Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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Último recurso
El edificio antiguo de los De La Vega se sentía como un mausoleo. El aire estaba viciado por el polvo de décadas y el olor metálico de la humedad. En la oscuridad del salón principal, donde antes colgaban retratos de gente honorable, Andrés Lara temblaba. Se encontraba de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo de madera podrida que crujía bajo su peso. Frente a él, la sombra que representaba a la organización Helios permanecía inmóvil, apenas iluminada por la luz fría que se filtraba por las ventanas rotas.
—Fracasaste, Andrés —la voz del hombre era un susurro gélido—. Te dimos los recursos, la ubicación y el momento. Miranda estaba en la palma de tu mano y la dejaste escapar.
—¡No fue mi culpa! —chilló Andrés, su voz quebrándose en un tono agudo y patético—. Lissandro envió a sus hombres antes de tiempo. Ella no se detuvo porque no quisiera entrar, se detuvo porque él la tiene bajo una vigilancia asfixiante. ¡Él la controla! ¡Él sabía que yo estaba aquí!
Andrés se arrastró unos centímetros más hacia la figura oscura, en un gesto de sumisión tan bajo que habría provocado náuseas a cualquiera que lo hubiera conocido en sus días de gloria. El hombre que una vez caminó por Wall Street como si fuera el dueño del mundo, ahora mendigaba una segunda oportunidad entre los escombros.
—Por favor... no me dejen solo. Sin ustedes, Saavedra me cazará. Saben que es un monstruo. Saben lo que le hizo a mi padre.
La figura de Helios dio un paso adelante, revelando apenas el brillo de un anillo con el sello del sol negro.
—Nosotros no somos una organización de caridad, Andrés. No protegemos a los débiles, los usamos. Lissandro Saavedra nos robó algo mucho más valioso que dinero hace diez años, y pensamos que tu odio sería el combustible perfecto para recuperarlo. Pero eres un estorbo.
Andrés tragó saliva, sintiendo el sabor amargo del miedo. Tenía que ofrecer algo que Lissandro no hubiera podido borrar, algo que hiriera a Miranda tanto como a él.
—¡Esperen! —exclamó, casi sollozando—. Tengo algo más. Un secreto que Lissandro ha enterrado bajo millones de dólares.
La sombra se detuvo. El silencio que siguió fue absoluto.
—Habla —ordenó el hombre de Helios.
—Lissandro seguramente no ha dicho que "rescató" a Miranda de aquellos sujetos para vénganse de mí, ¿verdad? —Andrés dejó escapar una risa nerviosa y malvada—. Pero la verdad es que él sabía mis planes, el sabía lo que pasaría, aunque no sabía cuándo. Lissandro tenía las pruebas, tenía el poder para detener el infierno que vivió Miranda. Pero no lo hizo.
La figura oscura guardó silencio, procesando la información. Andrés, viendo una grieta de interés, continuó arrastrándose, hablando cada vez más rápido.
—Él dejó que yo devorara el patrimonio de los De La Vega. Dejó que Miranda cayera en la miseria absoluta y que su apellido fuera humillando... porque sabía que solo así ella estaría lo suficientemente desesperada para aceptar su "ayuda". Él no la salvó de un incendio, él dejó que la casa se quemara para poder aparecer como el bombero y quedarse con ella. Él orquestó su orfandad emocional para ser su único dueño.
El hombre de Helios se inclinó, tomando a Andrés por la barbilla con una mano enguantada. La presión fue dolorosa.
—¿Tienes pruebas de que Saavedra permitió todo eso a propósito?
—En la caja de seguridad de la mansión Lara... hay informes de inteligencia que demuestran lo que estoy diciendo —aseguró Andrés, con los ojos brillando—. Lissandro recibió las alertas y las ignoró. Permitió que yo destruyera el apellido De La Vega para que Miranda no tuviera a nadie más a quien acudir. Si ella se entera de que su "héroe" pudo salvarla y decidió no hacerlo para poder poseerla... ella misma lo destruirá.
La sombra soltó a Andrés, quien cayó de bruces contra el suelo, jadeando.
—Esto es útil —dijo la figura de Helios—. Si lo que dices es cierto, tenemos la forma de que Miranda Saavedra se convierta en la mano que ejecute nuestra venganza. Nada duele más que saber que tu salvador fue, en realidad, quien permitió tu ruina.
Andrés sonrió entre las sombras, una sonrisa torcida y llena de autodesprecio. Había logrado sobrevivir una noche más vendiendo la última pizca de verdad que le quedaba. Se sentía como el ser más rastrero sobre la tierra, pero en su mente, ver la cara de Miranda cuando descubriera que su "milagro" fue una manipulación cruel, valdría cualquier humillación.
—¿Qué quieres que haga ahora? —preguntó Andrés, levantándose con dificultad.
—Quédate aquí. Las Sombras te vigilarán —sentenció el hombre—. Mañana buscaremos esos documentos. Y cuando los tengamos, haremos que Miranda vea cómo su mundo perfecto se incendia desde adentro.
La figura desapareció en la oscuridad del pasillo, dejando a Andrés solo en la inmensa biblioteca. Se sentó en el suelo, rodeado de libros que una vez pertenecieron a la familia que él ayudó a destruir, y por primera vez en mucho tiempo, sintió el placer oscuro de la anticipación. Pronto, Lissandro Saavedra estaría en el fango con él, ahogándose en la verdad.