Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 14: El regreso
El viaje de vuelta fue silencioso.
Nicolás se quedó dormido nada más subir al coche, con la cabeza apoyada contra la ventanilla y los dedos enredados en los míos. Su respiración era débil, entrecortada, como si el esfuerzo de haber visto el mar hubiera consumido todas sus energías.
Yo conduje en silencio, con el corazón lleno de contradicciones. Alegría por haberle dado ese momento. Tristeza por saber que era uno de los últimos. Y miedo. Miedo de que aquella escapada hubiera sido demasiado para él.
Cuando llegamos al hospital, el sol empezaba a ponerse.
—Nicolás —susurré, tocándole el hombro. —Hemos llegado.
Abrió los ojos lentamente y me miró con una sonrisa cansada pero auténtica.
—¿Ya? —preguntó, con la voz ronca.
—Ya. —Le besé la frente. —Vamos, te ayudo a bajar.
Lo ayudé a salir del coche y caminamos lentamente hacia la entrada del hospital. Sus pasos eran más lentos que por la mañana, y su cuerpo se apoyaba en el mío con un peso que me preocupaba.
—¿Te encuentras bien? —pregunté.
—Estoy perfecto. —Sonrió. —He visto el mar. He estado contigo. No puedo pedir más.
—No digas eso.
—Es la verdad.
Cuando llegamos a su habitación, la señora Gómez ya estaba allí, con los brazos cruzados y una sonrisa de complicidad.
—¿Han disfrutado? —preguntó.
—Mucho —dijo Nicolás, dejándose caer en la cama con un suspiro de alivio. —Ha sido el mejor día de mi vida.
—Me alegro. —Se acercó a la cama y le tomó el pulso. —Pero ahora necesita descansar. Ha hecho un esfuerzo enorme.
—Lo sé. —Me senté en el borde de la cama y tomé su mano. —Me quedaré con él.
—No, Valeria. —La señora Gómez me miró con seriedad. —Esta noche tiene que descansar sin distracciones. Usted necesita descansar también. Váyase a casa, dúchese, coma algo. Mañana puede volver.
—No quiero dejarlo.
—Valeria —dijo Nicolás, apretando mi mano. —Hazle caso. Necesito descansar, y tú también. Además, —sonrió con picardía—, mañana te espero con un libro nuevo.
—¿Prometido?
—Prometido.
Me incliné y lo besé en la frente.
—Te quiero —susurré.
—Yo también te quiero.
Salí de la habitación con el corazón en un puño y las piernas temblorosas. Caminé por el pasillo, bajé en el ascensor, y salí a la calle.
El aire frío de la noche me golpeó en la cara, y por un momento, no supe qué hacer. No quería irme a casa. No quería estar sola. Quería estar con él, sentir su mano en la mía, escuchar su respiración.
Pero sabía que la señora Gómez tenía razón. Tenía que descansar.
Llegué a casa y encontré a mi madre en la cocina, con una taza de té en la mano y una expresión de preocupación en el rostro.
—¿Cómo ha ido? —preguntó.
—Bien. —Dejé la mochila en el suelo y me senté frente a ella. —Hemos visto el mar. Ha sido... increíble.
—¿Y él?
—Está cansado. Pero feliz.
Mi madre asintió y me sirvió una taza de té.
—Valeria, necesito decirte algo.
—¿Qué?
—Hoy he hablado con los padres de Nicolás. —Su voz era suave, pero firme. —Han decidido llevárselo a casa.
—¿A casa?
—Sí. Quieren que pase sus últimos días en su hogar, rodeado de su familia. En el hospital no puede estar en paz. —Me tomó la mano. —Han hablado con los médicos y han conseguido los permisos.
—¿Y cuándo se va?
—Mañana.
El mundo se detuvo.
—¿Mañana?
—Sí.
—Pero... yo no he podido despedirme.
—No es una despedida, hija. —Mi madre apretó mi mano. —Te han invitado a ir. Quieren que estés con él. Que pases sus últimos días a su lado.
—¿De verdad?
—De verdad. —Sonrió. —Elena me ha dicho que Nicolás no ha parado de hablar de ti. Que eres lo único que le da fuerzas. Y que quiere que estés con él hasta el final.
—Iré. —Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. —Iré a su casa. Me quedaré con él.
—Lo sé. —Mi madre me abrazó con fuerza. —Por eso te he preparado una maleta.
Y entonces, entre lágrimas y sonrisas, entendí que el amor no era un veneno.
Era un salvavidas.
Y yo iba a aferrarme a él hasta el último segundo.