Ella reencarna en un nuevo mundo y está decidida a cambiar el futuro de un duque.. que además, le encanta.
*Todas las novelas son independientes*
**Esta novela pertenece a un mundo mágico**
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Mary 3
Mary se llevó una mano a la frente.
—Enzo... mi señor... me siento muy mal...
Su voz se volvió débil, sus rodillas comenzaron a temblar y, con una actuación digna de una compañía de teatro, se desplomó hacia un lado.
El duque dio un paso instintivo en su dirección.
—¡Mary!
Catarina, que todavía se estaba recuperando de la pelea, observó la escena con los ojos entrecerrados.
[¡Ah, no, señora! ¡No, no, no! ¡Ahora no me venga con la actuación de mujer frágil! ¡Hace cinco minutos me estaba arrancando el cabello como si yo fuera una gallina y ahora resulta que necesita llamar a un sacerdote para recibir los últimos sacramentos!].
Mary permaneció inmóvil en el suelo, con los ojos cerrados y una mano sobre el pecho.
Catarina miró al duque.
El pobre hombre parecía completamente desconcertado.
[En menos de una hora, el guapo ha descubierto que su esposa puede estar mintiéndole sobre su salud, que amenaza de muerte a las personas y que tiene una fuerza extraordinaria para tirar del cabello y golpear. Y todavía estamos en el prólogo de la tragedia].
Entonces se le ocurrió una idea.
Una idea terrible.
Una idea escandalosa.
Una idea que, por supuesto, iba a llevar a cabo.
Catarina se enderezó como pudo, ignorando el dolor que le recorría la espalda y el cuero cabelludo. Después caminó lentamente hasta quedar al lado de Enzo.
—Duque...
Él volvió la cabeza hacia ella.
—¿Qué ocurre? ¿Se encuentra mal?
—Bastante mal, en realidad. Creo que he sufrido daños irreparables.
Enzo la miró con preocupación.
—Debería llamar a un médico.
—Más tarde. Primero tengo algo importante que hacer.
—¿Qué cosa?
Catarina suspiró y miró a Mary, que seguía tendida en el suelo.
—Ahora que su esposa está desmayada, voy a aprovechar para besarlo.
Enzo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
No tuvo tiempo de decir nada más.
Catarina le sujetó suavemente el rostro, se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso breve, impulsivo y completamente inesperado.
Durante un instante, el duque dejó de pensar.
No porque hubiera correspondido deliberadamente al beso, sino porque su mente, que normalmente funcionaba con la precisión de una espada bien afilada, acababa de quedarse sin instrucciones.
[¡LO HICE!].
Catarina se apartó.
[¡MADRE MÍA, LO HICE DE VERDAD!].
Y entonces se escuchó una voz furiosa.
—¡¡¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!!!
Mary se había levantado.
No solo había abierto los ojos.
Se había incorporado de golpe, como si alguien hubiera pronunciado una palabra mágica capaz de devolverle la vida.
Su rostro estaba rojo de ira y sus manos se cerraban en puños.
Catarina la miró.
Después miró a Enzo.
Y finalmente volvió a mirar a Mary.
[¡MILAGRO!].
La duquesa avanzó hacia ella.
—¡Maldita mujer! ¡Voy a matarte!
Catarina retrocedió rápidamente.
—¡Cuidado, duquesa! ¡Su salud! ¡Su delicada salud!
Mary lanzó un manotazo que no llegó a alcanzarla.
Catarina se apartó justo a tiempo.
[¡Al menos este beso ha sido una recompensa por todos los golpes que he recibido hoy! ¡Aunque habría preferido una recompensa que no incluyera dolor físico!].
Mary intentó abalanzarse de nuevo.
Pero esta vez Enzo se interpuso entre ambas.
—¡Basta, Mary!
Su voz fue tan firme que la duquesa se detuvo.
—¡Apártate! ¡Esa mujer...!
—He dicho basta.
Mary lo miró, respirando agitadamente.
Durante unos segundos pareció que iba a obedecer.
Luego su expresión volvió a retorcerse de furia.
—¡Te voy a matar, maldita Parisi!
Catarina, que estaba intentando acomodarse el cabello sin demasiado éxito, dejó de moverse.
¿Matarla?
Ah, no.
Ya que estaban todos reunidos, era el momento de hacer la pregunta importante.
Catarina inclinó la cabeza.
—¿Matarme?
Mary la fulminó con la mirada.
—¡Sí! ¡Te mataré!
—Qué curioso.
Catarina se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Entonces va a utilizar el veneno que compró para envenenar al duque.
El silencio fue absoluto.
Enzo giró lentamente la cabeza hacia ella.
Mary perdió el color del rostro.
Por primera vez desde que Catarina la había conocido, la duquesa parecía verdaderamente aterrorizada.
—¿Cómo... cómo lo sabes?
Catarina dejó de sonreír.
[¡Ajá!].
Mary retrocedió un paso.
Luego otro.
Sus ojos se movían de Catarina a Enzo, como si estuviera buscando una salida.
El duque permaneció inmóvil.
—¿Qué veneno?
Su voz había cambiado.
Ya no sonaba desconcertada.
Sonaba peligrosamente tranquila.
Mary abrió la boca.
—Yo... no sé de qué está hablando.
—Acabas de preguntarle cómo lo sabe.
—¡Estaba confundida! ¡Ella me está provocando! ¡Es una mentirosa!
—Mary.
—¡Nunca he comprado veneno! ¡Jamás haría algo semejante!
Catarina observó cómo la mujer se hundía cada vez más en sus propias contradicciones.
No necesitaba ser una detective experimentada para reconocer que Mary acababa de cometer un error monumental.
[Querida, acabas de pasar de fingir un desmayo a confesar que sabes exactamente de qué veneno estoy hablando. Si esto fuera una novela de misterio, el autor ya habría revelado tu nombre en el primer capítulo].
Sin embargo, detrás de su satisfacción, Catarina sintió un profundo alivio.
Había temido que Mary negara todo, que Enzo no escuchara lo suficiente o que la mujer encontrara alguna manera de escapar de aquella conversación.
Pero ahora el propio Enzo había visto su reacción.
Y había escuchado sus palabras.
El duque parecía incapaz de asimilar lo ocurrido.
En menos de una hora, había descubierto que su esposa posiblemente había fingido una enfermedad durante todo el matrimonio y que, además, parecía saber demasiado sobre un supuesto veneno destinado a matarlo.
La mujer con la que había contraído matrimonio por deber.
La mujer a la que había prometido respetar y proteger.
¿Había estado viviendo con una desconocida?
—Quiero una explicación
Mary se acercó a él con lágrimas en los ojos.
—Enzo, mi señor, por favor, escúcheme. Yo lo amo. Todo lo que he hecho ha sido por amor a usted.
Catarina cerró los ojos un instante.
[Por favor, no me digas que vas a utilizar la excusa del amor. Por favor. ¡El amor no es una licencia para envenenar personas!].
Enzo no se movió.
—¿Por amor?
—¡Sí! ¡Yo quería estar con usted! ¡Quería ser su esposa!
—Ya eres mi esposa.
Mary se quedó callada.
—Y, aun así, acabas de amenazar de muerte a una invitada en mi propia residencia. También has dicho que nunca estuviste enferma. Y ahora has reaccionado de una manera que no puedo ignorar ante una acusación de envenenamiento.
—¡Ella está mintiendo!
—Entonces no tendrás inconveniente en que investigue.
Mary palideció todavía más.
Y Catarina supo que aquella frase había dado en el blanco.