James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 12. EL LENGUAJE DE LOS CUIDADOS
La primera noche en el ático de la Castellana fue extraña y silenciosa. Estela se había refugiado en su nuevo dormitorio pasadas las nueve de la noche, abrumada por las dimensiones de la habitación, el colchón excesivamente cómodo y el vestidor vacío que parecía burlarse de su única y humilde maleta. Cenó algo ligero que el servicio había dejado preparado en la nevera y se metió en la cama, pero el sueño no llegaba. Su mente viajaba constantemente a su casa donde su madre se recuperaba y donde Lucas debía asumir solo la responsabilidad de cuidarla.
Hacia las tres de la mañana, un ruido sordo rompió la quietud del piso. Estela abrió los ojos de golpe, aguzando el oído. Se escuchó el sonido de algo de cristal golpeando el suelo, seguido de unas arcadas violentas que provenían del fondo del pasillo principal, donde se ubicaba la suite de James.
Estela no lo pensó dos veces. Se echó encima una bata de algodón, salió de su habitación y caminó a paso rápido por el pasillo a oscuras. La puerta del dormitorio de James estaba entornada y la luz del baño privado permanecía encendida, proyectando una silueta temblorosa contra la pared.
Se asomó con cuidado y sintió un vuelco en el corazón.
James estaba de rodillas frente al inodoro, con las manos apretadas contra la porcelana blanca, vomitando bilis de forma dolorosa. Su espalda, antes ancha y firme, se sacudía con espasmos violentos. Estaba completamente empapado en sudor, pálido como un fantasma y temblando de frío debido a los brutales efectos secundarios de la quimioterapia que acababa de iniciar esa semana. En el suelo, un vaso de agua hecho añicos confirmaba el ruido que la había despertado.
Olvidándose del contrato, de las distancias y del orgullo del millonario, Estela entró en el baño. Se arrodilló a su lado sobre el suelo de mármol y, con una naturalidad que solo da el haber cuidado durante años a una madre enferma, le recogió el flequillo húmedo de la frente para que no se manchara, mientras con la otra mano le acariciaba la espalda con círculos concéntricos y suaves para calmar los espasmos.
—Vete… —alcanzó a jadear James entre dos arcadas, intentando apartarla con una mano débil—. No me veas así… joder. Vete.
—Cállate, James —respondió Estela con una voz suave pero inquebrantable, sin soltarlo—. No te vas a morir por dejar que te ayude. He pasado por esto cien veces con mi madre tras sus crisis. Respira hondo. Expulsa todo lo que tengas que expulsar. Estoy aquí.
James no tuvo fuerzas para seguir protestando. Otra oleada de náuseas lo sacudió y se entregó por completo al dolor, aceptando la mano de Estela en su frente que aliviaba de forma casi mágica el calor abrasador de la fiebre.
Cuando el estómago de James se vació por completo y las arcadas cesaron, se dejó caer hacia atrás, agotado, apoyando la espalda contra la pared del baño. Respiraba de forma entrecortada, con los ojos cerrados. Estela se levantó rápidamente. Cogió una toalla limpia, la humedeció con agua fresca en el lavabo y regresó para limpiar con delicadeza las comisuras de sus labios y la frente perlada de sudor. Luego, con cuidado de no cortarse, recogió los trozos del vaso roto y los tiró a la papelera.
—Tienes la boca seca —dijo ella, trayéndole un vaso de plástico con agua limpia—. No bebas rápido. Solo enjuágate y escupe. Luego da pequeños sorbos.
James obedeció como si fuera un niño pequeño, despojado de toda su soberbia corporativa. Tras beber un hilo de agua, miró a Estela. La luz fluorescente del baño resaltaba sus ojos marrones, llenos de una compasión tan pura que a James le dolió el pecho por razones que no tenían nada que ver con el cáncer. Ninguna de las mujeres de su pasado lo había tocado jamás con esa falta de egoísmo. Ninguna lo había visto sin su armadura de éxito.
—Te he manchado la bata —susurró James con un hilo de voz, señalando una pequeña salpicadura en el algodón gris de Estela.
Estela miró la mancha y soltó una pequeña risa suave que iluminó por un instante la fría estancia.
—Es una bata de tres euros del mercadillo de mi barrio, James. Ha visto cosas peores. Anda, levántate. No puedes quedarte aquí en el suelo, te vas a congelar.
Con paciencia infinita, Estela pasó el brazo de James sobre sus hombros. Él intentó no cargar todo su peso sobre ella, consciente de su embarazo, pero la debilidad lo vencía. Juntos caminaron los pocos pasos hasta la gigantesca cama king size. James se dejó caer sobre las sábanas de seda, tiritando de frío a pesar de la calefacción central. Estela lo tapó con el edredón nórdico hasta el cuello.
—Quédate aquí, voy a la cocina a prepararte una infusión de jengibre y limón —anunció ella, dándose la vuelta.
—No… no te vayas —pidió James de forma impulsiva, estirando una mano temblorosa para atrapar la muñeca de ella. Sus ojos claros reflejaban una vulnerabilidad absoluta, el miedo de un hombre de veintiséis años que se enfrentaba a la mortalidad en la más estricta soledad—. Por favor. Solo… quédate hasta que se me pase el temblor.
Estela miró su mano rodeando su muñeca. La distancia del contrato se había esfumado. Se sentó con cuidado en el borde del colchón, retirando el brazo para, en su lugar, entrelazar sus dedos con los de él. Su mano estaba fría; la de ella, cálida y protectora.
—Está bien, no me voy —aseguró Estela con dulzura, acomodándose en el borde—. Duérmete, James. Yo vigilo.
James apretó sus dedos con la poca fuerza que le quedaba, cerrando los ojos. El calor de la mano de Estela comenzó a extenderse por su cuerpo, calmando los escalofríos de la quimioterapia mejor que cualquier fármaco de la clínica privada. En mitad de la noche más oscura de su vida, el playboy arrogante descubrió que el dinero podía comprar laboratorios en Grecia y tratamientos de última generación, pero que la paz que necesitaba para sanar solo se encontraba en los ojos marrones de la chica que llevaba a sus hijos en el vientre.