman un contrato conmigo, buscarán desplumarme durante el matrimonio y ni qué decir del divorcio. Querrán la mitad de la corporación, las casas y la custodia de la niña por puro despecho. ¿Quién aceptaría un trato así sin querer dejarme en la calle al día siguiente?
García no dudó ni un segundo. Sus ojos brillaron con un conocimiento que Lucian aún no poseía. Él sabía lo que había pasado aquella noche en el hotel. Sabía por qué Elena Rivas miraba a la bebé con una devoción que iba más allá del deber. García había sido el encargado de borrar los rastros de esa noche, pero en lugar de borrarlos, los había guardado como un seguro de vida para la felicidad de su jefe.
—Elena Rivas —dijo García con una solemnidad absoluta.
Lucian soltó una carcajada seca, casi incrédula.
—¿Mi secretaria? García, ¿has estado bebiendo de mi reserva privada? Elena es una empleada. Ella nunca aceptaría algo así. Es demasiado... honesta. Demasiado transparente.
—Usted mismo lo dijo, Jefe: Elena es la única persona que se preocupa genuinamente por Mikeila —rebatió García, dando un paso más hacia la luz—. Ella ya vive aquí. Conoce la rutina. Mikeila la adora. Además, Elena tiene deudas que usted conoce bien. Ella necesita protección y estabilidad tanto como usted necesita una esposa ficticia. Ella no querrá sus empresas ni sus mansiones; solo querrá que esa niña esté a salvo.
Lucian guardó silencio. La imagen de Elena acunando a Mikeila en la penumbra del salón volvió a su mente. Recordó la forma en que ella se había enfrentado a Sasha y cómo su madre, Victoria, la había despreciado esa misma mañana.
—Elena es perfecta para el papel porque nadie sospecharía de ella —murmuró Lucian, más para sí mismo que para García—. Es el "ratoncito gris" que nadie ve venir. Si ella aparece como mi esposa secreta, mi madre tendría que aceptarla por el bien de la imagen familiar.
—Ella no solo aceptaría el trato por dinero, señor —añadió García con una nota de misterio en su voz—. Ella lo haría por Mikeila. Es la única mujer en la que usted puede confiar plenamente sus espaldas.
Lucian observó a su jefe de seguridad. Había algo en la mirada de García, una profundidad que no lograba descifrar. Parecía que el guardaespaldas estaba empujándolo hacia una red que ya estaba tejida.
—¿Por qué me ayudas tanto con esto, García? —preguntó Lucian con suspicacia—. Tú siempre has sido fiel a mi madre también.
—Soy fiel al legado de los Santos, señor. Y creo que el legado está mucho más seguro en las manos de la señorita Rivas que en las de una baronesa alemana —respondió García con una ligera inclinación de cabeza—. Además... a veces el Jefe necesita que alguien le abra los ojos ante lo que tiene justo delante.
Lucian se sirvió otro trago. La idea, que inicialmente parecía absurda, empezaba a cobrar un sentido perturbador y emocionante. Casarse con Elena Rivas. Tenerla vinculada a él por contrato. Mantener a su madre a raya y a su hija protegida. Era la jugada maestra perfecta.
Lo que Lucian no sabía era que García no solo estaba ayudando a su jefe a salvar su soltería; estaba moviendo las piezas para que la madre biológica de Mikeila recuperara el lugar que le pertenecía por derecho, sin que Lucian se diera cuenta de que estaba siendo conducido hacia la verdad por el camino de la mentira.
—Mañana hablaré con ella —sentenció Lucian, su mirada endureciéndose—. Si acepta, empezaremos la farsa de inmediato. Si no... bueno, tendré que obligarla. Por el bien de Mikeila.
García asintió y se retiró a las sombras, dejando a Lucian a solas con sus pensamientos. El jefe de seguridad sonrió apenas perceptiblemente mientras caminaba por el pasillo. Sabía que Elena aceptaría, no por el dinero, sino por el miedo de perder a su hija. Y sabía que, una vez que Lucian estuviera legalmente unido a ella, el destino se encargaría de hacer el resto.