Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 22: El banquete de la Regente
El Gran Salón de los Espejos resplandecía bajo la luz de cientos de velas dispuestas en fastuosas arañas de cristal. Los tapices imperiales, tejidos con hilos de oro y plata, cubrían los altos muros, y los acordes de la orquesta real llenaban el aire con una melodía sofisticada. Era la noche de la presentación oficial de Vivianne como Regente absoluta del Imperio, y la flor y nata de la aristocracia se había reunido para rendirle pleitesía.
Vivianne ocupaba un sitial elevado a la derecha del trono vacío de su padre, quien descansaba en sus aposentos. Vestía un imponente vestido de gala de terciopelo carmín con brocados oscuros, un color que evocaba tanto su linaje como el poder que ahora ostentaba. El corte del vestido acentuaba sus curvas con una elegancia soberana, y sobre sus hombros descansaba una delicada tiara de rubíes. Su mirada de obsidiana, antes esquiva, ahora recorría el salón con la firmeza de una monarca absoluta.
La dinámica de la corte había cambiado por completo. Los mismos condes y duques que en su vida pasada la ignoraban o conspiraban a sus espaldas, ahora hacían fila para conseguir un segundo de su atención. Los jóvenes herederos de las provincias más ricas del imperio se arremolinaban cerca del estrado, carraspeando y acomodándose las túnicas, desesperados por llamar la atención de la mujer más poderosa del continente. Todos buscaban la gloria de convertirse en el consorte de la Regente.
En mitad de la recepción, las puertas principales se abrieron de par en par, anunciando la llegada del Gran Duque del Norte.
Stefan cruzó el umbral, y el murmullo de las conversaciones se extinguió casi de inmediato. Para esta ocasión, el guerrero había dejado de lado su armadura de combate, reemplazándola por un traje de gala de satén negro con bordados de plata que dibujaban runas sutiles en los puños y el cuello alto. Una pesada capa de terciopelo oscuro caía sobre sus hombros, sujeta por un broche con la efigie del lobo. Su estatura imponente y la severidad de sus facciones lo hacían lucir como una deidad de la guerra en un salón de seda. Sus ojos carmesí escanearon el lugar, ignorando por completo las reverencias de la baja nobleza, hasta fijarse en Vivianne.
Vivianne sintió que su sangre daba un sutil vuelco al verlo, pero mantuvo la compostura.
Fue en ese momento cuando el Marqués de Valois, un joven y apuesto heredero de las fértiles tierras del oeste, decidió dar su paso. Valois, conocido tanto por su inmensa fortuna como por su arrogancia cortesana, avanzó hacia el estrado con una sonrisa galante que pretendía ser irresistible. Inclinó la cabeza con estudiada cortesía y, en un movimiento sumamente atrevido que violaba el protocolo estricto de la corona, extendió la mano y tomó los dedos enguantados de Vivianne, apretándolos con osadía.
—Su Alteza Real, mi bella Regente —pronunció el marqués, con una voz aterciopelada que pretendía cautivar al salón—. El imperio entero celebra su ascenso, pero este salón carece de vida si la mujer que lo gobierna no nos concede el honor de inaugurar la pista. Concédame este vals, Vivianne. Permítame ser el primero en sostener la mano de la emperatriz del sol.
Vivianne entrecerró los ojos, dispuesta a poner al marqués en su lugar por su atrevimiento, pero no tuvo necesidad de emitir una sola palabra.
Desde el otro extremo del salón, a más de veinte metros de distancia, la mirada de Stefan se clavó directamente en el Marqués de Valois. Las pupilas carmesí del Gran Duque brillaron con un destello asesino, gélido y de una posesividad tan cruda que parecía una declaración de guerra silenciosa.
En ese mismo instante, la atmósfera del Gran Salón de los Espejos sufrió una alteración física. La temperatura descendió de golpe de una manera antinatural; el aliento de los invitados más cercanos comenzó a formar una sutil bruma blanca y las llamas de los candelabros más cercanos vibraron como si una ráfaga de viento helado hubiera entrado por las ventanas cerradas.
El Marqués de Valois sintió el cambio en el aire de inmediato. Un escalofrío brutal le recorrió la espina dorsal y, al levantar la vista, se topó de frente con la silueta de Stefan, que avanzaba hacia ellos con la parsimonia de un lobo que está a punto de quebrar el cuello de un intruso. La presión que emanaba del duque era tan asfixiante que el joven marqués palideció por completo, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. Su sonrisa se borró de golpe y, temblando bajo el peso de esa mirada de fuego, soltó la mano de Vivianne como si la seda del vestido le quemara los dedos, dando un paso atrás con el rostro teñido por el terror.
Stefan no había dicho una sola palabra, no había desenvainado un arma, pero toda la corte acababa de comprender que acercarse a la Regente con intenciones de cortejo era lo mismo que asomarse al borde de un abismo.
felicidades por tus novelas.