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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3 SEIS AÑOS

Lucía siempre había pensado que las grandes historias de amor comenzaban de una manera extraordinaria.

Con un encuentro inesperado.

Con una mirada imposible de olvidar.

Con una casualidad tan perfecta que parecía escrita por alguien.

Durante años había visto películas donde dos personas se encontraban en una estación de tren, chocaban accidentalmente en una calle llena de gente o descubrían que se conocían desde niños sin haberlo sabido.

Su historia con Mateo no había sido así.

No hubo música.

No llovía.

No hubo flores.

No llevaba un vestido especial.

Ni siquiera estaba buscando enamorarse.

Tenía veintiún años cuando lo conoció.

Trabajaba medio tiempo en una pequeña papelería cerca de una avenida muy concurrida y estudiaba por las noches. No estaba segura de qué quería hacer con su vida, pero sí sabía que quería terminar sus estudios, ayudar a su madre y conseguir un trabajo estable.

En aquel entonces, Lucía no pensaba en casarse.

El matrimonio era algo que pertenecía a un futuro lejano.

Primero quería tener su propia estabilidad.

Tener un lugar donde vivir.

Ayudar a Teresa para que dejara de preocuparse por cada recibo.

Conseguir que Diego, que entonces tenía catorce años, pudiera estudiar sin que el dinero fuera siempre un problema.

Eso era suficiente.

Hasta que una tarde de junio Mateo entró a la papelería.

Y no ocurrió nada especial.

Al menos al principio.

—¿Tienen copias a color? —preguntó él.

Lucía levantó la cabeza.

—Sí.

—¿También imprimen desde correo?

—Sí.

—Perfecto.

Mateo sacó su teléfono.

Le mostró un archivo.

Lucía lo recibió y empezó a trabajar.

—¿Cuántas?

—Tres.

—¿En tamaño A4?

—Sí.

Ella imprimió las hojas.

Mateo pagó.

—Gracias.

—De nada.

Se fue.

Eso fue todo.

Lucía lo olvidó cinco minutos después.

Hasta que volvió dos días más tarde.

—Hola.

Ella lo reconoció.

—Hola.

—Necesito otra impresión.

Lucía sonrió.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿También tres?

—Esta vez cinco.

—Vas mejorando.

Mateo soltó una risa.

—¿Me recuerdas?

—Vuelves mucho.

—Eso es bueno para el negocio.

—Entonces eres un buen cliente.

—Eso intento.

La conversación terminó.

Pero una semana más tarde volvió.

Y después otra.

A veces necesitaba copias.

A veces impresiones.

A veces una recarga telefónica que podía comprar en cualquier otro lugar.

Lucía comenzó a sospechar que las impresiones no eran realmente el motivo de sus visitas.

Una tarde, mientras buscaba unas monedas para darle vuelto, él preguntó:

—¿Siempre trabajas aquí?

—Por las tardes.

—¿Y estudias?

Lucía lo miró.

—Sí.

—¿Qué estudias?

—Administración.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Por qué?

Ella se quedó pensando.

—Porque me gusta entender cómo funcionan las cosas.

Mateo sonrió.

—Eso explica por qué organizas todo.

Lucía levantó una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

—¿Qué?

—¿Cómo sabes que organizo todo?

Mateo se encogió de hombros.

—Se nota.

Lucía no supo si sentirse halagada o incómoda.

—¿Y tú qué haces?

—Trabajo en una empresa de distribución.

—¿Te gusta?

—A veces.

—¿A veces?

—Hay días en que sí. Otros días quisiera desaparecer.

Lucía sonrió.

—Creo que todos pensamos eso.

—¿Incluso tú?

—Claro.

—No pareces de las que quieren desaparecer.

Lucía lo observó.

—¿Y cómo parezco?

Mateo sonrió.

—Como alguien que siempre encuentra una solución.

Aquella frase permaneció en la cabeza de Lucía mucho más tiempo del que habría querido admitir.

Porque era verdad.

Desde pequeña había aprendido a buscar soluciones.

Cuando su madre no podía pagar algo, Lucía encontraba la manera de ahorrar.

Cuando Diego tenía problemas en el colegio, ella hablaba con los profesores.

Cuando algo se rompía, intentaba arreglarlo.

Cuando tenía miedo, fingía que no lo tenía.

Nunca había considerado aquello una cualidad.

Para ella solo era necesario.

La vida no le había enseñado a esperar que alguien más resolviera sus problemas.

Empezaron a hablar.

Primero unos minutos.

Después media hora.

Luego mensajes.

Mateo consiguió su número con una excusa sencilla.

—¿Tienes WhatsApp? Necesito enviarte un documento.

Lucía sabía perfectamente que podía enviarlo por correo.

Pero le dio el número.

No pensó demasiado en ello.

Durante las primeras semanas, sus conversaciones fueron inocentes.

Trabajo.

Estudios.

Música.

Películas.

Familia.

Comida.

Cosas pequeñas.

Mateo le preguntaba cómo estaba su madre.

Recordaba el nombre de su hermano.

Se interesaba por sus clases.

Y, algo que Lucía valoraba especialmente, nunca se burlaba de sus sueños.

Cuando ella decía que quería tener una casa propia algún día, él no se reía.

Cuando hablaba de ayudar económicamente a su familia, él no lo veía como una carga.

Cuando decía que no quería endeudarse para aparentar una vida que no podía pagar, él estaba de acuerdo.

—No necesito una casa enorme —le dijo una tarde.

—¿Entonces qué necesitas?

Mateo pensó unos segundos.

—Una casa donde haya paz.

Lucía sonrió.

—Eso sí me gusta.

—¿Y tú?

Ella miró la calle.

—Una cocina grande.

—¿Una cocina?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—No. También quiero una ventana grande.

—¿Para qué?

—Para que entre el sol.

Mateo sonrió.

—Tienes sueños muy específicos.

—Son mejores que soñar con cosas imposibles.

—No lo sé.

—¿Tú qué quieres?

Mateo la miró.

—Tener una familia.

Lucía sintió calor en las mejillas.

No respondió.

Pero aquella noche pensó en esa frase antes de dormir.

Su primera cita fue en un pequeño restaurante.

No era elegante.

Tenía seis mesas.

Una televisión colgada en una esquina.

Manteles de plástico.

Y un menú escrito a mano.

Mateo llegó diez minutos tarde.

Lucía fingió estar molesta.

—Llegas tarde.

—Lo siento.

—¿Cuánto?

—Diez minutos.

—Eso es mucho.

—Traigo una explicación.

—Quiero escucharla.

—Había tráfico.

Lucía lo miró.

—Esa es una excusa.

Mateo sonrió.

—Está bien. La verdad es que estaba nervioso.

Ella se quedó callada.

—¿Nervioso?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería que esta cita saliera bien.

Lucía bajó la mirada.

—Ya está saliendo bien.

Mateo sonrió.

Aquella fue la primera vez que Lucía pensó que podría enamorarse de él.

No ocurrió de inmediato.

Fue lento.

Como una lluvia que comienza con unas pocas gotas y, cuando uno se da cuenta, ya ha empapado todo.

Se enamoró de sus llamadas.

De sus mensajes.

De cómo se preocupaba cuando ella estaba enferma.

De cómo aparecía con una sopa cuando Teresa no podía cocinar.

De cómo ayudó a Diego con una tarea de matemáticas.

De cómo la esperaba afuera de la universidad.

De cómo celebraba sus pequeños logros.

Pero, sobre todo, se enamoró de la sensación de no estar sola.

El primer año pasó rápido.

Después llegó el segundo.

Para entonces ya eran una pareja conocida por todos.

Mateo había aprendido a entrar a la casa de Lucía sin tocar.

Teresa le servía comida.

Roberto hablaba con él de fútbol.

Diego le pedía dinero prestado.

Y Lucía sonreía cada vez que los veía juntos.

Una noche, mientras caminaban por el barrio, Mateo tomó su mano.

—Quiero preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Te imaginas casándote conmigo?

Lucía se detuvo.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste.

—Es una pregunta seria.

—Sí.

Lucía lo miró.

—Algún día.

—¿Algún día?

—No mañana.

Mateo rio.

—Está bien.

—Primero tenemos que ahorrar.

—Lo sé.

—Y conseguir una casa.

—Sí.

—Y estabilizarnos.

—Sí.

—Y no quiero endeudarme.

Mateo sonrió.

—Está bien.

—¿Por qué te ríes?

—Porque ya tienes organizado nuestro matrimonio antes de que te lo proponga.

Lucía le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Alguien tiene que pensar.

Mateo la abrazó.

—Te amo.

Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.

—Yo también.

No sabía que, con el tiempo, aquella conversación se convertiría en uno de sus recuerdos más dolorosos.

El tercer año fue difícil.

Mateo perdió temporalmente su trabajo.

Durante varios meses, Lucía lo ayudó con algunos gastos.

Nunca se lo reprochó.

Él tampoco parecía avergonzarse.

—Te voy a devolver todo —le prometía.

—No tienes que hacerlo ahora.

—Sí tengo.

—Cuando puedas.

Mateo la abrazaba.

—No sé qué haría sin ti.

Lucía pensaba que aquello era amor.

Quizá lo era.

Durante ese tiempo se hicieron todavía más cercanos.

Pasaron noches hablando sobre sus problemas.

Compartiendo preocupaciones.

Soñando.

Cuando Mateo consiguió un nuevo trabajo, fue Lucía quien celebró más.

—Lo sabía —le dijo.

—¿Qué?

—Que ibas a encontrar algo.

—¿Cómo estabas tan segura?

—Porque no te ibas a rendir.

Mateo la besó.

—Eres lo mejor que me pasó.

Lucía creyó esas palabras.

Las creyó completamente.

El cuarto año llegó con una nueva etapa.

Mateo empezó a ganar un poco más.

Lucía terminó sus estudios.

Teresa se enfermó durante unas semanas, pero se recuperó.

Diego entró a una etapa difícil de adolescencia.

La familia tuvo problemas económicos.

Discusiones.

Días malos.

Pero también hubo días buenos.

Una Navidad.

Un cumpleaños.

Una pequeña escapada a un pueblo cercano.

Una fotografía frente a una plaza.

Una tarde en la que comenzaron a hablar seriamente de casarse.

Mateo le regaló un anillo sencillo.

No fue una propuesta espectacular.

Estaban sentados en una banca.

Él sacó una pequeña caja.

Lucía lo miró sin entender.

—¿Qué es eso?

—Ábrelo.

Ella abrió la caja.

Vio el anillo.

Se quedó inmóvil.

Mateo habló.

—No tengo suficiente dinero para hacer una gran propuesta.

Lucía empezó a llorar.

—No necesito una gran propuesta.

—Solo quiero saber si quieres pasar conmigo el resto de tu vida.

Ella lo abrazó.

—Sí.

Mateo sonrió.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí.

Él le puso el anillo.

Lucía lo miró.

Para ella era perfecto.

No porque fuera caro.

Precisamente porque no lo era.

Representaba el tipo de vida que quería.

Una vida construida con esfuerzo.

Sin aparentar.

Sin deudas innecesarias.

Sin lujos.

Solo ellos.

El quinto año fue cuando comenzaron los primeros cambios.

Al principio fueron pequeños.

Mateo comenzó a trabajar más horas.

Llegaba más tarde.

Decía que tenía reuniones.

A veces desaparecía durante varias horas.

Lucía no sospechaba de una infidelidad.

Pensaba en trabajo.

Siempre en trabajo.

Cuando él compró un teléfono nuevo, ella preguntó:

—¿Por qué cambiaste?

—El otro estaba fallando.

—Podías arreglarlo.

—Este me lo dieron en la empresa.

Lucía aceptó la explicación.

Cuando empezó a vestir diferente, pensó que era parte del trabajo.

Cuando empezó a tener nuevos amigos, no preguntó demasiado.

Cuando algunas llamadas se volvieron privadas, pensó que eran asuntos laborales.

Cuando él comenzó a ponerse incómodo cada vez que ella tocaba su teléfono, asumió que tenía derecho a su privacidad.

Nunca quiso convertirse en una novia controladora.

Nunca quiso revisar sus mensajes.

Nunca quiso preguntar dónde estaba a cada momento.

Confiaba en él.

Ese era el problema.

O quizá esa nunca fue la causa del problema.

Porque confiar no era un error.

El error estaba en quien utilizaba esa confianza para mentir.

El sexto año comenzó con un viaje.

Mateo había ahorrado durante meses.

Llevó a Lucía a una pequeña ciudad cercana.

Se hospedaron en un hotel sencillo.

Caminaron por la plaza.

Comieron juntos.

Tomaron fotografías.

Por la noche, desde el balcón de la habitación, Lucía apoyó la cabeza sobre el hombro de Mateo.

—Quiero recordar esto toda mi vida.

—Lo recordarás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo estaré contigo.

Lucía cerró los ojos.

—Prométemelo.

Mateo guardó silencio.

Después respondió:

—Te lo prometo.

Ella sonrió.

No sabía que algunas personas hacen promesas sinceramente en el momento en que las pronuncian y, aun así, terminan rompiéndolas.

Durante seis años, Lucía creyó conocer a Mateo.

Sabía cuál era su comida favorita.

Sabía cómo se ponía cuando estaba nervioso.

Sabía qué canción escuchaba cuando estaba triste.

Sabía qué parte de la ciudad odiaba.

Sabía qué sueños tenía.

Sabía cómo quería decorar una casa.

Sabía qué nombre le gustaba para un niño.

Sabía cuándo estaba mintiendo sobre cosas pequeñas.

O eso creía.

Porque lo que no sabía era que existían otras conversaciones.

Otros nombres.

Otras decisiones.

Otra vida que Mateo había comenzado a construir lejos de ella.

Y el hecho más cruel no era simplemente que la hubiera engañado.

Era que mientras Lucía construía recuerdos, él acumulaba secretos.

Mientras ella pensaba en una casa, él pensaba en cómo salir de un problema.

Mientras ella imaginaba su boda, él sabía que había personas esperando que ese día llegara.

Y mientras Lucía decía:

“Te amo”.

Mateo comenzaba a aprender cuánto podía ocultarle sin que ella lo descubriera.

Una noche, semanas antes de la boda, Lucía estaba revisando fotografías antiguas en su computadora.

Se detuvo frente a una imagen.

Ella y Mateo en su primer aniversario.

Él la abrazaba.

Ella reía.

Parecían felices.

Lucía deslizó el dedo por la pantalla.

Había cientos de fotografías.

Seis años condensados en imágenes.

Y sintió una tranquilidad profunda.

Pensó:

“He elegido bien.”

Después cerró la computadora.

Se acostó.

Miró el anillo.

Sonrió.

Y se durmió creyendo que el amor era conocer a alguien durante tanto tiempo que ya no quedaban secretos entre dos personas.

Todavía no entendía que a veces puedes dormir junto a alguien durante seis años y descubrir demasiado tarde que nunca llegaste a conocerlo por completo.

La mañana siguiente, Mateo se despertó antes que ella.

Había dormido poco.

Miró a Lucía.

Ella dormía tranquilamente.

Él se levantó.

Fue a la cocina.

Tomó agua.

Su teléfono vibró.

Lo miró.

Había un mensaje.

“Necesitamos hablar hoy.”

Mateo borró la notificación.

Volvió a mirar hacia la habitación.

Lucía seguía dormida.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Después regresó a la cama.

La observó.

Le apartó un mechón de cabello de la cara.

Y murmuró:

—Perdóname.

Lucía no lo escuchó.

No podía.

Y quizá esa fue la primera vez en la historia de su relación en que Mateo le pidió perdón por algo que ella todavía no sabía que debía perdonar.

El destino ya estaba avanzando.

Solo que Lucía aún no podía verlo.

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