Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 1
—¡Yo no la empujé!
La voz de Adalia Mordrith resonaba en el salón imperial.
Anna frunció el ceño mientras leía desde su teléfono, sentada en el sofá con una manta sobre las piernas.
—Claro que no la empujaste —murmuró con sarcasmo—. Pero igual te van a culpar porque no sabes defenderte.
En la escena, la concubina lloraba débilmente, sostenida por Godric Thorne, el hermano menor del emperador.
Hermoso. Noble. “Bondadoso”.
Y completamente ciego.
—Mi señor… yo nunca quise interponerme entre ustedes… —susurraba la concubina, temblorosa—. Pero la dama Adalia me odia desde el primer día…
Anna rodó los ojos.
—Sí, seguro. Pobrecita manipuladora profesional.
El texto narraba cómo Adalia siempre había estado enamorada de Godric desde joven. Cómo aceptó convertirse en su esposa aun sabiendo que él tenía una concubina favorita. Cómo soportó humillaciones, desprecios y castigos.
Porque lo amaba.
Anna bufó.
—Ahí está tu error. Amar a un hombre que no te defiende.
En la novela, decían que Adalia maltrataba a la concubina.
Que intentó envenenarla.
Que la empujó en el jardín.
Que era celosa, cruel, desequilibrada.
Pero cada escena estaba narrada desde rumores. Nunca pruebas.
Y aun así, Godric siempre castigaba a Adalia.
Sin escucharla.
Sin dudar.
Hasta que llegó el día del accidente.
Anna siguió leyendo con el ceño fruncido.
La concubina cayó por las escaleras del ala oeste.
Rodó varios escalones.
Sangre.
Gritos.
Un médico.
Un susurro devastador:
—El bebé… no se pudo salvar.
Anna se quedó en silencio un segundo.
—Qué conveniente —murmuró—. Justo cuando necesitaba una acusación irreversible.
En la historia, todos miraron a Adalia.
Porque ella estaba allí.
Porque discutieron minutos antes.
Porque la concubina la había “provocado”.
Y porque era más fácil culpar a la esposa oficial que cuestionar a la favorita embarazada.
Luego vino el juicio.
Acusaciones de intento de asesinato.
Conspiración.
Adulterio con un caballero inventado.
Traición.
Anna soltó una risa incrédula.
—¿Adulterio? Pero si esta mujer apenas puede levantar la mirada sin pedir permiso.
En la escena final, Adalia lloraba.
Rogaba.
Se arrodillaba ante Godric.
—¡Yo te amo! ¡Jamás te traicionaría!
Y él…
No la miraba.
—Eres una estúpida —murmuró Anna con dureza—. Y Godric lo es aún más por creer en esa actriz barata.
La sentencia fue ejecución inmediata.
La concubina bajó la cabeza con falsa tristeza.
Godric permaneció en silencio.
Y Adalia murió creyendo que, si lo amaba lo suficiente, él algún día entendería.
Anna dejó el teléfono a un lado.
—Si hubiera sido yo… habría roto el compromiso el primer día.
Se levantó del sofá, todavía molesta.
—O mejor aún, habría hecho que él se arrastrara. No al revés.
Caminó hacia la cocina, aún murmurando para sí.
—En serio, Adalia Mordrith… qué forma tan patética de morir.
Bajó las escaleras distraída.
Pensando.
—Y ese tal Godric… otro idiota. Manipulado por una sonrisa y un par de lágrimas.
Su pie pisó algo húmedo.
Un segundo.
Solo uno.
Resbaló.
El mundo giró.
Un golpe seco contra el borde del escalón.
Dolor blanco.
Silencio absoluto.
Y luego…
Nada.
Anna abrió los ojos con un sobresalto.
La habitación no era suya.
El techo era alto, decorado con molduras doradas. Las cortinas pesadas dejaban pasar una luz suave que teñía todo de un brillo cálido.
Se incorporó lentamente.
La tela bajo sus dedos no era algodón barato. Era seda.
Su respiración empezó a acelerarse.
—¿Dónde…?
Se miró las manos.
Dedos largos. Delicados. Uñas perfectamente cuidadas. La piel era clara, impecable, casi luminosa.
El corazón le dio un vuelco.
Se levantó de la cama, sintiendo el peso extraño de su propio cuerpo, y caminó hasta el espejo de cuerpo entero junto al tocador.
Y entonces lo vio.
Un rostro que parecía sacado de un retrato antiguo.
Hermoso.
Demasiado hermoso.
Cabello largo, ondulado, de un dorado suave que caía como cascada sobre los hombros y más allá. No era oscuro. No era común. Brillaba con naturalidad bajo la luz de la mañana.
Los ojos… claros, profundos, con una intensidad que parecía contener más de lo que mostraban. Las facciones finas, delicadas, casi etéreas. Labios definidos, ligeramente entreabiertos por la sorpresa.
Anna se quedó sin aire.
—¿Soy… yo?
Se acercó más al espejo, tocándose el rostro con incredulidad. La piel estaba tibia. Real. No era un sueño.
Ese no era el rostro de alguien ordinario.
Era el rostro de alguien criada entre lujos.
El de alguien acostumbrada a ser observada.
Su mente se quedó en blanco un segundo.
Y luego—
Dolor.
Un latigazo de recuerdos que no eran suyos.
Un anuncio formal en un salón imperial.
Una voz masculina, firme.
Un compromiso arreglado.
Un nombre.
Godric.
Una fecha.
Un mes.
Faltaba un mes para la boda.
Un mes antes de casarse con Godric.
Antes de la concubina.
Antes del embarazo.
Antes de la caída por las escaleras.
Antes de la ejecución.
Anna levantó la mirada hacia su reflejo.
Ya no había burla en sus ojos.
Había determinación.
—Bien.
Su voz salió más firme de lo que esperaba.
—Si tengo un mes… es más que suficiente.
Sus labios se curvaron apenas.
No en dulzura.
En estrategia.
—Esta vez no me caso.
Y si el imperio creía que Adalia Mordrith era una villana…
Todavía no habían visto nada.
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Bienvenidos a Escuchada por el Tirano 🤍
Espero que puedan acompañarme en esta nueva historia y caminar junto a Adalia mientras intenta cambiar el destino que alguna vez la llevó a la muerte.
Gracias por estar aquí desde el inicio y por darle una oportunidad a esta historia.