Charlotte, doncella bastarda de la casa Elara. su destino está maldito por su hermana. la única manera de salvarse es casándose con el hombre más malvado del reino. Nathaniel Cyrus.
Las reencarnaciones tiene a sus favoritos y a sus mejores guerreros.
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Capitulo 5: Bienvenida a casa, duquesa.
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El carruaje se detuvo con un movimiento seco frente a la mansión Cyrus poco antes del mediodía. Charlotte había pasado todo el trayecto sentada con la espalda recta, las manos sobre la falda, mirando por la ventana sin distraerse, repasando una y otra vez lo que iba a decir y lo que no debía decir.
Cuando el cochero abrió la puerta, el aire era más frío que en su residencia.
La propiedad era grande, más de lo que había imaginado, pero no llamativa. No había fuentes decorativas ni jardines exagerados.
Charlotte bajó sola, sin extender la mano para que la ayudaran.
Dos sirvientes la miraron desde la entrada. No la saludaron con entusiasmo. Sus expresiones eran prudentes.
— Soy Charlotte de Elara —dijo con voz clara—. El duque me espera.
Uno de ellos asintió.
— Sí, señorita. Nos avisaron.
El vestíbulo era amplio, silencioso, demasiado ordenado. No había flores, ni cuadros familiares. Se escuchaban pasos lejanos. Los sirvientes caminaban rápido, hablaban bajo.
Charlotte notó algo de inmediato. La casa está pendiente del humor de una sola persona; Nathaniel.
El mayordomo apareció al final del pasillo.
— Señorita Charlotte.
— Sí.
— El duque la recibirá ahora. Sígame.
Caminaron por varios corredores hasta llegar a una sala lateral. La puerta estaba entreabierta.
El mayordomo tocó dos veces.
— Mi señor, la señorita ha llegado.
— Que pase.
La voz era la misma que recordaba. Grave. Muy directa y sin emoción.
Charlotte entró.
Nathaniel estaba de pie junto a la ventana. Traje oscuro, con la medalla de su familia, cabello negro peinado hacia los lados, postura rígida. No parecía alguien que estuviera recibiendo a su futura esposa.
La miró de arriba abajo una vez.
— Llegó a tiempo. Sígame.
Ella obedeció sin protestar.
Caminaron por otro pasillo hasta una sala más pequeña. Dentro había una mesa, un hombre mayor con documentos, tinta y plumas.
El juez.
Charlotte se detuvo.
“Tan rápido"
Nathaniel habló primero.
— Firmaremos ahora.
— ¿Ahora?
— Sí. No pienso perder semanas con rumores ni interferencias de su familia.— La miró de frente.— Una vez firme, será legalmente mi esposa. Nadie podrá tocarla ni reclamarla. Pero no voy a proteger a una mentirosa.
Su mirada se endureció. Charlotte sostuvo sus ojos sin apartarse.
— ¿No me está usando para otro propósito que no sea el de que me habló?
— Solo para sobrevivir.
El juez tosió incómodo. Nathaniel siguió mirándola unos segundos más, como si buscara alguna grieta. No la encontró.
— Entonces siéntese.
Charlotte tomó la pluma. Sus manos no temblaban y firmó.
Nathaniel firmó después. El juez estampó el sello.
— Por la autoridad otorgada por la ley del reino, declaro válido el matrimonio entre el duque Nathaniel Cyrus y la señorita Charlotte de Elara.
Charlotte respiró hondo.
Era oficial. No tenía apellido propio. Porque ahora era Charlotte Cyrus.
Nathaniel habló con tono práctico.
— Desde hoy vivirá aquí. Tendrá habitaciones propias. Nadie la molestará.
Se acercó un poco.
— Pero hay reglas.
— Lo escucho.
— No interfiera con mi trabajo. No organice eventos sin permiso. No traiga a su familia. No mienta. Y no espere afecto. Cada noche me dirá algo de tu usted para verificar su verdad.
Charlotte asintió.
— Acepto.
— Si causa problemas, la enviaré lejos. ¿Entendido?
— Sí.
— Bien.
La observó, esperando quizá una reacción emocional.
— ¿Nada más que decir?
Charlotte lo pensó un momento.
— Solo una cosa.
— Hable.
— No necesito privilegios. Pero quiero libertad para moverme por la casa.
— ¿Para qué?
— No me gusta quedarme quieta.
Nathaniel frunció el ceño.
— Ya lo noté. Mientras no moleste, haga lo que quiera.
— Gracias.
Eso lo desconcertó un poco.
Como si no esperara gratitud. Más tarde, sola en su nueva habitación, Charlotte dejó la maleta sobre la cama.
Era más grande que la anterior. Más amoblada. Se cambió de vestido y salió a explorar.
Los sirvientes la miraban con cautela. Algunos susurraban. Pero no le importaba. Charlotte se detuvo frente a la cocina. Escuchó ollas, cuchillos, vapor.
Entró sin avisar.
Tres cocineros se quedaron rígidos.
— D-duquesa…
Ella levantó la mano.
— Solo Charlotte está bien.
— ¿Necesita algo?
Miró los ingredientes sobre la mesa. Harina, mantequilla, azúcar y anís estrellado.
Le vino un recuerdo claro.
Su cocina pequeña en su vida pasada. Las arepitas dulces que hacía cuando quería algo casero.
Comida simple, pero que satisfacía su corazón.
— ¿Puedo usar la cocina?
Los cocineros se miraron.
— ¿Usted… cocina?
— Sí.
— Pero…
— No voy a incendiar nada. Creo.
Eso no sonó muy convincente.Aun así, le hicieron espacio.
Charlotte empezó segura. Cinco minutos después ya no tanto.
— ¿Por qué está tan pegajosa la masa?
— Puso demasiada agua, duquesa.
— Ah.
— Eso no se amasa así.
— En mi casa sí.
La harina terminó en su manga.
Luego en su mejilla. Luego en el piso. Uno de los cocineros intentó no reírse.
— Perdón —dijo ella—. Estoy oxidada.
— Nunca había visto a una dama hacer esto.
— Yo nunca fui muy dama.
Con un poco de manteca de cochino se hizo el aceite. Por primera vez, los cocinero vieron un nuevo invento en su cocina. Ellos no sabía que para eso se utilizaba la manteca, además del guiso y la panadería. No comentaron.
Tras varios intentos, salieron arepitas doradas con esos puntitos del anís.
Desiguales de tamaño. Pero olían bien y estaban redondas.
Tomó un plato. Le falta la cereza del pastel.
— ¿Dónde está el queso?
— Ya se lo traigo.— el cocinero estaba entusiasmado con la creación de Charlotte.
Una vez agregado en la arepa. Dejó ahí y me preguntó quién quería. Los cocineros fueron los primeros en comer. Era algo que vieron y no le tenía fe. Hasta que el olor venció sus dudas. Al probar, el dulce con el salado dieron explosión en sus bocas.
Charlotte tomó una y realmente estaban deliciosas.
— Las que queden, o mejor dicho las mejores. Se la sirven al duque en su comida. El postre.
Salió de ahí para darse un baño. La bañera era mas grande de lo esperado. Dejó su cuerpo sumergido en relajación total.
" Me dijiste que no te molestará para nada. Pero te necesito Nathaniel. Y se cómo llegar a tí"
En la hora del almuerzo. La sirvienta deja el plato sobre el escritorio. Él preguntó que era eso redondo y dorado en el plato de postres.
— Recomendación de los chefs. La palabra de uno fue. "Son arepitas dulces. No se ven muy bonitas, pero saben bien"
Nathaniel miró una como si fuera sospechosa.
— ¿Lo hizo la duquesa?
— Si. Señor. Si quiere se lo retiro.
— No. Déjelo. Por algo los tres lo recomendaron.
Tomó una y Masticó en silencio.
— Está… decente.
Eso en sí era un cumplido. Para el duque, nada era decente en esta vida. A pesar de tenerlo todo.
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buen Charlotte muestra tus💪