Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Mateo.
Capítulo 10: Mateo
Las cicatrices no son solo marcas en la piel. Son mapas de todo lo que hemos sobrevivido. Y la mía, la que llevo en la espalda, es el mapa de la noche que cambió nuestras vidas para siempre.
El abrazo de Elena y Lucía era un peso cálido que me anclaba a la realidad. Durante años había soñado con este momento, con tenerlas a ambas entre mis brazos, con sentir que el mundo no estaba completamente roto. Pero ahora que estaba aquí, ahora que sus cuerpos temblaban contra el mío, solo podía pensar en la cicatriz que ardía en mi espalda. La cicatriz que ella aún no había visto. La cicatriz que contaba la verdad que había estado ocultando.
Lucía se separó primero. Sus ojos verdes, tan parecidos a los míos, me miraron con una madurez que no debería tener a su edad.
—Papá, ¿por qué tienes una cicatriz en la espalda?, preguntó, señalando con su dedo diminuto la marca que asomaba por encima de mi hombro.
El aire se me escapó de los pulmones. Elena levantó la cabeza y me miró con curiosidad. No con odio. No con desconfianza. Solo curiosidad.
¿Una cicatriz?, repitió, y sus dedos rozaron mi hombro casi sin querer. ¿Cómo la tienes, Mateo?
No podía mentir. No después de todo lo que habíamos compartido en las últimas horas. No después de que Lucía hubiera confesado su secreto. No después de que Elena me hubiera abrazado sin querer soltarme.
La noche del incendio, hablé...
y mi voz era un susurro ronco. Cuando entré a buscarlas.
El rostro de Elena palideció.
¿Qué quieres decir?
Quiero decir que no llegué después del incendio. Llegué durante. Estaba en la casa de tus padres cuando comenzó el fuego.
¿Estabas allí?, preguntó, y su voz era apenas un hilo. ¿Estabas allí y no me lo dijiste?
Déjame explicarte...
dije, apartándome suavemente de ellas y poniéndome de pie. Me giré para que pudieran ver la cicatriz completa: una línea gruesa que recorría mi espalda desde el hombro derecho hasta la cadera izquierda. Una marca de quemadura que nunca había sanado del todo. Llegué esa noche porque quería hablar con tu padre. Había descubierto algo sobre Sofía, algo que no sabía cómo contarte. Quería que él me ayudara a encontrar la manera de decírtelo sin destrozarte.
Elena se levantó lentamente, con los ojos fijos en mi cicatriz.
¿Y qué pasó?
Cuando llegué, la casa ya estaba en llamas. Las había visto. A Sofía. Corriendo desde la parte trasera, con una cerilla en la mano. Entré sin pensarlo. Grité los nombres de tus padres, pero no respondían. Subí las escaleras y encontré a tu padre en el pasillo. Estaba inconsciente, con un golpe en la cabeza. Sofía lo había golpeado antes de prender el fuego. Lo arrastré hacia la salida, pero una viga del techo se derrumbó y me cayó en la espalda. El dolor fue... indescriptible. Pero logré sacarlo.
¿Sacarlo?, preguntó Elena, y su voz temblaba. ¿Sacaste a mi padre?
Sí. Lo dejé en el jardín delantero. Iba a volver a buscar a tu madre, pero cuando llegué al interior, el fuego ya había consumido la segunda planta. No pude... no pude llegar a ella. El humo era demasiado espeso. Las llamas demasiado altas. Tuve que salir. Y cuando salí, tu padre ya estaba muerto. El golpe en la cabeza había sido demasiado fuerte.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier acusación. Elena se llevó las manos a la boca, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Llegaste a salvarlos, susurró. Entraste para salvarlos y casi mueres.
No fue suficiente exprese, y mi voz se quebró. No pude salvar a tu madre. No pude salvar a tu padre. Solo pude sacarlos a ellos... y a ti.
¿A mí?
Cuando salí de la casa, te vi en la ventana del segundo piso. Estabas gritando, con Lucía en brazos. No sé cómo lograste subir allí, pero estabas atrapada. El fuego estaba a punto de alcanzarte. Subí por la escalera exterior, la que daba al jardín, y rompí la ventana con mis manos. Te saqué a ti y a Lucía. Les cubrí con mi cuerpo mientras el techo se derrumbaba. Por eso tengo la cicatriz. Porque las protejo.
Elena dio un paso hacia mí, y luego otro, y luego otro, hasta que estuvo tan cerca que podía sentir su aliento en mi pecho.
Esa noche...
dijo y su voz era un susurro roto. Esa noche, cuando desperté en el hospital, vi tu cara. Estabas cubierto de hollín, con la ropa quemada. Y pensé que habías sido tú. Pensé que habías provocado el incendio y que habías vuelto para terminar el trabajo. Por eso te odié. Por eso te odié tanto.
Lo sé, respondí.
Por eso no te lo conté. Porque sabía que no me creerías. Y también porque no quería que supieras que había fallado.
No fallaste dijo, y sus dedos tocaron la cicatriz con una suavidad que me hizo estremecer. Me salvaste. A mí y a Lucía. Y cargaste con la culpa durante diez años para protegerme de la verdad sobre Sofía. ¿Cómo no voy a odiarte? ¿Cómo no voy a odiarte por ser tan maldito idiota?
La última frase la dijo entre lágrimas y risas. Y entonces, sin previo aviso, sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello, y su cuerpo se presionó contra el mío.
No me sueltes, susurró. No me sueltes nunca.
La abracé con todas mis fuerzas, sintiendo su corazón latir contra el mío. Y mientras Lucía se unía al abrazo, envolviéndonos a los tres en un círculo de calor y lágrimas, supe que no importaba lo que había pasado antes.
Lo que importaba era esto. Este momento. Esta segunda oportunidad.
Te quiero Mateo, susurró Elena contra mi pecho. Te he querido siempre. Y lo he odiado cada maldito día.
Yo también te quiero Elena... respondí, besando su cabello. Y nunca voy a dejar de hacerlo.
Lucía, entre nosotras, levantó la cabeza y sonrió.
¿Ahora somos una familia? preguntó, y su voz era la más clara que le había oído en años.
Elena y yo nos miramos. Y en sus ojos vi la respuesta que necesitaba.
Sí princesa, dije...
apretándolas contra mi pecho. Ahora somos una familia.