Ella renace en una época mágica.. en el cual su familia la humilla, por lo que decide irse y cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico *
** Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Barco
Leilani cabalgó sin mirar atrás.
La noche la envolvía como un manto espeso, apenas iluminado por la luna. El viento frío le golpeaba el rostro y le hacía arder los ojos, pero no redujo la velocidad. Cada crujido en el bosque le parecía un perseguidor. Cada sombra, un jinete enviado por su padre.
No sabía cuánto tiempo pasó.
Horas.
Horas enteras con el corazón latiendo desbocado.
Solo se detuvo cuando el caballo comenzó a respirar con mayor pesadez. No podía exigirle más si quería llegar lejos. Se internó en un pequeño claro junto a un arroyo, desmontó y dejó que el animal bebiera agua fresca.
Sus manos temblaban.
No sabía si por el esfuerzo o por el miedo acumulado.
Se arrodilló junto al agua y bebió también, sintiendo el frío recorrerle la garganta. Cerró los ojos un momento, obligándose a respirar con lentitud.
—Ya está… ya está… tranquila..
Pero no estaba a salvo aún.
Después de unos minutos, volvió a montar y retomó el camino.
El cielo comenzó a aclararse lentamente, tiñéndose de azul pálido y rosa. Cuando el sol asomó por el horizonte, divisó a lo lejos las siluetas de mástiles y grúas de madera.
El puerto.
Había elegido ese destino porque el movimiento constante ofrecía anonimato. Mercaderes, marineros, viajeros, emigrantes… nadie prestaba demasiada atención a una joven más.
Cuando llegó, desmontó con las piernas entumecidas.
Aún temblaba.
No sabía si alguien ya la estaría buscando. Si la mansión había sido controlada. Si su padre había enviado hombres tras los caballos escapados.
Pero no veía señales de persecución.
El puerto era un caos organizado.. gritos de vendedores, ruedas de carretas chirriando, olor a sal, pescado y madera húmeda.
Primero compró algo de comer en un puesto cercano.. pan caliente y carne seca. Comió deprisa, más por necesidad que por gusto.
Luego se dirigió a una pequeña tienda de ropa.
[Necesito algo práctico]
Compró ropa de hombre.. pantalones sencillos, camisa amplia, chaqueta oscura y un sombrero discreto. Se cambió en un rincón apartado entre almacenes, guardando su vestido en la bolsa.
Al verse, casi no se reconoció.
El atuendo no la convertía en un hombre perfecto, pero la silueta era menos llamativa. En un puerto lleno de viajeros, pasaría desapercibida.
Regresó con el caballo.
Lo acarició con suavidad.
Había sido su compañero de escape.
No podía llevárselo al otro lado del reino sin levantar sospechas, y venderlo implicaría dejar rastro.
Se acercó a un hombre robusto que parecía encargado de un pequeño establo portuario.
—Te pagaré por cuidarlo unos días —dijo, entregándole unas monedas suficientes para no hacer preguntas.
El hombre asintió, más interesado en el dinero que en su identidad.
Antes de irse, Leilani apoyó la frente en el cuello del caballo.
—Gracias..
Luego se apartó.
Compró un pasaje en un barco mercante que partía hacia el otro extremo del reino, hacia una ciudad costera donde el apellido Vitra tenía poco peso y el apellido Baston aún resonaba en ciertos círculos comerciales.
Todo sucedía rápido.
Demasiado rápido.
Cuando el llamado para abordar resonó, sintió que el miedo regresaba con fuerza. Sus manos estaban frías. Su respiración superficial.
Se acercó una última vez al establo.
Miró al caballo.
Y entonces, en un impulso final, liberó discretamente el cerrojo.
Si el hombre lo retenía, al menos el animal tendría oportunidad de escapar más adelante. No quería que pagara por su huida.
Sin mirar demasiado, se dirigió al muelle.
Subió la pasarela del barco con el pulso retumbando en los oídos. Cada paso parecía resonar como una acusación.
[¿Y si alguien grita mi nombre? ¿Y si aparece algun hombre con el escudo Vitra en la capa?]
Pero nadie la detuvo.
Se apoyó en la baranda de madera, intentando parecer tranquila mientras el resto de pasajeros se acomodaba.
El barco crujió.
Las cuerdas comenzaron a soltarse.
El agua golpeó suavemente el casco.
Y cuando la embarcación empezó a moverse, cuando la distancia entre el muelle y la cubierta se abrió lentamente… Leilani soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Un suspiro largo. Profundo. Casi doloroso.
La mansión Vitra ya no estaba detrás de ella.
El reino se abría frente a sus ojos.
Sus planes estaban funcionando.
Aún estaba nerviosa. Aún temblaba por dentro.
Pero estaba viva.
Libre.
Y por primera vez desde que despertó en ese mundo… el futuro no era una amenaza.
Era una posibilidad.
Después de varias horas de navegación, el vaivén constante del mar comenzó a suavizarse.
Leilani, que había permanecido la mayor parte del tiempo en silencio junto a la baranda, observando el horizonte para no pensar demasiado, sintió el cambio antes de escucharlo. El barco redujo la velocidad. Las voces de los marineros se hicieron más técnicas, más concentradas.
Habían llegado.
El puerto al otro lado del reino era distinto al que había dejado atrás. Más pequeño, menos ostentoso, pero igualmente bullicioso. Casas de techos inclinados se extendían más allá del muelle, y el aire olía a sal, algas y especias.
Cuando el barco se detuvo por completo y bajaron la pasarela, su estómago se tensó.
Ahora empezaba lo verdaderamente difícil.
Bajó con paso firme, aunque por dentro el nerviosismo le recorría los brazos como una corriente eléctrica. No sabía a dónde ir. No tenía contactos. No tenía mapa.
Solo tenía libertad.
Y eso era suficiente para dar el siguiente paso.
Respiró hondo.
Las personas que la habían acosado durante años estaban lejos. Cecil con su sonrisa venenosa. Criset con sus burlas constantes. Lord Vitra con su desprecio.
Ya no podían alcanzarla tan fácilmente.
Se mezcló con el grupo de pasajeros que avanzaba hacia la salida del puerto. Imitó sus movimientos, su ritmo, su aparente seguridad. No debía parecer perdida. No debía parecer vulnerable.
Caminar entre la multitud la ayudó a calmarse.
Siguió el flujo de personas hasta que el bullicio del puerto fue quedando atrás y comenzaron a aparecer calles más tranquilas. Tras unos minutos de caminata, el entorno cambió.. casas más pequeñas, tiendas modestas, un mercado central y, al fondo, un pequeño pueblo que parecía extenderse hacia el interior.
Perfecto.
Menos control. Menos vigilancia aristocrática.
Después de un rato, divisó el letrero de una posada. No era lujosa, pero tampoco miserable. Justo lo necesario.
Entró.
El calor del interior la envolvió junto con el aroma de comida recién hecha. Bancas de madera, mesas robustas, viajeros conversando en voz baja. Nadie parecía prestarle demasiada atención.
Se acercó al mostrador.
—¿Tiene habitación disponible?
El posadero, un hombre de barba espesa y expresión práctica, la observó brevemente y asintió.
—Una noche por adelantado.
Pagó sin regatear.
Subió a la habitación asignada y, apenas cerró la puerta, dejó caer la bolsa sobre la cama.
Había llegado.
Se miró en el pequeño espejo de la pared. La ropa de hombre aún la hacía ver algo rígida. Decidió cambiarse por un vestido sencillo y oscuro que había traído, algo que no llamara la atención pero que tampoco pareciera sospechoso.
Se lavó el rostro.
El agua fría le devolvió claridad.
Bajó nuevamente al salón principal y pidió comida. Esta vez comió con más calma. Cada bocado le devolvía sensación de normalidad. Era una viajera más. Una joven buscando establecerse.
Cuando el posadero regresó para anotar sus datos en el registro, le preguntó:
—¿Nombre?
Leilani respondió casi por instinto.
—Leilani.
El hombre alzó la vista.
—¿Apellido?
Por un segundo, dudó.
Tal vez debió inventar uno nuevo. Tal vez cambiar completamente su identidad. Pero hacerlo en ese instante habría sido sospechoso.
Se obligó a mantener la calma.
—Baston —dijo finalmente.
Leilani Baston.
Al oírlo en voz alta, algo dentro de ella se acomodó.
Baston era el apellido de su madre.
No era una mentira. Era una reivindicación.
Subió nuevamente a su habitación con el corazón más ligero.
Sí, tal vez debería haber cambiado su nombre completo. Pensó en ello mientras cerraba la puerta y apoyaba la espalda contra la madera.
Pero Leilani Baston no era una identidad falsa.
Era la verdadera.
Se acercó a la ventana y miró el pequeño pueblo iluminado por faroles.
No sabía qué haría al día siguiente. No sabía cómo cobraría la herencia ni dónde entrenaría sin levantar sospechas.
Pero estaba aquí.
Viva.
Libre.
Y por primera vez, el miedo no era una cadena.
Era simplemente la emoción natural de alguien que acaba de empezar de nuevo.