Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Ventas 1
Cuando Lavender llegó al pueblo, el murmullo del mercado ya estaba en su punto más alto. Colocó el canasto con cuidado, tal como su abuela le había enseñado, y se quedó quieta, observando. El peso del camino aún le ardía en los brazos, pero su espalda estaba recta y su mirada, atenta.
No tuvo que esperar mucho.
El primer cliente fue aquel viejo infiel que tantas veces había visto aprovecharse. Caminaba con aire confiado, como quien cree conocer el terreno. Miró las flores por encima, las tomó sin pedir permiso y dejó caer unas pocas monedas en la tela.
—Cinco.. Es suficiente.
Lavender bajó la vista a las monedas. Cinco. La mitad de lo justo. Alzó la mirada despacio. Desde fuera, parecía una niña inocente de siete años.. mejillas suaves, ojos grandes, manos pequeñas. Sonrió, dulce.
—¿Las flores son para su esposa… o para la señora que vende quesos al final de la calle?
El hombre palideció. Sus dedos se cerraron de golpe alrededor del ramo. Miró a ambos lados, nervioso, y se inclinó hacia ella.
—Cállate.. No digas tonterías.
Lavender no retrocedió. Su sonrisa no desapareció.. se volvió más tranquila, más firme.
—Oh.. Entonces el ramo cuesta veinte monedas.
El viejo frunció el ceño, sudando.
—Antes valía diez.
Lavender inclinó la cabeza, como si pensara.
—Quizá mi abuela se lo venda a diez… si es para su esposa.
El silencio cayó entre ellos, pesado. El hombre apretó los labios, masculló una maldición y sacó más monedas. Las contó rápido, con manos temblorosas.
Treinta monedas de cobre.
—Mantén la boca cerrada..
Lavender tomó las monedas con cuidado, las guardó en la tela y levantó la vista una vez más. Sonrió. No con burla, sino con una cortesía impecable.
—Gracias por su compra. Que tenga buen día.
El viejo se fue sin mirar atrás.
Lavender acomodó las flores que quedaban, respiró hondo y sintió algo nuevo en el pecho. No orgullo cruel. No venganza. Era otra cosa.. la certeza.
Había aprendido algo importante.
La bondad no estaba reñida con la inteligencia.
Y el respeto, a veces, se enseñaba con una sonrisa… y el precio correcto.
Después de guardar las monedas con cuidado, Lavender volvió a acomodar el canasto. Su expresión regresó a la de una niña tranquila, casi distraída, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. El mercado seguía su ritmo, ajeno a lo que acababa de pasar.
Entonces se acercó una mujer bien vestida, con el cabello recogido con esmero y una risa fácil, de esas que no siempre nacen de la alegría. Miró las raíces secas con desdén, las tomó entre los dedos como si le dieran asco y soltó una carcajada.
—¿Raíces medicinales? ¿Quién cree todavía en esas tonterías?
Lavender levantó la vista despacio. La observó con atención, recordando. Era una de las mujeres que siempre se reía, que pagaba poco o nada, que murmuraba comentarios hirientes creyéndose superior.
La niña no se ofendió.
Sonrió.
—Está bien.. No compre entonces.
La mujer pareció sorprendida. No esperaba que una niña aceptara tan fácil. Ya estaba por darse la vuelta cuando Lavender añadió, con la misma calma..
—Solo pensé que quizá le servirían… si no quiere seguir quedando embarazada de su esposo. Él siempre dice que quiere un niño, ¿verdad? Y usted ya tiene solo niñas.
La sonrisa de la mujer se borró al instante.
Se quedó rígida, miró alrededor para asegurarse de que nadie hubiera escuchado y luego clavó los ojos en Lavender, roja de furia y miedo.
—¿Qué dijiste?
Lavender inclinó la cabeza, inocente, como si no entendiera el enojo.
—Nada malo, señora. Solo decía que estas raíces ayudan mucho.
Hubo un silencio incómodo. La mujer apretó los labios, sacó monedas con brusquedad y las dejó caer sobre el canasto. Más de lo que correspondía. Tomó las raíces sin mirarla a los ojos.
—Dame eso.. Y no hables de más.
Lavender guardó las monedas con cuidado y sonrió otra vez, dulce y correcta.
—Gracias por su compra. Que tenga buen día.
La mujer se fue rápido, con pasos tensos, sin volver la vista atrás.
Lavender respiró hondo.
No sentía alegría cruel, ni satisfacción maligna. Sentía equilibrio. Había defendido el trabajo de su abuela sin gritar, sin insultar, sin traicionar sus enseñanzas. Solo había usado la verdad que los adultos creían invisible para una niña.
Mientras acomodaba el canasto, Lavender entendió algo importante:
El respeto no siempre se exige con fuerza.
A veces basta con ver… y recordar.