Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capítulo 019: Lamentándome
Rowan
El silencio de la habitación de hospital era el sonido más violento que había escuchado en toda mi vida. No era un silencio de paz, era un vacío sordo, una ausencia que me desgarraba las entrañas cada vez que el monitor cardíaco emitía ese pitido monótono. Un mes. Treinta días malditos desde que la cargué en mis brazos, sintiendo su vida escaparse entre mis dedos como arena fina. Treinta días en los que el sol ha salido y se ha puesto sin que ella abra esos ojos plateados que son mi única brújula.
Me miré las manos. Estaban llenas de costras y cicatrices nuevas, pero no eran de la guerra. Eran el resultado de las últimas dos semanas, donde Caius, mi parte más oscura y primitiva, tomó el control absoluto de mi cuerpo. Mi juicio se había nublado, dejando paso a una ira ciega que me llevó a destrozar el ala de entrenamiento, derribando columnas de mármol con mis propios puños y a rugirle a la luna hasta que mi garganta sangró. Caius es la ira convertida en carne; él no entiende de esperas ni de paciencia médica. Él solo entiende que su hembra está herida y que alguien debe pagar con su vida.
En cambio, Onix... Onix es el lamento. Dentro de mi mente, mi lobo se ha encogido hasta parecer un cachorro herido. Se pasa las noches aullando, un sonido que solo yo escucho, pero que me vibra en la médula. Es un aullido de perro abandonado, de una bestia que ha perdido su mitad y no sabe cómo seguir respirando. Él no quiere romper nada; él solo quiere acurrucarse junto a ella y lamer sus heridas hasta que el veneno desaparezca por completo.
Y luego estoy yo. El Rey. El soberano que se supone debe ser el pilar de un reino que todavía humea por el ataque de los vampiros. Me siento como una cáscara vacía. Por primera vez en mi existencia, siento que no soy nada. Toda mi riqueza, mi poder, mi fuerza... ¿de qué sirven si no pude evitar que Lucien le rajara el alma? El destino se ha burlado de mí de la forma más cruel posible. Me dio a la mujer más increíble que el mundo ha visto, solo para ponerla en un pedestal de cristal donde no puedo alcanzarla.
—Debería haber sido yo —susurré, y mi voz sonó ronca, como si tuviera cristales en la garganta—. El trato era que yo te protegería, Lilith. No tú a mí. No era tu trabajo recibir esa ponzoña.
Me senté en la silla junto a su cama, la misma silla que no he abandonado más que para descargar la furia de Caius. Me incliné hacia adelante, hundiendo el rostro en mis manos. La culpa es un veneno más letal que el de Lucien. Me quema por dentro el pensamiento constante de que si hubiera llegado diez segundos antes, si hubiera sido más rápido destruyendo a esos neófitos, ella no estaría aquí, luchando contra la muerte en un sueño del que parece no querer despertar.
La puerta se abrió suavemente. No necesité mirar para saber quién era. El aroma a bosque de Clark inundó la estancia. Él ha sido mi sombra, mi segundo al mando y mi único anclaje con la realidad. Se ha hecho cargo del reino mientras yo me hundía en este pozo de desesperación.
—Rowan —dijo con voz suave, colocando una mano en mi hombro—. Tienes que comer algo. El consejo está pidiendo informes. No puedes seguir así.
—El consejo puede irse al infierno, Clark —respondí sin levantar la cabeza—. El reino no tiene rey hasta que ella despierte. Yo no tengo juicio. Si salgo de esta habitación ahora mismo, lo único que haré será cruzar la frontera de los vampiros y no volveré hasta que no quede un solo corazón latiendo en su territorio. No me pidas diplomacia hoy ni nunca si no despierta.
Clark suspiró, un sonido cargado de una lealtad que no merezco ahora mismo.
—Ella no querría verte así, destruido. Lilith es una soldado. Ella peleó para que el ala Este no cayera. Lo hizo por su gente, y por ti. Si despierta y ve que has dejado que todo se desmorone, te pateará el trasero antes de saludarte.
Una pequeña y amarga sonrisa tiró de mis labios al imaginarlo. Tenía razón. Lilith era puro fuego y orgullo. Pero la sonrisa se desvaneció al mirar su rostro pálido.
—Es que no lo entiendes, amigo —le dije, mirándolo por fin con los ojos inyectados en sangre—. No es solo el deber. Es que sin ella nada tiene sentido. El vínculo... me está matando lentamente. Siento su debilidad como si fuera la mía. Siento a Artemis dormida, envuelta en espinas, y no puedo llegar a ella.
—Dale tiempo, Rowan. El médico dice que su cuerpo está reconstruyéndose. Tu sangre la salvó de la muerte inmediata, ahora solo falta que ella decida volver.
Clark se retiró después de dejar una bandeja con comida que sabía que no tocaría. Me quedé solo de nuevo con el sonido del monitor. Me acerqué más a la cama y, con una delicadeza que no creía poseer, tomé su mano. Estaba tan delgada, tan frágil. Mis dedos, acostumbrados a empuñar la espada y a desgarrar carne, temblaban al rozar su piel.
—Despierta, mi amor —le pedí, y por primera vez sentí que las lágrimas ganaban la batalla, rodando por mis mejillas hasta caer en sus sábanas—. Por favor, vuelve a mí, reina. No me dejes solo en este trono de sombras. Te necesito para que me desafíes, para que me grites, para que me recuerdes que soy un hombre y no solo una bestia.
Me derrumbé. El gran Rey de los Licántropo, el guerrero que no temía a nada, se quebró ante la única persona que realmente lo conocía. Apoyé mi frente en el borde del colchón, apretando su mano contra mi mejilla.
—Ya fue mucho tiempo, Lilith. Demasiado. El mundo afuera está esperando a su Luna, pero yo solo espero a mi compañera. No me importa el reino, no me importa la corona. Solo quiero que abras los ojos y me digas que me odias por haberte asignado de escolta, pero dímelo tú. No dejes que este silencio sea nuestra última palabra.
Onix soltó un aullido de lamento que me desgarró el pecho. Podía sentir la esperanza luchando contra la oscuridad dentro de mí. Cada día los médicos decían que estaba "un poco mejor", pero para mí, cada día era una eternidad en el purgatorio.
—Juro por la Diosa Luna, Lilith, que Lucien no verá el próximo año. Voy a arrancarle el corazón con mis propias manos y lo quemaré hasta que no queden ni cenizas. Pero para eso necesito que estés conmigo. Necesito que seas tú quien me detenga cuando la sed de sangre me supere.
Me quedé allí, sumergido en un mar de tristeza y esperanza desesperada, esperando un movimiento, un apretón de dedos, cualquier señal de que la guerrera de Darkfire seguía ahí dentro, luchando por volver a casa. Porque si ella no regresaba, el hombre que yo era moriría con ella, dejando solo a un monstruo sediento de venganza para gobernar un mundo de cenizas.
—Vuelve a mí —susurré por última vez antes de que el agotamiento me venciera—. Vuelve a casa, mi reina. Te estoy esperando.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/