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Cautiva

Cautiva

Status: Terminada
Genre:Elección equivocada / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9 La hija que regresó de entre los muertos

Las palabras de Valentina Montenegro parecieron congelar el aire.

—Tú estabas muerta para nosotros.

Ana Laura permaneció inmóvil frente a la puerta.

Durante un instante creyó haber escuchado mal.

Quizás los nervios.

Quizás la tensión.

Pero la expresión de aquella mujer decía otra cosa.

No era confusión.

No era sorpresa.

Era conmoción.

Pura y devastadora conmoción.

Valentina había palidecido tanto que parecía a punto de desmayarse.

Sus manos temblaban.

Sus ojos no dejaban de recorrer el rostro de Ana.

Como si estuviera intentando convencerse de que era real.

—¿Qué dijo? —preguntó Ana finalmente.

La voz apenas salió de su garganta.

Valentina abrió la boca.

Pero ninguna palabra apareció.

Solo lágrimas.

Lágrimas que comenzaron a descender lentamente por sus mejillas.

Jared observaba la escena en silencio.

Más tenso de lo habitual.

Como si comprendiera perfectamente la magnitud de aquel momento.

—Señora... —insistió Ana—. ¿Por qué dijo eso?

Valentina siguió mirándola.

Y entonces dio un paso hacia adelante.

Uno solo.

Con una lentitud casi dolorosa.

—Tus ojos...

Ana sintió un escalofrío.

—¿Qué pasa con ellos?

Valentina llevó una mano temblorosa a su boca.

—Son iguales.

—¿Iguales a quién?

La mujer cerró los ojos.

Y cuando volvió a abrirlos, estaban llenos de una tristeza antigua.

Una tristeza que parecía haber vivido con ella durante décadas.

—A los de tu padre.

El corazón de Ana se detuvo.

Literalmente.

—¿Mi padre?

Valentina comenzó a llorar con más fuerza.

—Dios mío...

Ana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Durante semanas había perseguido respuestas.

Y ahora estaba allí.

Frente a una mujer que parecía conocerlas todas.

—¿Usted es mi madre?

La pregunta quedó suspendida entre ambas.

Valentina la observó.

Y rompió a llorar.

Aquello fue suficiente.

Ana ya conocía la respuesta.

Pero aun así necesitaba escucharla.

Necesitaba oírlo.

Necesitaba que fuera real.

—Dígamelo.

La mujer asintió lentamente.

—Sí.

Las lágrimas llenaron los ojos de Ana de inmediato.

—¿Usted es mi madre?

—Sí.

—¿Mi madre biológica?

Valentina cerró los ojos.

—Sí.

El mundo entero pareció detenerse.

Veintiún años.

Veintiún años preguntándose quién era.

Y ahora estaba allí.

Frente a ella.

Respirando.

Llorando.

Mirándola.

Ana sintió que las piernas le temblaban.

Tuvo que apoyarse ligeramente en la baranda del porche para no caer.

—No entiendo...

Valentina dio otro paso.

—Yo tampoco.

Ana soltó una pequeña risa nerviosa.

Y luego comenzó a llorar.

Sin poder evitarlo.

Toda la rabia.

Toda la incertidumbre.

Todo el dolor acumulado.

Salió de golpe.

La mujer frente a ella también lloraba.

Y durante varios segundos ninguna pudo hablar.

Simplemente se miraron.

Como si intentaran recuperar veintiún años perdidos.

Finalmente fue Valentina quien rompió el silencio.

—Entren.

Ana levantó la mirada.

La mujer se apartó de la puerta.

Todavía parecía en estado de shock.

—Por favor.

Ana miró a Jared.

Él asintió suavemente.

Y ambos entraron.

La casa era elegante.

Lujosa.

Pero extrañamente fría.

No tenía la calidez de la mansión Ventura.

Todo parecía demasiado perfecto.

Demasiado calculado.

Como si fuera una vitrina.

Valentina los condujo hacia una sala privada.

Apenas se sentaron, volvió a mirar a Ana.

Y comenzó a llorar otra vez.

—No puedo creerlo.

Ana sentía el corazón acelerado.

—¿Por qué creía que estaba muerta?

La pregunta borró cualquier emoción del rostro de Valentina.

El miedo apareció inmediatamente.

—Porque eso fue lo que me dijeron.

—¿Quién?

Silencio.

Valentina bajó la mirada.

—Mi padre.

Ana sintió un escalofrío.

Horacio Montenegro.

—¿Su padre le dijo que yo estaba muerta?

Valentina asintió.

—Me dijeron que habías nacido sin vida.

Ana quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Yo nunca te vi.

Las lágrimas regresaron.

—Nunca me dejaron verte.

Ana sintió una mezcla insoportable de dolor y rabia.

—¿Qué quiere decir?

Valentina respiró profundamente.

—Cuando desperté después del parto me dijeron que mi hija había muerto.

Ana comenzó a negar con la cabeza.

—No...

—Me enseñaron documentos.

—¡Pero era mentira!

—Lo sé.

La voz de Valentina se quebró.

—Ahora lo sé.

El silencio se volvió insoportable.

Ana sintió ganas de llorar.

De gritar.

De romper algo.

Porque aquello era mucho peor que un abandono.

Mucho peor.

Su madre no la había dejado.

Se la habían arrebatado.

—¿Quién hizo eso? —preguntó finalmente.

Valentina cerró los ojos.

—No lo sé.

Ana golpeó el brazo del sillón.

—¡Alguien tuvo que hacerlo!

—Ana...

—¡Me quitaron a mi madre!

Valentina comenzó a llorar nuevamente.

—Y a mí me quitaron a mi hija.

Aquellas palabras destruyeron gran parte de la furia de Ana.

Porque vio algo imposible de fingir.

Dolor.

Dolor real.

Dolor de años.

Dolor de una madre que había llorado a una hija que creía muerta.

Durante dos décadas.

Ana bajó la mirada.

Y por primera vez sintió compasión.

Mucha.

—¿Me buscó?

La pregunta salió apenas como un susurro.

Valentina comenzó a llorar aún más.

—Todos los días.

Ana sintió que el corazón se rompía.

—¿Qué?

—Todos los días durante años.

La mujer apretó las manos.

—Nadie me creyó.

—¿Por qué?

—Porque me dijeron que estaba obsesionada.

Ana tragó saliva.

—Pero usted sentía que yo estaba viva.

Valentina asintió.

—Una madre sabe ciertas cosas.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Ana.

Y durante varios segundos ninguna pudo hablar.

De pronto se escuchó el sonido de una puerta cerrándose en otro sector de la casa.

Valentina se puso rígida.

Tan rígida que Ana lo notó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

La mujer palideció.

—Nada.

Pero era mentira.

Ana lo vio claramente.

—¿Quién llegó?

Valentina no respondió.

Y eso fue suficiente.

Pasos.

Firmes.

Lentos.

Acercándose.

La tensión llenó la habitación.

Jared se incorporó ligeramente en su asiento.

Sus ojos se volvieron atentos.

Calculadores.

Como si estuviera preparado para cualquier cosa.

Entonces apareció un hombre.

Alto.

Elegante.

De unos cincuenta años.

Con una mirada fría.

Muy fría.

Se detuvo al ver a Ana.

Y algo oscuro cruzó por sus ojos.

Algo que desapareció casi de inmediato.

Pero que ella alcanzó a ver.

—Valentina.

Su voz sonó dura.

Controlada.

—¿Quiénes son?

El silencio cayó sobre la sala.

Valentina parecía aterrorizada.

Y aquello llamó inmediatamente la atención de Ana.

—Son visitas —respondió la mujer.

El hombre la observó unos segundos.

Luego volvió la vista hacia Ana.

Demasiado tiempo.

Demasiado intensamente.

—¿Visitas?

Nadie respondió.

La tensión se hizo más pesada.

Finalmente sus ojos se detuvieron en Jared.

Y algo parecido al reconocimiento apareció en su rostro.

Por una fracción de segundo.

Luego desapareció.

—Entiendo.

Pero claramente no entendía.

O quizás entendía demasiado.

Ana sintió un escalofrío.

Porque por primera vez estaba frente a alguien que no parecía sorprendido por su existencia.

Parecía molesto.

Como si ella fuera un problema.

Y algo dentro de ella supo inmediatamente que aquel hombre era peligroso.

Muy peligroso.

Sin saber que acababa de conocer a Ramiro Echeverría.

El hombre que había construido su vida sobre mentiras.

Y que haría cualquier cosa para impedir que la verdad saliera a la luz.

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Primi Mendez
pero no tiene sentido que diga que no podrá escaparse de su pasado si ella es lo que esta buscando. y lo que se busca siempre se encuentra /Bye-Bye/
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