El sacrificio es solo el comienzo.
Para salvar a su hermana de una muerte segura, Elisabeth toma una decisión irrevocable: entregar su libertad y su sangre a la realeza de las sombras. Como la nueva sierva de sangre personal del príncipe Damián, su vida ahora se mide en gotas y se consume tras los muros de un palacio donde la luz del sol es un recuerdo lejano.
Damián es todo lo que las leyendas advierten: frío, letal y poseedor de una belleza tan peligrosa como su linaje. Sin embargo, tras la máscara de heredero implacable, Elisabeth descubre a un hombre atrapado en su propia inmortalidad. Lo que comienza como un contrato de supervivencia se transforma en una atracción magnética y prohibida que desafía las leyes de la naturaleza y los prejuicios de siglos de guerra.
Pero en el mundo de los inmortales, el amor es una debilidad que los enemigos no perdonan. Mientras su conexión crece, el destino comienza a tejer una red de traiciónes, secretos y una profecía antigua
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capítulo 20 : La verdad en las cenizas
El aire del bosque olía a nieve y a libertad robada. Andrew caminaba tropezando, con el costado ardiendo y el alma hecha jirones. Cuando llegó al linde de los sauces llorones, una figura surgió de las sombras con una ballesta tensa.
—¡Alto! —gritó una voz conocida. Era Kael. Al reconocer a Andrew, bajó el arma y corrió hacia él—. ¡Andrew! ¡Por los dioses, estás vivo!
Kael lo sostuvo antes de que colapsara. Sus ojos buscaron desesperadamente detrás de su líder, esperando ver la silueta dorada de Elisabeth. Pero solo encontró la oscuridad del bosque.
—¿Dónde está ella? —preguntó Kael, su voz temblando—. ¿Dónde está la Dama del Alba?
Andrew levantó la mirada, con los ojos inyectados en sangre. Recordó la amenaza de Damián, el frío de la marca en su cuello que vibraba cada vez que pensaba en Mary. Pero Andrew era un cazador, y su lealtad a la verdad era más fuerte que el miedo.
—Se quedó —soltó Andrew con un hilo de voz—. Pero no porque quisiera. Se cambió por mí. Se entregó para que yo pudiera volver a protegeros. Damián la tiene presa en el corazón del palacio.
Kael retrocedió, golpeado por la noticia.
—¿Se sacrificó... por nosotros?
—Se sacrificó por todos —sentenció Andrew, apretando los dientes—. Y si no hacemos algo, el eclipse la consumirá
Llegaron al nuevo refugio al amanecer. El campamento estaba en silencio hasta que Mary salió de la tienda médica. Al ver a su hermano mayor solo, cubierto de moretones y con la ropa hecha jirones, la pequeña se detuvo en seco. No hubo necesidad de explicaciones. Mary, con esa sabiduría cruel que dan las enfermedades, lo supo al instante.
—Ella no va a volver hoy, ¿verdad? —susurró Mary, abrazando la cintura de Andrew.
Andrew la estrechó contra su pecho, sintiendo el latido débil de la niña y el pinchazo de la maldición de Damián advirtiéndole que guardara silencio sobre el trato. Pero el daño ya estaba hecho. La verdad se propagó por el campamento como un incendio forestal.
Esa noche, todos los cazadores supervivientes se reunieron alrededor de un mapa del palacio. No había miedo en sus rostros, solo una determinación fría que superaba cualquier instinto de conservación.
—Damián cree que al liberarme nos ha quebrado —dijo Andrew, señalando las torres del Palacio de las Sombras—. Cree que nos rendiremos ahora que nuestra líder está cautiva. Pero lo que ha hecho es darnos una razón para no dejar ni una piedra en pie de ese maldito castillo.
—Quedan dos semanas para el Eclipse de Sangre —intervino Kael, afilando su daga—. Si esperamos a que el sol desaparezca por completo, ella perderá sus poderes y Damián será invulnerable. Tenemos que atacar antes.
—Habrá una guerra —dijo una anciana cazadora—. Moriremos muchos.
—Entonces moriremos bajo la luz que ella nos dio —respondió Andrew, poniéndose de pie con esfuerzo—. No vamos a rescatar a una damisela en apuros. Vamos a rescatar a nuestra Reina. Preparad el acero bendito y las bombas de luz. En catorce días, el Palacio de las Sombras conocerá el verdadero incendio.